La Venus in Fur
A los 80 años Roman Polanski
sigue haciendo cine como en sus momentos de juventud. Su estilo se ha refinado
con obras mejor cuidadas en aspectos técnicos que anteriormente no alcanzaban
un grado de notoriedad superlativo. Los diálogos de sus películas, la
escrupulosidad con la iluminación, la sobriedad en los movimientos de cámaras,
etc. pasan a ser, hoy, aspectos centrales de su impronta como director, un
autor que se ha reinventado a sí mismo, pero que conserva esa fuerza artística
con la que irrumpió en el universo cinematográfico hace más de medio siglo.
De sus primeras películas como El cuchillo en el agua, El bebé de Rosemary y La danza de los vampiros quedan esa
maravillosa dirección de actores y su maestría para construir atmósferas
sobrecargadas que impregnan hasta el último de los poros en cada uno de los
espacios donde desarrolla sus obras. Polanski funge como un cirujano capaz de inspeccionar
los intersticios más delgados de la condición humana. En sus filmes encontramos
la representación de las pasiones más acendradas en las personas, desde los
actos de solidaridad menos esperados hasta los egoísmos sin remedio en los que
renacen los personajes de sus realizaciones. Todos los individuos para él son
asesinos en potencia, violadores en acto, vividores sin cuartel y seres de los que se puede esperar cualquier cosa.
En sus películas no hay juicios morales sino simplemente un diagnóstico de lo
que somos los hombres como especie. Hombres y mujeres son potencialmente una caracterización
bastante sintética de las apetencias, de los desbarajustes y de todo la psique,
naturalmente trastornada en donde la dominación y el poder fluyen sincronizadamente
con los caminos que recorren cada una de las historias de vida. Son las circunstancias
las catalizadoras de un paisaje de “perversiones”
en el que habitamos los seres humanos tal como se refleja en La
muerte y la doncella o en Carnage. Un encuentro casual, un quedarse
o partir, una llamada telefónica, una voz que se escucha por accidente son motivos recurrentes en su filmes
Roman Polanski
La última de sus obras, colocan a
un Polanski más cercano a las puertas de la perfección. La Venus in Fur, película estrenada el año pasado, es una de las
obsesiones del director polaco de origen judío. Esta vez, basa su trabajo en la
obra del dramaturgo estadounidense David Ives que con su representación teatral
soportada en La Venus de las pieles
sigue el legado de Leopold von Masoch un importante escritor austrohúngaro de la segunda mitad del siglo
XIX, admirado por autores tan llamativos
como Ibsen, Zola o Víctor Hugo. Masoch, siempre polémico, creó un estilo
literario, mostrando algunos aspectos de las manifestaciones sexuales sobre
castigadas por el pudor que la moral ha inspirado en la sociedad occidental.
En La Venus in Fur, polanski construye una de sus típicas relaciones
entre personajes dominadores y dominados, mostrando hasta dónde se pueden
soportar las obsesiones del otro, inspeccionado los grados de sadomasoquismo
tan propios de la naturaleza humana. La jerarquización correspondería, en el
cine del polaco, a uno de los rasgos determinantes del hombre en todas sus
actuaciones. Las atmósferas densas de la película, exacerbadas por las luces
opacas en tonalidades ocres, ambientan dos personalidades encerradas en un
mismo individuo que el director de teatro encuentra en la joven que quiere audicionar
para aquel personaje complejo, desnudando una ambigüedad que tal vez, sería simplemente
un reflejo extremo de un mismo artista. La ilusión que crea a la perfección es
un diálogo consigo mismo, una proyección de lo que el mundo debería ser. Esa
compensación funciona como un paliativo por la saturación que las frustraciones
como artista generan en la vida de un creador.
Tanto Emmanuel Seigner como
Mathiew Amalric son posiblemente dos lados de un director que ha trabajado
desde siempre con las pulsiones de su espíritu. Sus obras, por ello tienen el
tinte del autor que crea para sí mismo. La coincidencia y la identificación de
los espectadores hacen el resto. Ella, la actual esposa de Polanski, y él, un
actor y director que tiene un parecido físico con éste, se funden en dos extraordinarias
actuaciones, confirmando que el cineasta polaco es uno de los maestros de la dirección
de actores de la filmografía actual.
Emmanuelle Seigner y Mathiew Amalric
La película basada en Masoch,
deudor evidente del Marqués de Sade, nos muestra el mundo del teatro del que
Polanski ha sido uno de sus más fervientes seguidores. En sus diálogos encontramos
un ritmo frenético que, en un espacio cerrado, crea ese clima de opresión de la
conciencia, en donde las pausas y las aceleraciones de las intensidades dramáticas
no permiten que el público caiga en la modorra siquiera un solo minuto. Los movimientos
de cámaras originan una sensación de entrometimiento y de que se asiste a una
conversación privada como espectadores
no invitados. Ese miedo y el aire de riesgo generados por la atmósfera dialogan
adecuadamente con las palabras, llenas de ingenio, propias de un director que
ha sabido expresar sus expectativas más íntimas en el transcurso de las
imágenes sobre el proyector.
La Venus in Fur demuestra que Roman Polanski se ha convertido en un
eximio cultor de su autocrítica. En su estética observamos cómo su estilo ha
venido adquiriendo aquel poco de trabajo que le faltaba al conjunto de sus realizaciones
para erigirse quizás en el autor cinematográfico más acabado. Su cinematografía
es una continuación de su vida personal y ésta podría representarse como una
gran película de un obsesivo-compulsivo al que no le quedó más opción que
remediar su dolor con el oficio de director.



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