La gran belleza
Algunos planos parecen provenir
del cine más auténtico de Fellini. Roma
se infiltra por las imágenes como si el gran director italiano estuviese aun en
funciones, alegrando nuestras vidas con nuevas obras fílmicas. De Roma
quedan ecos en las secuencias en donde los personajes ruedan por las calles y
por los claustros de los lugares que esa bella ciudad alberga, envolviendo a una
gran cantidad de individuos en busca de esas obras del pasado. Esa majestuosidad,
revivida magistralmente por Luchino Visconti en unas décadas anteriores, renueva el
maximalismo de la ciudad imperial, tan imponente y todavía presente en los
muros, en los edificios, y en sus columnas, representadas en imágenes.
Encontramos quizás la nostalgia
de un director llamado Paolo Sorrentino, un digno heredero de los cineastas más
importantes de un lugar en el mundo,
cuyos lentes reflejan el cine desde siempre. La Gran belleza ya es una consolidación. Anteriormente, una
película como Il Divo, nos muestra la vida de
un hombre que direccionó la política italiana durante mucho tiempo. El
actor en el que deposita su confianza repite: tanto en aquel film como en éste,
Toni Servillo luce impecable, aplicando los
gestos correctos desarrollando una interpretación sutil pero llamativa al mismo
tiempo. De Giulio Andreotti, extrae una caracterización que revierte en la
pantalla como si fuese una copia del político italiano. De Jep Gambardella, un
escritor hastiado del mundo, coloca esa
actitud nihilista, para el que las palabras y las actitudes se tornan un
esfuerzo amanerado como si en el ambiente no existiese ninguna razón para
seguir viviendo.
Paolo Sorrentino
La gran belleza toca uno de esos temas recurrentes en la historia
de la Filosofía. La búsqueda eterna de las fuentes que descubran de algún modo
los secretos para la satisfacción del deseo en la especie humana, como el
verdadero amor, la inmortalidad, el ideal de la perfección que, a pesar del
paso del tiempo, difícilmente son colmados por nuestro carácter perecedero al
que estamos sujetos los hombres. Nos podemos remitir, por ejemplo, a Muerte en Venecia de Thomas Mann, cuya
versión, magníficamente llevada al cine corre a cargo de Visconti. En esa
maravillosa película se indaga por los orígenes de la insatisfacción, por cuál
es la fuente de ese deseo tan humano de alcanzar aquello que jamás se podrá
obtener. Se diserta sobre la espiritualidad, un algo metafísico que un hombre
maduro parece hallar un poco en la belleza perfecta alojada en las carnes de un
adolescente. El alma de Platón vive en la permanente búsqueda de un artista
cuya sensibilidad es más fuerte que su propia corporalidad.
Y es la misma impotencia del
cuerpo que busca respuestas ante las determinaciones del espíritu la que vemos
en Nymphomaniac de Lars von trier o en Shame de Steve McQueen ¿Cuáles son las
vías de escape que tiene una fuerza inmaterial cuando la materia no es
posibilidad sino un obstáculo para lograr la plena satisfacción? La gran belleza, un desprendimiento
necesario de un artista, obviamente nacido en la cuna del Renacimiento, es un
intento por explorar cuáles son las causas del deseo. ¿Cómo, ante el
advenimiento de un mundo en el que el arte no es tan importante se pueden
calmar las ansiedades de un alma atormentada por la extrema sensibilidad?
Roma- Fellini
Un hombre maduro, un escritor que
funge como periodista, ha escrito un único libro. Su inspiración y sus ganas de
escribir se apagan e intenta desfogar su tristeza acudiendo a fiestas y
espectáculos festivos con el fin de de encontrar un revulsivo para su creatividad literaria. Encontramos en el film
un nihilismo exacerbado, un cansancio de vivir y un no querer entregarse aún a
los brazos de la muerte. Las alusiones religiosas encarnadas en la monja, un
ser envejecido e intocable por la pureza es la representación de todo aquello
que el artista no puede alcanzar. Sólo las musas pueden acariciar la dimensión de lo etéreo y a la que ningún
hombre por más sensible que sea puede obtener en su propósito de hallar la
perfección. El desprecio por la vida parece reflejarse en las mismas relaciones
afectivas. El sexo, el amor de pareja no son suficientes en el círculo de la
existencia. Las palabras de Louis-Ferdinand Celine en el Viaje al fin del a noche: “nuestro viaje es enteramente imaginario.
Ahí reside su fuerza, va de la vida a la muerte. Personas animales o cosas todo
es inventado…” guían un poco lo que sería el universo anímico de la película.
Se puede advertir en el film un carácter
maduro en un cineasta como Sorrentino. Quizás, junto con Nanni Moretti, estamos
en presencia del director que hereda las banderas de esa gran cinematografía
italiana. La gran belleza es una obra imponente, no sólo por la indagación de
uno los eternos humanos: la belleza, sino por mostrarnos a través de imágenes, varios de los aspectos
apremiantes que envuelven a la sociedad contemporánea. Entre el no poder
y el no querer decir, se abre un vínculo inexorable cuyo resultado, parece ser,
la muerte del arte…pero no el fenecimiento de la sensibilidad humana. La
búsqueda de un sentimiento universal que pudiese englobar las infinitas
posibilidades de expresión es una empresa inagotable, pero por eso mismo, es un
propósito que vale la pena seguir persiguiendo.
Con esta producción, impregnada
de lirismo, la poética cinematográfica da un paso hacia delante. Podemos
albergar la esperanza de que sigan brotando de la tierra, verdaderos autores,
hombres que son capaces de canalizar las energías espirituales que arrojan al
mundo esa poética que siempre ha dulcificado el alma de los hombres.



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