Grandes actores, Federico Luppi





O el mundo es muy grande o es demasiado corto. Los actores que se han considerado buenos se impusieron de una vez y para siempre por el cine comercial de los Estados Unidos o por la televisión de nuestro país.  Es como si el pasado no existiera, como si lo que construyeron todos nuestros padres fundadores del arte actual, estuviera oscurecido por la mancha del olvido. Se nos fue de la memoria que el cine sólo tiene un siglo  y que, frente a los miles de años que tienen las artes clásicas, estamos ante una expresión estética joven.Hemos tenido buenos actores desde siempre.Esa parece ser la característica del actor argentino Federico Luppi, un hombre nacido en 1936, con nacionalidad española pero tan latinoamericano como pocos. Su larga carrera actoral se extiende desde los años sesenta, por lo menos en papeles de alguna trascendencia como el que protagonizara para el maestro Leonardo Favio: El romance de Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, llegó la tristeza y muchas cosas más… desde ese momento, una desfloración cinematográfica envidiable, el actor bonaerense, ha trasegado por los mejores escenarios que la filmografía de esta parte del mundo puede construir.

Sus películas siempre inmersas dentro de un tono dramático, muestran la versatilidad por la escogencia de personajes que levantan la simpatía en el público. Luppi es esa clase de actor al que siempre uno le cree, el que deja algo en el espectador como una huella que no se puede borrar por la suma de sentimientos que despierta. Es el ejemplo del intérprete serio, ajeno a los márgenes publicitarios y financieros como prioridad en  el trabajo que desempeña. Es el actor profesional  y con talento por excelencia. Su “esencia” argentina penetra como un cuchillo en las profundidades de los personajes para  extraerles los rasgos más arraigados de los seres humanos. No importa lo difícil que parezca ahondar en las paredes interiores de las personas, sus caracterizaciones son una apuesta investigativa, un método en sí mismo para explorar la condición humana.


El espinazo del diablo de Guillermo del Toro.


Luppi,  fresco y trascendental al mismo tiempo, fluctúa entre la ternura del judío  en la película de Eduardo Minogna, Sol de otoño, junto a Norma Aleandro y la dureza del director gélido pero sensible de Martín H, la primera película de una trilogía cinematográfica de Adolfo Aristaraín su gran amigo y referente fílmico; entre la curiosidad sin límites del viejo anticuario de La invención de Cronos de Guillermo del Toro y la nostalgia del maestro retirado en Lugares  comunes del mismo Aristaraín; entre la osadía del sindicalista en El último tren de Diego Arzuaga y la nostalgia del viejo en Un lugar en el mundo, otra más de las colaboraciones con su compatriota argentino .

Sus personajes hablan por boca de él. Luppi es una especie de médium capaz de darle vida  a una cantidad de frases  sabias, sin oscurecer para nada la naturalidad de sus movimientos. El maestro retirado forzosamente de Lugares comunes, nos da varios ejemplos de sabiduría en varias de las escenas de la película. En una de ellas, ante el último instante con sus estudiantes, les dice que lo importante de la vida es ser honestos, ser auténticos y defender las convicciones más próximas como si fuesen el principal de los tesoros humanos. Su actitud natural, ciñendo el cigarro de la tranquilidad ante el deber cumplido, lo erigen en un personaje de profundas  creencias y de actitudes ejemplificadoras como un maestro en todo el sentido de la palabra. Asimismo, la mujer que le flirtea en la fotocopiadora recibe una lección de amor cuando el viejo realiza las más sinceras manifestaciones de respeto y elogio para su mujer “siempre fue ella”, le dice. La única mujer que ha amado de verdad.

O las escenas de Martín H. Una película emblemática en la cinematografía latinoamericana. Luppi, al lado de Cecilia Roth, Eusebio Poncela y Juan Diego Botto, nos muestra un rasgo muy propio del argentino: su convencimiento de que siempre hay algo que decir y cada cual debe ser capaz de decirlo con plena naturalidad. El padre, un cineasta un poco resentido y solitario, ritualista a morir, sólo ve por los ojos de su trabajo. En las conversaciones con sus amigos y su hijo encuentra que los afectos son más significativos en ocasiones que la auto esclavitud por el trabajo. Su personaje de amante, de amigo y de padre está impregnado de lo mejor de cada Luppi, un actor integral que puede forzar su talento en un mismo personaje hasta los límites de lo diverso.

El actor argentino, ha encarnado interpretaciones serias. Su creencia en que la actuación es un estilo de vida se observa en cada uno de los individuos a los que les imprime su estilo. Luppi es un ejemplo de que un cine propio pasa también por la autenticidad y la calidad de los actores nuestros. El profesionalismo de su trabajo le da credibilidad, es un pedazo de universalidad que sale de esta parte del planeta.

A sus setenta y siete años sigue trabajando, creyendo en los directores hispanoamericanos, construyendo personajes al lado de los más grandes representantes de nuestra cinematografía. Su talento comparte privilegios con   los más grandes de generaciones actorales pasadas y presentes. Es, sin lugar a equivocaciones, el actor por excelencia, en el que converge el amor por lo que hace, eximia calidad y un compromiso por un arte propio que tiene ribetes universales.


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