Gloria

Gloria de Sebastáin Lelio

El amor entre personas mayores ha generado una especie de prohibición cinematográfica. Películas como Sol de otoño  del argentino Eduardo Mignogna (1996) o Elsa y Fred (2005)  del también argentino Marcos Carnevale, han inspeccionado algunos aspectos que rodean el mundo de personas retiradas de su trabajo. Pero lo que realmente se busca  es afinar la mirada para encontrar qué es lo que motiva las relaciones entre hombres y mujeres, cuáles son la salidas que cada uno de los individuos le da a ese laberinto en el que se pierden, luego de una apuesta certera e impuesta por las casualidades. Un proyecto de vida que sólo el azar puede reclamar como suyo, pues las convicciones siempre se ven afectadas por el mundo, por los otros que se cruzan con nosotros, variando para siempre el rumbo de nuestras experiencias.
Gloria (2012), dirigida por Sebastián Lelio, es la continuación de ese renacimiento del cine chileno, que luego de No, de Pablo Larraín, sigue su marcha exitosa por los teatros y festivales internacionales como parte de un conjunto de obras cinematográficas que muestran a una pléyade de nuevos realizadores y que potencian la calidad de esos magníficos actores con los que cuenta esa región suramericana. Asi se puede apreciar en las actuaciones de Paulina García, una artista versátil que desarrolla su carrera entre la dirección  fílmica, la dramaturgia y la actuación televisiva y, Sergio Hernández, un actor de teatro y televisión.
La historia muestra las circunstancias que rodean la vida de una mujer de sesenta años, que entre sus dos hijos y su propio trabajo busca encontrar nuevas circunstancias que llenen de significado su tiempo. Cuando encuentra una nueva motivación para encauzar sus afectos, siente que al final, entregarse totalmente, es entregarse a la vulnerabilidad. Luego del tiempo y de las múltiples vivencias se tienen motivos suficientes para desconfiar de todo el mundo. No obstante, precisamente sabiendo todo aquello, ante los sentimientos siempre se dejan puntos al descubierto para que entre el dolor.
Pese a que el peso de la película recae casi totalmente en el personaje de Gloria, los compañeros de reparto juegan un papel importante, especialmente en la figura de Rodolfo, un hombre supuestamente recién separado, con dos hijas que todo el tiempo lo llaman para fiscalizar sus actos. La ambigüedad que deja descubrir en los momentos en los que se encuentra con  su nueva pareja, dan cuenta de las inconsistencias, las dudas y tal vez las mentiras que  encubren una personalidad llena de incertidumbres. Rodolfo es un hombre al que los compromisos no le van, porque en ciertos momentos  comprometedores, escapa. Lo que hay que decir es que dicho personaje tiene sus motivos, que sus miedos son más fuertes que sus deseos de recomenzar una nueva experiencia amorosa. En un par de secuencias observamos lo más  característico de ese comportamiento. Cuando  cena en casa de Gloria, siente que su presencia no es suficientemente valorada, es como un cero a la izquierda según dice y por ello opta por huir ante la poca importancia que suscita en ese universo íntimo de aquella familia para la que solo constituye un extraño. O en el hotel, en momentos en que tiene certeza de que su novia lo quiere realmente, emprende la marcha hacia otro lugar, hacia el seno de su familia original.
Cada personaje tiene sus derivas. Sus causas son razonables, cada uno de ellos es presa de su principales miedos que en el fondo se debaten entre la soledad y el temor de saberse abandonados por un mundo que ya no los necesita como antes. Tanto gloria como Rodolfo poseen un mundo propio, pero las cosas ya han mutado hasta el punto de  que dicho mundo ha relajado su insistencia por ellos. Ya  la sociedad se ha encargado de amontonar motivos para  insuflar soledad en aquellas personas mayores.
Gloria es alguien que siempre ha vivido la vida  intensamente. A la que su familia despierta sus principales sentimientos de afecto. Ahora, en la fiesta y en la diversión busca desfogar ese inmenso dolor suscitado por su soledad. Rodolfo es un hombre clásico, tranquilo, al que una nueva emoción solo genera un cúmulo de sensaciones temerosas. En el fondo, la película es una disertación por la dicotomía entre atrevimiento y conservadurismo. Ambos han aportado lo suyo al mantenimiento de las instituciones. Ellas sólo van moldeando en la introducción consciente e inconsciente de valores que se hacen cuerpo y que al desarrollarse, solo reproducen una especie de  información genética institucional como una manera eficiente de mantener el orden a través de los individuos.
Por eso, frente a los deseos de que alguien note sus presencias, las personas mayores encuentran resistencia en la mirada. Sebastián Lelio parece resaltarnos esto al mostrar esos cuerpos deteriorados por el tiempo, en  rituales amorosos en donde el cuerpo todavía es algo importante para ellos. Esas imágenes de sexo manifiesto, agreden el pensamiento sublimado por la reticencia de los otros.

Gloria parece decirnos lo que todos suponemos pero que, por restricciones de pensamiento, nos negamos a aceptar: los hombres y las mujeres mayores también pueden vivir su vida plenamente. El film es una obra sobre la soledad. No una soledad concebida deliberadamente para cada individuo sino impuesta por un conjunto de instituciones sociales, en donde la misma familia puede ser  el principal instigador de la prohibición a la libertad. El olvido puede manifestarse incluso si las personas a las que olvidamos conviven con nosotros.

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