Sofía Vergara, la
rubia del cabaret cinematográfico
Sofía Vergara en la serie televisiva Modern Family.
La incursión de los actores
latinoamericanos en la industria de Hollywood
se restringe solamente a la relación de
aquellos con el espectáculo. Lo otro, el talento para la representación
histriónica, no tiene ninguna relevancia.
Han sido muchos los actores y las
actrices de esta región del planeta que han participado en producciones
cinematográficas financiadas en Estados Unidos, algunos de los cuales pudieron adaptarse a los criterios
publicitarios impuestos por el medio. Las características que los identifican
en otros contextos como actores de habilidades reconocidas, proclamados como
íconos o simplemente como quienes pueden cumplir adecuadamente con un trabajo de esta naturaleza, se difuminan bajo criterios que en la mayoría
de los casos no se relacionan con el arte.
Esa supuesta actitud democrática
del cine comercial que se produce en los Estados Unidos, parece provenir del
deseo de acoger todo tipo de posibilidades cinematográficas, incluyendo obviamente
a los directores y a los actores, que, formados bajo ciertos parámetros
culturales particulares, en muchas oportunidades
se ven deslucidos. Artistas como Bergman, quien hizo El huevo de la serpiente para el productor Dino de Laurentes en el
año 1977 o como Herzog con El teniente
corrupto del año 2009, son obras apartadas de todo el caudal artístico que
tiene para mostrarnos a los espectadores, quienes siempre esperamos
ansiosamente encontrar algo nuevo en estos maestros audiovisuales, pero que, al
aceptar estos trabajos, sólo reducen sus potencias como directores o elevan un
poco la pobreza fílmica de esta “manera de hacer cine norteamericana”,
según como se vea.
Zalma Hayek en la balada del pistolero
Actores como Penélope Cruz, o
Antonio Banderas, o Victoria Abril, seguramente detrás de unos dólares de más, representan
personajes caricaturescos que nadan con dificultad en una piscina para niños.
Pensemos en latinos como Gael García o Diego Luna o su coterránea Zalma Hayek,
quienes pudiendo desarrollar buenos personajes, terminan representando a
individuos estereotipados, sin un centímetro de profundidad, casi como
indigentes que bailan al ritmo de una canción gringa por un pedazo de pan.
Pero no todos los directores o
actores foráneos por ser “estrellas” dejan de mostrar todos aquellos aspectos
que son como una marca de identidad, lo que hace parte de su reconocimiento artístico por parte de la crítica
internacional y por el gran público. Hombres como Almodóvar, o Juan José
Campanella, para nombrar sólo algunos, siguieron el legado de realizadores tan
importantes como Jean-Luc Godard, quien edificó una cinematografía de autor, y
que como parte de la Nouvelle Vague,
idolatraron propuestas específicas del cine estadounidense como la que expone
el maestro del cine negro Orson Welles.
Esto demuestra que son más bien
los artistas fílmicos quienes predominan sobre las aparentes imposiciones
económicas que confinarían una propuesta estética a los réditos meramente
publicitarios. Sus películas conservan los criterios de realización que los ha
hecho memorables, su manera de contar
una historia y la forma que tienen de mostrarla siguen intactos, no
obstante la compaginación con un público vasto, que pide cargas de adrenalina sofocantes, que no
permite la reflexión por la necesidad de paroxismo que los planos de Hollywood
están acostumbrados a entregar.
En Colombia, Frank Ramírez en la
década del ochenta del siglo anterior, o
más recientemente Catalina Sandino, han hecho parte del reparto de
producciones realizadas en los Estados Unidos. En este caso, sus actuaciones son
suplementarias, con personajes más bien marginales, exponiendo esa vieja
actitud, de permanencia de una suerte de exotismo, que replicaría un cuadro de costumbres
que vende como una demostración de la diversidad tan aclamada por la democracia
norteamericana como la tierra de la esperanza y el progreso.
Y es particularmente Sofía
Vergara quien mejor representa esa actitud tan gringa. Esta actriz, nacida en Barranquilla, actualmente cuenta cuarenta y un años y se ha forjado un camino
en el “complicado” campo televisivo de esa nación. Pero las dificultades estriban principalmente
en contar con la suerte de que productores decidan invertir en un hombre o una
mujer que requiere que lo llamen o la llamen actor o actriz para tener una
excusa válida de tal modo que pueda ingresar al mundo del espectáculo.
Vergara ha sido nominada a varios
premios como los Emmy o los Globos de oro, especialmente por el papel
interpretado en la serie que produce la ABC
por los productores Cristopher Lloyd y Steven Levita y cuyo personaje,
Gloria, se adapta al carácter de la latina
que exagera sus gestos y enfatiza su inglés a la manera de un personaje despreocupado,
con un tinte moral bien establecido y
con un derroche impecable de estupidez, cuyos compañeros de reparto celebran,
mientras observan cuidadosamente las cualidades pectorales de la voluptuosa
rubia con acentuado morbo.
De cine… No. Mejor digamos que
sus papeles son superfluos, solo
rellenos que bien puede suplir esta o aquella mujer con caderas y senos grandes
para complacer esa industria de consumo cinematográfica a la que poco le interesa observar una obra de
calidad estética.
Maria Conchita Alonso en Depredador II
Mientras Catalana Sandino va
tomando fama de actriz dramática, que ya obtuvo una nominación al óscar, por mejor
actriz, Sofía Vergara, en tanto siga interpretando ese tipo de papeles, siempre
será considerada una actriz menor a la que se le puede seguir pagando 200 mil
dólares por capítulo de su Modern family,
un portento de la televisión desechable de la que mañana nadie va tener el más
mínimo recuerdo.
En tanto no se desarrolle una
cinematografía propia, capaz de producir
propuestas serias, con un aparataje que encadene apropiadamente todos
los niveles del trabajo fílmico, no se puede superar esa propensión a pensar en
el cine de Hollywood como una panacea. Se requiere generar las condiciones para
que los hombres y las mujeres del cine, un arte por antonomasia, empiecen a
creer en que, en Colombia, se puedan hacer películas de buena calidad y además
vivir dignamente de ese trabajo.



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