Grandes actores:
Klaus Kinski
Aguirre la ira de Dios-1972
¿Un sátiro, un loco, un adicto sexual que
corría desbocadamente detrás de las jovencitas en los interludios de las películas para
violarlas? Sin duda. Pero también ¡El mayor actor de cine de las últimas cuatro décadas!
“-¡Yo me largo! ¡Aunque tenga que
remar hasta el océano Atlántico!
-Si te largas, acabo contigo-Dice ese
calzonazos de Herzog, con cara de susto debido al riesgo que está corriendo.
-¿Cómo vas a acabar conmigo, bocazas? -Le pregunto con la esperanza de que me ataque y así pueda matarlo en defensa
propia.
-Te voy a disparar-Balbucea como un
paralítico con el cerebro reblandecido-.Ocho balas para ti y la última para mí.
-Te espero insecto-le digo
alegrándome de lo lindo de que por fin hayamos llegado a esos extremos-. Me
voy a mi balsa y allí te espero. Si
vienes, te mato a tiros.”(Kinski, 1995,248).
Quizás, si uno puede definir la
carrera cinematográfica del actor alemán nacido en 1928, habría que empezar por
la relación entablada con su compatriota el director Werner Herzog. Ambos,
puede decirse, son dos de los mejores exponentes de sus respectivos oficios en
el maravilloso mundo del cine.
Herzog alguna vez declaró que su
turbulenta relación con Kinski tan sólo obedecía a una campaña publicitaria,
una especie de pacto tácito de ofensas públicas que le dieron un carácter
distinto a las películas que realizaron juntos. En su magnífico documental: Mi enemigo íntimo, el director habla con
esa voz pausada, gangosa de uno de los actores más importantes con los que
trabajó en su carrera como cineasta.
Kinski le despertaba una vorágine de sentimientos entre fraternos y de odio,
como si en el recuerdo, esa mezcla extraña fuese la mejor exaltación del
frenético actor.
Ambos, actor y director, empiezan
su colaboración en 1972 con la película Aguirre,
la ira de Dios, rodando en medio de
ríos turbulentos y selvas tupidas, en
las condiciones más inhóspitas para un acomodado Kinski que ya podía arrojar a
la basura sus Maceratis o sus Ferraris, simplemente porque el color de alguno de esos autos ya no era de su gusto.
Posteriormente, hicieron Nosferatu y
Woyzeck, ambos del año 1979, filmes
estos que confirmaron la tempestuosa relación pero también la calidad de su
trabajo en conjunto. Sus otras películas vienen en 1982 y 1987 con Fitzcarraldo y Cobra Verde, respectivamente.
Según Kinski, todas las obras en
las que participó con el director alemán, fueron hechas íntegramente por el
actor: “Yo decido cada escena, cada posición, cada toma, y me niego a hacer
otra cosa que lo que considero acertado. Así por lo menos consigo salvar las
películas del desastre total a causa de la chapucería de Herzog” (Ibid, 249).
Pero la labia desmedida de Klaus Kinski trascendió los escenarios de grabación.
Su vida siempre estuvo construida por las palabras y las palabras contribuyeron a la permanencia de su figura.
No es necesario cavilar demasiado para darse cuenta de que los enconados odios
al mundo del cine también se extendieron a su relación con Herzog. El cine para
Kinski fue tan sólo una fuente de dinero, de la cual él solamente podía
concebirse como una “prostituta
cinematográfica”.
Cobra verde-1987
Sin embargo, Kinski, construyó su
carrera desde las mismas entrañas del teatro de la crueldad al lado de grandes
directores de los años cuarentas del
siglo XX, cuando todavía debía dormir en las calles por falta de dinero para
pagar una habitación. El cine se convirtió en su vida, pero según él, sólo para
mantener un estilo de vida de estrella, una vedette que, incluso, llegó a
rechazar el trabajo con directores como
Fellini,Visconti, Pasolini y otros a los
que consideraba como simples marionetas del medio. Además, apareció en
películas de Spaghetti Western dirigidas por el maestro Sergio Leone como La muerte tenía un precio. También, al
final de su vida dirigió Paganini, a propósito del carácter desbordado del violinista
italiano, pero con el que no tuvo el mismo reconocimiento que consiguió como
actor.
De su vida privada no sabemos
nada porque su vida privada siempre fue pública. Su hija, Pola Kinski acusa a
su padre de abusos sexuales desde los cinco años hasta los diecinueve, hecho
por el cual no soporta los elogios de
los que rodean a su papá pederasta. Su hermana Nastassja Kinski, pese al amor
que tuvo en algunos momentos por su padre, no pudo dejar de solidarizarse con
su hermana por la ocurrencia de estos hechos vergonzosos para toda la
familia. De su último hijo “Nanhoi”,
encontramos las palabras más tiernas que un padre puede dirigir a su hijo: “me es imposible describir lo que
siento en esas horas de felicidad al lado de mi hijo, pues todas las palabras
resultan demasiado débiles y limitadas” (Ibidem, 300).El resto es una serie
ininterrumpida de relaciones sexuales con cuanta mujer se le apareciera en el
camino.
Como actor, Kinski, prolongaba su
vida personal cuando la cámara lo registraba. Su rostro desbordado llenaba toda
la pantalla, al punto de salirse casi de los límites que contenían esa
personalidad envolvente. Su agresividad y su majestuosidad no dejaban espacio para otra cosa que no
fuese él mismo. Sus actuaciones, podemos decir, constituyen un entramado
perfecto de cualidades histriónicas que opacaron otras actuaciones que
flagelaban al espectador por la potencia de sus movimientos y que ratificaban las potencias del teatro
utilizadas correctamente frente a la pantalla grande.
Ese es el legado de Klaus Kinski,
una espontaneidad plena. Sus papeles permitieron representar la vida como si ya
no hubiese intermediación, como si personaje
y hombre fuesen uno solo. La
mímesis ha perdido toda posibilidad de existencia cuando hablamos de un actor como
él.
Fitzcarraldo-1982
Kinski, K (1995) Yo necesito amor. Tusquets: Barcelona.



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