El acto de matar



Uno de los poderes que tiene la imagen sobre nosotros es el reflejo. Porque en ella encontramos una respuesta parcial a la eterna pregunta sobre quiénes somos. Y más aún, el desconocimiento de nuestra propia persona, encierra esa sensación de extrañamiento, un estado permanente de alienación que solo a veces podemos calmar con las experiencias  que mitigan un poco nuestra avidez de autoconocimiento. Esa construcción de caracteres delineantes de la identidad, interpela por el lugar que  los individuos ocupamos en este mundo. La incertidumbre permanece como un objeto justipreciado en la medida en que pueda aparecer como algo  al que se le agregan ciertas dosis de verdad.
Desde el estadio del espejo, en la temprana infancia, según Lacan, entramos en un proceso de configuración del yo, en el cual, el individuo  se contacta con la realidad; al vernos en imágenes  nos adecuamos, equilibramos la subjetividad con el mundo y sus objetos.
Pero también, podemos ocultar parte de nuestra personalidad. En la ilusión nos escudamos, al sentir que la representación es una dramatización que la colectividad está dispuesta a avalar. La sentimos como una excusa, una trama pública en la que podemos realizar nuestros deseos. Ese es el propósito de los personajes que  participan en el documental del año 2012, “El acto de matar, dirigido por el  joven cineasta estadounidense Joshua Oppenheimer.
En esta película, Oppenheimer decidió cambiar el modo de realización, al darse cuenta de la impunidad de la que gozaban los perpetradores del genocidio que llevó a la muerte  a más de 500 mil personas en los años sesentas y setentas del siglo anterior. En primera instancia el autor del film quería trabajar con las víctimas sobrevivientes de los crímenes, pero, ante la transparencia de los asesinos que hoy se ufanan de sus actos precisamente porque muchos de ellos se encuentran en funciones y  protegidos por el Estado Indonesio, decidió filmarlos. Estos asesinos son venerados públicamente como héroes de guerra al momento de su muerte. “Hay una «normalidad surrealista» en su jactancia, como escribió recientemente Jeffrey Winter, un profesor de política indonesia de la Universidad del Noroeste, "[porque] los hombres en El acto de matar no tienen miedo, son temidos”, declara el director en una entrevista. No obstante, la intención era mostrar el punto de vista de los criminales como una forma de hacer pública ante la comunidad nacional e internacional la magnitud de un genocidio que hoy  en día permanece velado.

                                         Anwar congo
¿Pero qué es lo que muestra “El acto de matar”? Nos muestra la complicidad de los miembros del Regimen actual con los perpetradores de un genocidio que llevó a la tumba a cientos de miles de personas durante dos décadas y que en estos momentos sobreviven  como grandes personajes de la vida pública en Sumatra del Norte. Los asesinos de segundo orden, responsables de miles de  homicidios, se pasean por las calles del país con la complicidad de la gente. Uno de ellos es Anwar Congo, un anciano amante del cine de Hollywood que decide representar en una película, su participación en el genocidio. Para ello actúa, narra, reflexiona, hace parte de la construcción del guion y  se convierte en el actor protagonista de la obra fílmica que satisface  ese  sueño  postergado de volverse una estrella de cine. Los grupos paramilitares caminan tranquilamente por las calles, recibiendo elogios de la gente que los miran pasar, con lo cual se convierten en cómplices de la impunidad que desconoce las miles de masacres a personas con inclinaciones comunistas en ese país oceánico.
Las imágenes interpelan a los espectadores por la memoria. Luego de acontecimientos como éstos, en qué lugar se encuentra la justicia, dada la imparcialidad del Regimen político, que sistemáticamente se ha encargado de eliminar cualquier resquicio del pasado representado hoy en los sobrevivientes.
La genialidad del documental reside en la elaboración de los testimonios, sugeridos por la relación que Oppenheimer entabla con varios de los paramilitares que actúan en la película. La felicidad que  acarrea el hecho de participar en un film, mirarse en la pantalla como cualquier actor de Hollywood, en el que se rememora a las grandes estrellas de las películas de gangsters, es una especie de realización de un sueño por mucho tiempo postergado. Los medios suscitan para ellos, hombres que han vivido en una realidad en la que la muerte es una condiciona natural de sus propias vidas, una forma de mantener el prestigio.
Esa fábrica de ilusiones incluso hace que los sucesos de la realidad  se pierdan y hagan perder a los personajes que la representan como si los crímenes que cometieron sólo fuesen parte de un guion representado en sus vidas cotidianas. La naturalidad con la que los homicidas cuentan los asesinatos evidencia que por sus conciencias no asoma siquiera un poco de remordimiento.
Como una película de no ficción, pero sustentada en la ficción, las imágenes se convierten  en un material de evidencia para judicializar a los asesinos. Estos, a veces se debaten entre la culpabilidad y el orgullo cuando relatan sus participaciones en los homicidios. Hay escenas en las que  aparece el auto repudio como la que culmina la película, esa en la que Congo vomita largo tiempo al recordar algunas escenas del film que representa. La película sobre su propia vida. La ilusión asume la realidad tangible de las vidas presentes.


                                     Anwar Congo

El acto de matar es una obra que asume la función de identificación que las imágenes recrean en los espectadores. En ella los asesinos proyectan la  manera como quieren que los demás los veamos, sin advertir que eso que para ellos, actores naturales, es normal, crea una profunda consternación en el público. La neurosis de unos asesinos permite despertar indignación en quienes asumimos que ellos no son héroes sino criminales.






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