La increíble historia de Walter Mitty


Algunos actores se recuerdan más por la estela publicitaria que dejan en el medio que por sus capacidades reales como intérpretes. Las estrellas viven en el imaginario de la gente porque todos los medios de comunicación se encargan de mantenerlos frescos en el recuerdo de las personas. En la televisión se les entrevista, aparecen en la alfombra roja, realizan comerciales, algunos capítulos de series populares los tienen dentro de su reparto ocasional. El espectáculo se ha empeñado en que no pierdan vigencia porque mantienen el show. Son funcionales  a través de las simpatías que generan dentro del grueso público cinematográfico que como parte del espectáculo mediático, en algún momento los tendrá en cuenta para que dirijan o actúen en uno de los tantos enlatados fílmicos o televisivos que engrosan el universo de Hollywood. Ese es el caso de Martin Lawrence, Chris Tucker, Owen Wilson, Adam Sandler y Ben Stiller, entre otros.
Ben Stiller es un actor, director, productor y guionista de cine. Ha interpretado comedias de renombre como Loco por Mary, Starsky y Hutch, Una noche en el museo, ha dirigido otras como The cable guy y Zoolander. La más reciente de sus películas en la que cumple ambos roles, el de actor y director, tiene un sugestivo nombre: La increíble vida de Walter Mitty.
En ella, un hombre de 42 años trabaja en una sección de negativos de la Revista Life. Por cuestiones de presupuesto la publicación debe desaparecer. Para ello se necesita el negativo número 25 de la lista de portadas para su último número. El negativo no se encuentra en su lugar. Mitty debe buscar por todos los medios posibles aquel objeto por requerimientos de todo el personal de la compañía.
Walter Mitty es un hombre común. Su vida transcurre entre sueños que se inventa para no morir de tristeza. Su mundo es un mundo de héroes y situaciones límites en el que proyecta lo que de algún modo quiso ser y nunca logró. Del niño  aventurero sólo quedan las hojas muertas de otoños pasados. En sus recuerdos perviven hazañas al lado de su padre, su  llamativo corte de pelo punk y sus saltos en la patineta que alguna vez adornaron su niñez.
Esa nostalgia de los años atormenta cuando las personas rozan los cuarenta. Dicen que a esa edad  se replantean muchas cosas de la vida presente. El mundo, los objetos, las personas adquieren nuevos colores y el remordimiento de lo que antes reinaba en las simpatías de su universo onírico se exacerba hasta lograr un estremecimiento vital hasta en las cosas manchadas de no usarse por miedo o por comodidad o por ambas cosas  a la vez. A esa edad el azote de los años desespera pero las esperanzas no se han ocultado bajo la línea del horizonte. Mitty es un soñador metido entre las sombras de un viejo edificio con una portada que aparenta la modernización del mundo contemporáneo. Cuántas personas no reprimen sus sueños debajo de las paredes gastadas  y añejas de los grandes elefantes asfaltados de las ciudades modernas. Hombres, mujeres y niños permanecen en el ostracismo mientras las personas públicas, célebres magnates y hombres de los medios de comunicación se roban un poco del trabajo de quienes laboran sumergidos en el absoluto olvido.

La increíble historia de Walter Mitty permite pensar todo eso. La fachada se compone de viajes, escenarios hermosísimos como los paisajes que nos regalan Groenlandia, Islandia y El Himalaya. Detrás de todo esto yace la figura del fundador de la revista Life. Este, interpretado por Sean Penn en una aparición fugaz pero convincente, que atrae por su aspecto descuidado, en busca de la pureza del espíritu  y de la captura de momentos sublimes para su colección personal. La película es un collage de instantes entremezclados de acción, drama, comedia. No termina nunca de definir cuáles son las pretensiones para el público. Intenta ser moralizante, pero la verdad es que no consigue aclarar sus  verdaderos propósitos.
En las producciones de Hollywood es común encontrar este tipo de films. Se presupuesta según los gustos del público, se realizan sondeos, se pregunta,  se indaga en el consumo cinematográfico. Se busca a los actores más reconocidos dentro del espectáculo. Luego son acompañados por grandes actores o por estrellas de larga trayectoria como un plus de taquilla. Los guiones  aseguran planos e imágenes modernas, hechos con la tecnología necesaria. Las historias parecen tener un trasfondo moral, un fondo edificante. Se combina la diversión con la formación para jugar con las emociones de la gente: aquellas que el mercado prioriza como las más importantes, las que vale la pena mantener despiertas para asegurar el negocio. 
Y para todo eso, se crean los premios universales de la apreciación cinematográfica. El esperanto fílmico: los Oscar. Por su fama se han arrogado el único juicio posible. Se transmiten como un espectáculo. Lo último que interesa resaltar es precisamente la elaboración estética de las películas que son anunciadas por el estrellato de Hollywood. En ocasiones se premian films de buena calidad, pero todo  con el fin de mantener la imagen democrática que los Estados Unidos defienden como un dogma.


La diferenciación tajante entre las películas que divierten y aquellas con un alto valor estético se  ha hecho notable. La increíble historia de Walter Mitty pertenece al primero de los grupos. Quedará en la mente de los espectadores fugazmente mientras llega  a las carteleras la siguiente película. No obstante seguirá en la lista de aquellos films que mantendrán mudable el gusto del espectador al que no le interesan las grandes preguntas, las reflexiones trascendentales sobre la vida.





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