Escándalo americano


Cristian Bale, Bradley Cooper, Amy Adams, Jeremy Renner y Jennifer Lawrence.


Son ya un lugar común las películas que desatan todo el nudo de su trama en los últimos momentos. La racionalización y el final perfecto buscan la participación del público. Los espectadores nos sentimos satisfechos porque vemos en las historias que nos muestran las obras cinematográficas un entramado  maquinístico, un sistema cuyas partes cuadran a la medida. Sus personajes se tornan en la encarnación de la satisfacción que nuestros deseos reclaman como detectives frustrados. Somos como don Isidro Parodi, el espiritual detective de Borges y Casares que hacen de cada caso una entelequia a la que no le sobran ni le faltan componentes y en la que su resolución, diseñada desde la cárcel, es la conclusión necesaria de un silogismo. Podemos mencionar a El enviado con Robert De Niro o Los sospechosos de siempre, una continuación en el procedimiento narrativo que había reactualizado con un gran éxito la obra de M.Night Shyamalán Sexto sentido. Quizás en las dos últimas dicho procedimiento funciona, pero en el centro de ello se encontraba la novedad. En cambio, en películas como las que hoy día acaparan toda la atención, ya la repetición engrosa lo que podríamos llamar un clisé fílmico.
Escándalo americano, una obra de David O. Russell, el director que ya había contado con la atención de los miembros de la Academia de artes y ciencias cinematográficas de Los Estados Unidos con su Silver linings playbook o The Fighter es un monumento al desperdicio de presupuesto y de talento, encarnado en un reparto importante para el medio.
La película utiliza un enganche reconocido en varios filmes que intentan atrapar al espectador con el inicio. Empezar con una escena sugestiva que luego será retomada tiene como propósito explícito  hacer más interesante el film. No obstante, la intención luce tan obvia que deforma la unidad de la obra con un hilo narrativo flojo. Ese lugar común constituido por el tema de los estafadores, ambientado en algún momento histórico pasado que ofrecería mayor complejidad y sugestión a la historia, se convierte en el factor preponderante de las malas actuaciones ofrecidas por Cristian Bale, Bradley Cooper, Amy Adams y sobretodo Jennifer Lawrence.
                                                                       
Jennifer Lawrence

Como una película de época, brillan un poco mejor la dirección de arte, la construcción de la indumentaria y el vestuario y la ambientación arquitectónica. La atmósfera de los años setenta del siglo pasado enrostra un  momento histórico pletórico de alegría. Esa euforia iniciada en la década anterior es una continuación de los deseos reprimidos de encontrar nuevas experiencias  postergadas por los años de la guerra. Jóvenes, hombres y mujeres que disfrutan de las oportunidades legales  e ilegales que el sistema capitalista les brinda, son ejemplos de las loas que se dirigen al imperio. Los personajes parecen caricaturas que no tienen ninguna profundidad psicológica, sólo caracteres que reaccionan de acuerdo con un estímulo. La delincuencia funciona como una máquina cuyos personajes del hampa, se estiran y contraen  a consecuencia de las carnadas que el dinero y la ambición arrojan. La relación entre un criminal astuto, un político de trayectoria aparentemente diáfana y la mafia que controla los juegos y los negocios ilegales, dan pábulo a personajes estandarizados. Por ejemplo el personaje representado por De Niro, con esos anteojos negros, en un entorno oscuro, construyendo un discurso intelectualoide recurre a fórmulas utilizadas largamente en el cine.
Uno encuentra ecos de planos característicos de la obra de Martin Scorsese, especialmente  en películas como Casino y Buenos muchachos. Como conductor narrativo la voz en off acompaña las secuencias en donde se cuenta la historia de un criminal avezado. Esos travellings cortados que desencadenan en movimiento que llega a tomar primeros planos o ese movimiento vertiginoso impreso por el montaje, le da un aire de velocidad que muestra esas prácticas  asociadas al delito, al consumo de  sustancias psicoactivas,  que son como parte de la marca de identidad de las películas recientes sobre gangsters. Esa nueva mirada  a esos personajes y a esas historias, han variado con el cambio de momento histórico. Los individuos sólo buscan el rédito económico, sus valores morales no parecen obedecer a ningún criterio establecido. El amor y el dinero son los emblemas que determinan todas sus actuaciones. En el fondo las relaciones afectivas se han flexibilizado por la permisividad social. El otrora personaje que convivía con su esposa y su hijos y obediente a un código moral que había cumulado por influencia familiar, ha mutado hacia personajes “libres”, entregados a manías propias de los tiempos presentes, y cuyo único imperativo está constituido por el desfogue de experiencias vertiginosas. El reino que defiende es el que le proporciona la satisfacción del placer y el rechazo del aburrimiento.
                                                                           
David O.Russell-director

Pero como los directores actuales, para complacer los requerimientos del mercado, recurren a fórmulas que ya no aportan ninguna novedad al arte cinematográfico, posiblemente American hustle, pueda tener buenos resultados en la ceremonia de los Oscar. Del mismo modo que El discurso del rey, un film bastante discreto, esta película es un producto etiquetado, una serie de planos que descorren a través de imágenes ensambladas sin ningún tipo de criterio estético. El director, los actores, la historia, son típicas partes de las obras que se hacen para ganar premios y de ese modo, obtener buenos resultados económicos.
Escándalo americano será olvidada rápidamente. Mañana vendrá otra producción que satisfaga el gusto del gran público. No obstante, los espectadores seguirán construyendo en su imaginario, toda la complejidad de la cultura de los Estados Unidos. Al parecer la única fuente de producción cinematográfica que vale  la pena consumir.





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