12 años de esclavitud
Chiwetel Ejioford
El dinero y la publicidad pueden
facilitar el trabajo de un gran director, pero también pueden disminuir la
creatividad y las capacidades recursivas para potenciar su talento. Cuando los presupuestos
se expanden los artistas tienen un mayor grado de maniobrabilidad, pueden contratar a actores famosos, pueden pagar locaciones apropiadas
de acuerdo con la historia que se tenía
proyectada en el guion inicial, se puede utilizar el equipamiento técnico
necesario para que una película funcione bien, etc. En síntesis, todas las dificultades que un día tuvieron dejan
de ser una preocupación. Ese es, quizás, uno de los riesgos en los que puede
incurrir un director de cine cuando accede
a la nómina de los grandes estudios cinematográficos. Rápidamente se
vuelve una celebridad, los periodistas (aquellos que saben del tema y los que
simplemente encasillan al cine en el mundo de la farándula y de los chismes),
solicitan a menudo entrevistas para dar a conocer a la nueva estrella, aparecen
productores reconocidos en el medio
fílmico y les ofrecen proyectos que pueden conducirlos a los premios. Todo se
hace menos difícil. Y tal vez no hay nada de reprochable en ello. Por una o dos
películas cedidas casi en su totalidad a las empresas enriquecidas por el mundo
del comercio se realizan una o dos obras plenamente controladas por un autor,
uno pensaría que se está equilibrando el trabajo artístico, estilístico,
personal de un artista y la consecución de los recursos económicos para el
aseguramiento de la estabilidad material de un ser humano.
En esa encrucijada parece
situarse la carrera del director inglés Steve McQueen. Su obra lo acredita como
un artista en todo el sentido de la palabra. Su simbología como cineasta lo convierte
en alguien que es capaz de mostrarnos algunas patologías de los hombres y las mujeres
contemporáneos. Sus cuadros en movimiento siempre arrojan eso que podemos definir como un mundo
invisible de desesperación privada en el que escapamos de la vida pública,
siempre revestida de convencionalismos insulsos. Como artista, director de
cine, escultor, fotógrafo demuestra que se encuentra cada vez en la búsqueda de
nuevas experiencias estéticas. De sus
primeros trabajos experimentales, cortometrajes por ejemplo, se pueden
extractar insatisfacciones, aplazamientos de calidad, crítica y conformidad.
De sus largometrajes, Shame y Hunger, obras aparentemente distanciadas temática y formalmente,
podemos encontrar un lugar común: La lucha del individuo frente a las estructuras
sociales, aquellos monstruos que engullen explícita o implícitamente la libertad
de las personas. En la primera de ellas, un hombre que hace un trabajo común,
que se relaciona de un modo simple y
natural con el entorno, amigos, amigas, una serie de personajes que ignoran o
simplemente dejan pasar conscientemente la envolvente soledad de una compañero
de trabajo, de un amigo, de un hombre que debe lidiar con su desesperación.
Sólo el sexo puede paliar en algo esa ansiedad corporal que es cómplice irredimible de un vacío
existencial, del cual es imposible salir. En la segunda película, un solo
hombre, un líder político es la representación de una lucha histórica entre un
grupo revolucionario y el imperio inglés. Ni la tortura ni el hambre
pueden mellar las convicciones de un
individuo que, por algo tan pobre y a la vez tan importante como el “estatus
político”, expone su integridad física. El cuerpo, su destrucción, la laceración
de las carnes a lo Kafka, parecen ser la
venganza de un estado autoritario en contra de una “partícula insignificante”,
de todos modos humana, aunque el poder de las armas y las leyes no lo
reconozcan.
Esa es la carta de presentación
de Steve McQueen. Y con una película como 12
años de esclavitud el gran público
empieza a saber de la existencia del autor de origen afro caribeño que hoy
cuenta 44 años. 12 años de esclavitud
es una película que toma su historia de un libro escrito por Salomon Northup,
un afro descendiente libre que por engaños de traficantes es vendido a patronos
esclavistas de Louisiana, Estados Unidos, en 1841. De sus doce años de
experiencias como esclavo, en donde tuvo que soportar las peores humillaciones se
desprende la obra literaria, que lleva al cine McQueen.
La película es protagonizada por
el actor londinense de padres nigerianos Chiwetel Ejiofor (nominado al Oscar
como mejor actor protagónico), Michael Fassbender (nominado como mejor
actor de reparto), Lupita Nyong’o
(nominada como mejor actriz de reparto) y Brad Pitt. Las interpretaciones de
Fassbender en Shame y Hunger son de
lejos mucho mejor elaboradas que la representada en esta oportunidad. Eso
demuestra que Los Premios Oscar son el reconocimiento de la fama y la publicidad y no
necesariamente del talento y de las
buenas interpretaciones.
12 años de esclavitud es una obra que se queda en el limbo. La historia
está bien contada pero a uno le da la
sensación de que la calidad como director de McQueen se encuentra disminuida paradójicamente
por el acceso a todos los recursos que
las productoras le ofrecen. La crueldad de los personajes esclavistas aparece
como situaciones contrastantes, ganchos de taquilla que llevan consigo algo de
la película Amistad de Steven
Spielberg. El sufrimiento de los esclavos tiene una clara intención
tremendista. La obra parece destinada más a despertar la conmiseración del
público que la profundidad investigativa que la imagen nos puede ofrecer.
Steve McQueen-Lupita Nyong'o-Chiwetel Ejioford
Con películas como ésta los
Estados Unidos empieza su proceso en el que lava viejas culpas. El nacimiento de una nación de Griffith,
una obra monumental, considerada por muchos como una película racista, estaba
desnudando la desigualdad étnica del país de las oportunidades. En la
actualidad, Hollywood parece querer decirnos que el reconocimeinto de los
errores es parte de la grandeza que, por
décadas el país del tío Sam ha ostentado como potencia económica y
política.



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