Los juegos del hambre: en llamas

Los juegos del hambre: en llamas de Francis Lawrence                                                 

Cada vez más surgen propuestas cinematográficas basadas en novelas escritas para complacer los gustos de un nuevo público que se debate entre la adolescencia y la adultez. Ese es el caso de Las crónicas de narnia y Harry Potter, best sellers literarios que nos muestran mundos pasados que recrean historias fantásticas en donde el tiempo y el espacio no son óbices para exacerbar la imaginación. Asistimos a la proliferación de “mercaderes-productores” que yacen atentos  a las obras  contemporáneas que se consumen masivamente por una sociedad que ya no ve en la lectura clásica una verdadera opción de conocimiento y recreación de la  existencia debido a que aquella, acostumbrada a las historias profundas, de personajes y situaciones que  tratan temas humanos  trascendentales, con una prosa bien construida y escrita por autores  que asumieron su trabajo como un modo de adentrarse en lo esencial de “la naturaleza humana” ha venido mudando sus requerimientos estéticos a favor de libros más ligeros y menos cargados de fuerza filosófica.
Quizás ese es el caso de la segunda entrega de la trilogía conocida como Los juegos del hambre, una saga escrita por la novelista nacida en Conecticut, Estados Unidos, Suzanne Collins, cuyos títulos satisfacen las demandas de un público joven, poco lector y  a la espera de cuándo el libro se pueda llevar a la pantalla cinematográfica. La primera parte  le da nombre a la serie. Con la segunda se continúa la historia que para mantener atentos a los espíritus y los bolsillos, tiene todos los ingredientes de  obra ligera que aparentemente muestra toda la seriedad de los temas pseudorevolucionarios que vista en imágenes aparece más bien como un aspecto sumario.
La historia, grosso modo es la siguiente. El mundo está compuesto de doce distritos y un capitolio, los primeros serviles al segundo. Como una especie de castigo se celebran los juegos del hambre porque los distritos se levantaron contra  el capitolio gobernado por un presidente que realiza los máximos esfuerzos por mantener mediante la televisión y la popularidad de los participantes en los juegos, esa poca de esperanza en la mayoría de las personas que permanecen  oprimidas por un ejército de paz, de cuyas acciones siempre resultan víctimas mortales. Cada parte  es un episodio en la vida de los dos competidores principales, un hombre y una mujer que fingen el enamoramiento con el fin de participar en la competición. En el fondo, ambos son dos revolucionarios que buscan derrotar al poder opresor.

                                                    Suzane Collins

Los juegos del hambre: en llamas, segunda parte de la trilogía, se encuentra  plagada de estrellas  del espectáculo fílmico como Donald Sutherland, Philip Seymour Hoffman, Stanley Tucci, Woody Harrelson, entre los buenos actores y Jennifer Lawrence y Josh Hutcherson, dos actores jóvenes que súbitamente se volvieron famosos por interpretar papeles en producciones de muy pobre calidad como El lado bueno de las cosas de David O. Russel, el director de The fighter en el caso de la joven actriz estadounidense y Viaje al centro de la tierra, una pésima aproximación a la novela de Julio Verne, en el caso del actor nacido en Kentucky.
El sojuzgamiento de los buenos actores en este tipo de producciones no puede realizarse de un modo profundo. Sus papeles sólo se despliegan como fichas superficiales que  bien pudiesen ser interpretadas por cualquier actor que sepa algo de actuación. Habría que juzgar  más bien a los actores noveles, que por lo mostrado, solo aparecen como las nuevas caras que en algún momento se pueden erigir como la renovación del star system de Hollywood. El espectáculo asegura su cuota de seriedad preparando los actores que en algún momento permitirán la conservación de la imagen artística que los espectadores creen advertir en el  medio cinematográfico norteamericano.
La película contiene lugares comunes a lo largo y ancho de su desarrollo. Ese viejo tema de los oprimidos y los poderosos aparece como un agregado de la acción y de la guerra. En los juegos del hambre  los contendientes parecen sumidos en intrigas personales y no en la verdadera lucha que persiguen varios de ellos, que no es otra que el conflicto por la liberación. Los planos no aportan nada nuevo. Ni los efectos especiales ni la historia brindan situaciones novedosas, nada que ya no  haya mostrado el cine en repetidas ocasiones. La música y las situaciones se construyen, en la mayoría de los casos, de modo melodramático, con el único fin de ganar el impacto en espectadores incautos. Incluso, la narración cuenta con un ritmo desigual que intenta mostrar los caracteres de los personajes, desarrollar las relaciones entre ellos, brindar algo de profundidad psicológica mediante el desenvolvimiento de afectos  y odios entre personas que luchan por una causa común, pero parece que el director lo único que intenta es desembarazarse de contar un drama que aparece irregular, para finalmente mostrar los juegos, una serie de acontecimientos que no son lo suficientemente envolventes para un público que busca el movimiento y el mantenimiento de la atención a toda costa.

                                                                        Jennifer Lawrence-Katniss Everdeen


Los juegos del hambre son en esencia, una producción más que, utilizando todos los clisés del medio fílmico hollywoodense, no logra conseguir todos los efectos que las grandes superproducciones pueden aportar al espectáculo. Si bien el argumento no podría objetarse, la planificación, la ejecución de cada uno de sus planos son como instantáneas que no tienen ninguna continuidad apreciable como obra cinematográfica. La película es una sucesión de imágenes que tendría como único hilo conductor la historia contada en el libro pero que se olvida de los mínimos requerimientos que una narración fílmica necesita.

Comentarios

Entradas más populares de este blog