Grandes actores:
Erland Josephson
Erland Josephson (1923-2012)
Las vidas de Ingmar Bergman y de
Erland Josephson parecen marcadas por el inevitable encuentro. Los dos, amantes
consagrados de las tablas, vieron en el cine una continuación de sus eximias aptitudes
para colocar en imágenes, los sentimientos de la vida cotidiana. Mientras el cineasta
referenciado lo tuvo en quince de sus películas, Josephson deslumbró con otros
de los más grandes directores que han podido surgir en la historia del cine.
Erland, amigo incondicional de
Bergman, interpretó papeles inolvidables como el que realizó al lado del genial
Andrei Tarkovski en su Sacrificio, de
1986, en donde funge de Alexander, un individuo atormentado por el fin del
mundo en una sociedad que no le viene bien a sus aspiraciones de tranquilidad;
o el alucinante Nietzsche en Mas allá del
bien y del mal, de 1977, de la directora italiana Liliana Cavani; y para no
desentonar, también actúa en La mirada de
Ulises, de 1997, del maestro griego Theodoros Angelopoulos, donde su personaje participa del viaje a la memoria por los países balcánicos luego
de la guerra.
Pero su principal contribución al cine, sin duda,
recae en las películas que realizó al lado de Bergman, desde 1946 con la
película Llueve sobre nuestro amor,
de 1946, hasta Sarabanda del año
2003, nueve años antes del fallecimiento del
director sueco. Es difícil establecer cuál de todos sus papeles en
colaboración con su gran amigo, puede definirse como el mejor elaborado. No
obstante, destacan interpretaciones como el veterano profesor de Secretos de un matrimonio, de 1973, en
donde nos muestra de un modo sobrio, las diatribas de un docente universitario
frente a la perspectiva de un nuevo amor con una joven, trayendo con ello el
derrumbe de un matrimonio sólido, según las apariencias y la costumbre de
permanecer con otra persona. O la majestuosa interpretación en Tras el ensayo, un película hecha para
televisión, donde los ecos del teatro siguen sonando en el alma de un director
nostálgico, acompañado por una joven que despierta sus recuerdos olvidados,
pletóricos de sensaciones ya escapadas
con los fantasmas que rondan el escenario.
Erland Josephson nace en
Estocolmo, Suecia, en 1923. Su primera relación con el teatro se produjo a muy
temprana edad. En él, se encontró con las personas que más influencia tuvieron
en su carrera profesional. Sucede a Bergman en la dirección de El Dramaten, el gran teatro de Estocolmo
desde año 1966 hasta el año 1977. Dirigió una película denominada Revolución mermelade, de 1980, en la que
también actúa. Otra de sus facetas como artista es la de escritor de cuentos y
novelas, obras éstas conocidas en el
medio artístico europeo.
Josephson fue apreciado por
todos. Las mujeres siempre lo adoraron por su seriedad y encanto, por su
personalidad aplomada que no se descomponía en ninguno de los gestos ni en toda
la proxemia que se escapaba para deslumbrar al público que lo veía interpretar
memorables personajes tanto en el teatro como en el cine. En su rostro se reflejaron
los sentimientos más inescrutables que cualquier ser humano puede experimentar. Su elegancia, acompasada por esa voz profunda casi gutural
y medio nervioso, entran por los oídos y se arraigan como un estertor en la
mente del público. Su particular mirada podía concentrase en el horizonte como
un vuelo inescrutable, como si en el estado de arrobamiento en el que se
colocaba ante la cámara pudiera develar los secretos más profundos del alma
humana. Sus movimientos corporales lograban esa cadencia con la voz para mostrar
mediante situaciones cotidianas la tragedia humana, cuyo combustible avivado
por el sufrimiento, parece amenazar un estallido espontaneo.
La actuación siempre tiene un
poco de las dos cosas: talento y trabajo. Un actor promedio puede desarrollar
cualidades que ayuden a moldear su personalidad como actor si trabaja
denodadamente. Pero el trabajo puede convertirse, en un actor natural, en la chispa
necesaria para multiplicar exponencialmente el enorme talento que pudiera
tener. Josephson contaba con los dos atributos. Sus actuaciones agregaban lo justo a los papeles para no
desdibujarlos, de modo que, ofreciendo su sello personal en cada uno de los caracteres
que interpretó, siempre dejó abiertas las posibilidades de cada personaje. En
el conocimiento de su cuerpo, en la perfecta introspección de su movimientos,
su presencia transmitía esa actitud reflexiva de individuos sobrepasados por
una carga existencial demasiado pesada para arrastrarla solos.
Como buen actor escandinavo, su
personalidad gélida parece impasible frente a la pantalla. Quizás por eso
Bergman no lo dejó de incluir en ninguno de sus proyectos, a excepción de
aquellos en los que Josephson se encontraba ocupado en otro trabajo. Sus roles psicológicos siempre
estuvieron llenos de diálogos profundos, de acertadas afirmaciones
filosóficas con un tinte existencial que cargaba la imagen de una atmósfera
pesada. En su voz pausada se puede encontrar la materialización de un personaje
bergmaniano, casi un encuentro perfecto entre las obsesiones más acendradas de
un director neurótico debido a sus miedos y el hombre que cuadraba a la
medida en las búsquedas del cineasta sueco.
Erland Josephson es el prototipo
del actor serio, que siempre extrajo de sus papeles las mejores posibilidades
que, por boca de sus interpretaciones, alcanzó a esbozarnos varios de los
problemas humanos más arraigados. En su rostro aun pervive esa nostalgia del sacrificio
que constituye su muerte ante la fría pantalla que ya no es la misma sin él. La
fecha de su muerte ocurre un 25 de febrero del año pasado, cuatro años después
del fallecimiento de su maestro y amigo, el
gran Ingmar Bergman.



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