Cantinflas, un ícono
de la cultura popular
Cantinflas-Sebastián del Amo
El cine es por definición un arte
de masas que ha trascendido su privilegio contextual dictado por el aura. La
obra fílmica, al reproducirse en serie,
no reconoce un contexto específico, en donde el arte tradicional establecía en
otrora su reducto como bien apreciado por la sociedad. Es esa actitud
desacralizada, la que funda en la creación estética contemporánea un conjunto
de miradas distinto al que estructuró el
arte clásico. Ya esa mística envolvente de una “Monalisa” o de “Las Meninas”,
ha quedado en los anaqueles de un modo de ver la vida, de un modo de concebir
el arte como una representación natural de la cultura del pasado.
Lo propio del lente con el que se
mira la realidad actualmente es el que permite el acceso a las obras de arte. Esa posibilidad, que parece
democrática, funciona en cuanto hay unos canales más expeditos de enlazar al
espectador con aquello que interpela ontológicamente su presencia. Otra cosa es
la democracia del conocimiento en cuanto se cuenta o no realmente con
verdaderas competencias formativas para una
interpretación sólida de las obras que la sociedad va configurando
constantemente. En ese núcleo problemático surge y se exhibe algo que ha denominado Noël Carroll un “arte de
masas” en consonancia con las apreciaciones esbozadas unas décadas atrás por la
Escuela de Frankfurt, especialmente en su simpatizante menos acucioso
políticamente: Walter Benjamin.
Una Filosofía del arte de masas, implica
considerar la obra de arte como una producción típicamente industrial con una intencionalidad
claramente popular. Pero lo popular por el contrario, se desmarca del rótulo
anterior en que nace del pueblo y se enfoca en el pueblo. No obstante su origen,
el arte popular no necesariamente debe comprenderse como carente de calidad.
Los creadores que han desarrollado esta actitud usualmente se han comprometido
políticamente mediante las denuncias sistemáticas de diferencias de clase entre
las personas que componen contextos particulares. Un hombre como Cantinflas es un ejemplo prototípico del esfuerzo que una serie de
hombres realizaron desde su trabajo cinematográfico.
La última película del director
mexicano Sebastián del Amo y protagonizada por el actor de origen gitano Oscar
Jaenada, muestra algunos aspectos biográficos del genial comediante, pero
difumina notablemente los sustratos populares de los que se desprende su
actitud cinematográfica.
Óscar Jaenada
Más que un homenaje, el film se convierte en un motivo folclórico de
usufructuar la fama de Cantinflas con
el fin exclusivo de obtener premios ajenos que no agregan nada al talento
natural de un hombre como él. La película direcciona su argumento
fundamentalmente en las dificultades que un productor de Hollywood llamado Mike
Todd, tiene para realizar uno de los tantos mastodontes fílmicos que esa
cinematografía acostumbra a presentar como “la más grande obra de todos los
tiempos”: La vuelta al mundo en 80 días, y de la cual debía hacer parte el actor
mexicano. Entre los esfuerzos del productor se intercalan flashbacks que sirven
de excusa para mostrar algunos apartes biográficos en el tránsito que lleva a
Mario Moreno al reconocimiento generalizado como el gran crítico social en el
que logró convertirse.
En el film se priorizan experiencias como los
primeros empleos de los que se inspiró para la caracterización del que sería su
sello de identidad, es decir, el famoso “peladito”, tan célebre entre la
sociedad “manita” y que debió desempeñar
en sus inicios profesionales acaecidos en Veracruz en los que trabajó de
barrendero; o sus giras hechas con la que posteriormente sería su esposa, la
cantante moscovita Valentina Ivanova; o
su militancia en las organizaciones sindicales de actores quienes se opusieron
al monopolio establecido por el Gobierno en ese tipo de gremios.
Las deficiencias de la película
comienzan por la debilidad actoral del protagonista. Oscar Jaenada, logra
aproximarse por momentos al estilo del comediante mexicano, pero en los
monólogos, en donde debe desplegar sus
dotes interpretativas falla. El sobreesfuerzo impreso en la voz hace perder
naturalidad al trabajo medianamente bien
construido en la elaboración proxémica, tan característica de Cantinflas. Luego, se muestra ese
énfasis excesivamente forzado de introducir la vida del personaje en los
tentáculos de Hollywood, velando tal actitud con declaraciones públicas de Cantinflas sobre la independencia que
solía identicar su trabajo. Pero esa atmósfera soterrada del mundo de las
superestrellas de un cine monopólico, hace del film un producto típicamente
grandilocuente, de intenciones maximalistas, en donde no se alcanza a apreciar
la grandeza de un hombre como él. Ícono indiscutible de la cultura popular de latinoamericanos de generaciones pasadas y de un grueso sector
de las presentes.
La escogencia de esta película
como la participante en la carrera por los Oscar del año próximo, acaba de ratificar
la afirmación de que Cantinflas, es
tan sólo un producto más de la tan vasta ciudadela de desechos en la que se ha
convertido Hollywood. Una vez más, se deja pasar la posibilidad de investigar
fílmicamente la vida de un personaje popular que ha entrado a engrosar hace mucho tiempo, el
patrimonio inmaterial de Latinoamérica.
Se requiere, por ello, que el cine se convierta en una opción importante
de encontrar nuevas interpretaciones al universo de lo popular. Su actitud, a veces
condescendiente con éste, contribuye a ensanchar
diferencias de clase, iniciando con las distinciones que en el gusto
se han venido construyendo en esta región del planeta particularmente. Lo
popular habrá que seguirlo construyendo como una oportunidad de objetivación
estética relevante. De él no se desprende la idea de que el cine, como su producto
más sonado, deba contribuir a su decadencia.



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