La caza
De Thomas Vinterberg
«En la búsqueda del mal, uno se aleja un paso de Dios pero se acerca uno
más a su servicio» son las palabras de la hermana
Aloysius, en La duda, interpretada magistralmente por los geniales
Philip Seymour Hoffman, recientemente fallecido y Meryl Streep. Esa idea define
el ambiente de tensión que reina en aquella película, en donde una mujer
encargada de regir el rumbo de un colegio católico del Bronx en 1964, descree
de las intenciones de un sacerdote, al que le endilga una relación “impropia”
con uno de los estudiantes de la institución. La imperturbabilidad de ella
contrasta con la debilidad de éste, un hombre honesto, pero atormentado por las
incertidumbres que han podido dejar las actuaciones pasadas y de las que nadie
tiene la más mínima noticia. Lo llamativo del argumento también recae en la
perseverancia de ciertas actitudes como una norma de conducta, una especie de
regla matemática que, al seguirse, jamás permite traicionar principios cercanos
a la verdad.
Dentro de los principales mecanismos de
sobrevivencia de la especie humana encontramos a la moral. Esta es sin duda el
principal tema de La caza, film del año 2012 y dirigida por el
excelente cineasta danés Thomas Vinterberg. En los premios Oscar
se vio superada en la categoría de mejor película en habla no inglesa por La
gran belleza de Paolo Sorrentino
Dentro de su no muy extensa pero
significativa carrera, Vinterberg ha hecho películas de talante crítico como La
celebración y Submarino. Aquella, por ejemplo, nos muestra un ácido
cuadro de una familia danesa en la que el padre, hombre aparentemente ejemplar,
termina siendo desenmascarado por sus frecuentes episodios de pederastia y que
salen a relucir precisamente en una reunión familiar, causando con ello el abandono
de la máscara que las sociedades se encargan de colocar en el rostro de muchas
personas. No es un secreto que su intención allí, es lanzar una crítica feroz a
las moralidades que subyacen en gran parte de la cultura contemporánea. Ciertas
instituciones, consideradas intocables sufren un certero golpe al mostrarse en
todo su esplendor, desentrañando lo que las sostiene por dentro, es decir, todo
un efecto de mentiras sobre el que se edifica la sociedad.
La caza es el drama de un padre que en un momento se queda sin trabajo e
intenta reconstruir algunos aspectos de su relación con su único hijo. Como
cuidador de niños en una guardería infantil, el leve desplante que le
inflige a una de las niñas con las que
más cercanía tiene, termina siendo la causa de un rumor. La niña les cuenta a
varios adultos de la institución que Lucas ha ejercido sobre ella
cierto tipo de presión impúdica. Es mentira. Desde ese momento, la comunidad se
convierte en una especie de tribunal de la inquisición, señalándolo de ahí en
adelante como un pederasta. Sólo pocas personas le creen, entre ellas su hijo y
la nueva novia con la que comparte una relación esquiva para ella. Las
vejaciones comienzan primero con las habladurías, y luego se agravan con las agresiones
físicas. Hasta su perro es asesinado como parte de una conspiración para darle
muerte social.
La película tiene altos y bajos. Entre los
primeros encontramos la correcta hilvanación de acontecimientos que muestran la
presión social; cómo la moral se establece en un mecanismo de control frente al
mantenimiento de las instituciones sociales como la familia, la iglesia y los
lugares de formación escolar. Los símbolos de violencia como los mostrados en
el momento de la caza, al final, cuando el mismo Lucas mira de frente al
ciervo, sin darle la oportunidad de la huida, es una alegoría de su propia vida, expuesta y perdonada medianamente
por las personas que lo vieron crecer en
aquel pueblo y que, pese a ello, también se encargan ahora de repudiarlo.
Dentro de los segundos, los acontecimientos llenos de agresiones físicas quizás
se proyecten como un exceso de vendettas por parte de los habitantes de aquel “pueblacho”.
No obstante, La caza es un buen
ejemplo de lo efectivas que pueden ser las instituciones ante la debilidad del
individuo. Se requiere más que la violencia física para mostrar cierto tipo de
prácticas como justificadas o para traer a la memoria hechos que en algún
momento fueron importantes. Todo lo que no se encuentre alineado con los
cánones de comportamiento tiene la necesaria cuchilla de la colectividad que
con el paso del tiempo se convierte en la instigadora de la moral. Los
estándares tienen sentido si están legitimados socialmente y a ello acude la
moral para recrear sus propios valores, recrear los principios a los cuales
siempre recurrirá cuando la amenaza de perturbación se acerque como un indicio
de contradicción ante la misma sociedad.
A Lucas, correctamente interpretado por Mads
Mikkelsen, un actor danés que ya se empieza a ver consuetudinariamente en el
cine actual, pero que ya cuenta con una carrera de larga data, el pueblo lo
asesina socialmente. Su muerte física no importa. Él sigue caminando por los
predios de aquel territorio, modificado por el escarnio público. Ni siquiera el
olvido parece trascender el poder de un rumor. La moral es la gran inquisidora
ante la cual ningún acto reivindicativo tiene el poder de reversar.
En algunas comunidades ágrafas, cuando un
individuo es sancionado socialmente, los vecinos ignoran su presencia. Es como
si el espíritu rondara alrededor de un cuerpo al cual nadie se atreve a mirar.
Quizás es preferible el golpe de alguien para que uno por lo menos sepa que
todavía existe. El cuidado que nosotros ofrecemos a los niños es un resquicio
importante de nuestra necesidad de autoprotección. Asimismo es la demostración
más enfática de que en eso recae el fuerte peso que la moral ejerce sobre nosotros.

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