Inside Llewyn Davis
De los hermanos Coen.
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Una nueva película de Ethan y
Joel Coen siempre genera gran expectativa tanto en la crítica especializada como en el gran público. Especialmente si es
partícipe de las nominaciones a los premios Oscar como están habituados a
hacerlo estos cineastas y este año no fueron excepción. Pero esta dualidad no
implica una pobreza cinematográfica, ni una condescendencia con la una o con el
otro. Por el contrario, la rigurosidad
estética, histórica y técnica que demuestra este par de directores, nacidos en
la provincia de los Estados Unidos, constituye un trabajo serio, bien
estructurado, con una trayectoria que ya se ha ganado el reconocimiento
profesional a lo largo de tres décadas, en las que ambos hermanos nos han
regalado películas de diversos géneros. Desde el cine negro, hasta la comedia,
sus films son una demostración de una certeza apenas leve que en los albores de la década del ochenta ya
venían mostrando con una fuerza expresiva
ya consolidada. El virtuosismo técnico, concebido en cada una de las
cámaras, siempre tiene una historia para contar, en la que el pasado de su
país, aparece envuelto entre una moral que determina personajes.
A éstos el contexto condiciona
cada una de sus actuaciones éticas. No obstante los dilemas en los que se
enfrascan, esas posibilidades liberadoras del individuo dirigen la atención de
la historia hacia aquellos que el peso impostergable de las condiciones socio
históricas oscurecen y parecen difuminar las vidas de seres debilitados por las
circunstancias. Los sujetos, en algún momento, tienen plena libertad para obrar
ante una situación en la que posiblemente las salidas no le ofrecen mucha
maniobrabilidad.
En esta ocasión, la película Inside Llewyn Davis, desnuda la
intención de los hermanos Coen, en otro ser anónimo, un individuo que padece
las circunstancias económicas y afectivas, tratando de encontrar en la música
el único refugio para su dolor. Como que una insatisfacción no determinada
invade toda la existencia de alguien, al que las relaciones que teje, no le son
favorables. Llewyn Davis, habita las frías calles de Nueva York, entre bar y
bar, cantando algunas de sus canciones, varias de ellas poco apreciadas. En
aquellos momentos en que aparece con sus dos amigos, quizás los únicos, la
fotografía de tonalidad verde oscura, le
da un toque de tristeza a esta película intimista.
El personaje simplemente es presa de las circunstancias, es como si una inercia
vital condujera a un cantante fracasado, pero amante superlativo de lo único
que sabe hacer, a una telaraña de acontecimientos de la cual sólo es una pieza
intercambiable. El músico es un hombre triste, resignado, un ser al que si las
cosas cambian o no, su actitud frente a la vida no llegaría a variar
significativamente. Los directores parecen querer decirnos que, en la sociedad
estadounidense, también existen personas a las que las grandes oportunidades de
notoriedad no afectan, que los sentimientos de tristeza son parte importante de
la vida de ese país progresista. El dinero simplemente pasa por los lados pero
no hace parte del círculo de actuaciones de ciertos personajes que deciden aferrarse
a sus sensaciones solamente. Vivir para el arte no es muy recomendable, cuando
en la vida no se tienen los mínimos de capacitación para acumular riqueza
económica.
Los hermanos Coen continúan con
esa propensión a construir personajes demasiado caracterizados, con una dosis
de locura que se muestra en sus gestos retorcidos, en actitudes que aparecen
salidas de cualquier condición de
racionalidad. Ellos, precisamente por su notoriedad, fungen como quienes
mejor traslucen algunas de las patologías presentadas en una sociedad altamente
propensa a enfermedades psíquicas. Ciertos hábitos como la ingesta de cocaína u otro tipo de sustancias
estupefacientes, resaltan comportamientos característicos de la vida
consuetudinaria, pero sin un juicio moral que los respalde ni nada por el
estilo.
En esa imbricación de personajes
y circunstancias el manejo de la violencia aparece en la elaboración de
diálogos densos. Tan naturales pero tan llenos de huellas en las que se
objetivan costumbres inveteradas. En cada individuo habita un colectivo pero
también se desprende una serie de
características únicas que no pueden encasillarse.
Y dichos personajes, encarnados,
por actores importantes como Oscar Isaac, un intérprete guatemalteco, John
Goodman y el cantante Justin Timberlake, son como caricaturas en algunos casos,
excepto en el caso del primero. Su
actuación es sobria. Es capaz de hacernos sentir como espectadores a un ser que no tiene muchos deseos de seguir
viviendo. Y en cada situación en la que se ve envuelto, va a cumulando motivos
para no creer en nada ni en nadie. Ni siquiera la música es capaz de darle un
motivo válido para llenar de alegría su existencia. En ese mundo de la industria cinematográfica,
los directores se encargan de lanzar leves críticas a productores y músicos que viven especulando
con el arte que implicaría la elaboración de canciones como las que hace un
artista desconocido. En esa misma tónica se puede apreciar el fracaso y el
olvido de un hombre como Sixto Rodríguez, correctamente mostrado por el
documental Searching for a sugar man.
Ambos artistas comparten el amor por lo que hacen, pero signados
lamentablemente por la impopularidad de sus creaciones: canciones que solamente
satisfacen las expectativas de unos pocos. Mientras el mundo de los grandes showman es agitado impúdicamente por los
productores.
Inside Llewyn Davis, es un
film sobre el hombre marginado por el
medio. Su vida en sí misma es una tragedia. El territorio no parece tener
oportunidades para él, no obstante, es el principal factor de su abandono. La
soledad siempre sobrepasa sus ansiedades. Quizás, nacer en un contexto donde se
promulgan las opciones, puede ser un mal insoluble, si no se está dispuesto a
trascender los pocos deseos de no
participar en el juego.

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