Nostalgia y pecado en Comala
Entre el “Pedro Páramo” de Juan Rulfo y el “Pedro Páramo” de Rodrigo Prieto
hay un abismo de diferencia. Ambas obras nos dejan algo: la generosidad del
arte que se expresa a través de lenguajes dotados de recursos infinitos.
También, un cúmulo de sensaciones que penetran en la mente como si fueran
punzadas imposibles de cicatrizar. Nos
dejan además una angustia existencial perseverante, sobre la fragilidad del
mundo, sobre la incertidumbre de la existencia y lo impalpable de la realidad.
Finalmente, nos dejan, la lúgubre errancia del alma que deambula a empellones
por múltiples dimensiones que se confunden con la conciencia de no estar
soñando.
La novela de un genio como Juan Rulfo abrió una nueva literatura. Rompió
con la linealidad temporal y nos sumergió en un delirio de experiencias que
irrumpieron con la conciencia de estar vivos o no. Ese universo de ánimas nómadas nos envolvió
en ráfagas de fuego que nos desgarraron para siempre. Los muertos resucitaron
en nuestra atribulada conciencia de sentirnos vivos sin estar muy seguros de
ello. Nos enrostró realidades violentas que tienen olores y sabores diversos,
jalonados por complejos intereses políticos que han hundido a Latinoamérica en
un abismo de desesperanza y resignación. Esa uniformidad de sentimientos y de
ideas han unido a un vasto paisaje de protuberantes accidentes geográficos y de
mágicas percepciones de una realidad edulcorada por los ensueños que la
religión católica ha inyectado en el espíritu de miles de personas, conducidas
en cuerpo y alma hacia el desfiladero de la desesperación. En Rulfo, Pedro
Páramo, es un símbolo patriarcal de un mundo que necesita un timón firme para
seguir sin rumbo.
La película de Rodrigo Prieto, un director de fotografía mexicano de gran
reconocimiento mundial, es una pequeña joya que se ha colado por los
intersticios de Netflix, tal vez sin saberlo nadie. Excepto por quienes
buscamos en la imagen las huellas perdidas de la literatura, como un ocaso que
se va muriendo lentamente y no tiene esperanza de recuperarse. La obra fílmica
navega entre sus propios recursos audiovisuales, impone la hermosura de las
tonalidades en amarillo pálido para el día y la ocredad de la noche que aparece
entre las sombras de un valle moribundo en donde los muertos hablan, en donde
las ánimas deambulan por las calles desvencijadas y el laberinto de edificios
escaldados por el tiempo, abruman. Pesan sobre los hombres y las mujeres que
purgan sus penas con el dolor que arrastran. Sin saber si siguen estando vivos
o ya se han ido a habitar el otro lecho del río. Las intenciones de los muertos
son tan vivas que los vivos ya quieren sentirlas, hacen parte de un destino
ansiado por los “pecadores”, testimoniados por la mano del cura, a quien el
miedo de la muerte no le permite defender sus principios religiosos frente a la
figura omnipotente del cacique del pueblo: Comala. Sólo que Comala es una
realidad muy extensa que puede tener existencia más allá del paisaje que ven
los muertos. Tanto Rulfo como Prieto, utilizan la realidad exterior para
exponer un mundo interior devastado por los errores del pasado en donde la
nostalgia se instala a vivir como dueña de una residencia terrenal que nadie
aspira a seguir cuidando. Esa reflexión
estética, tanto en la obra literaria como en la obra fílmica enfatizan un
mensaje de autoconocimiento, de exorcismo de demonios individuales que a veces
se posan afuera pero que sobre todo se originan en el interior de los hombres y
las mujeres que ya nacimos con desventaja. La desventaja de que la vida en sí
misma ya es un pecado. Pero ese pecado no ha sido un dictamen de la divinidad
sino de las decisiones humanas que recaen eternamente en las generaciones
venideras. La tristeza de las personas que alguna vez habitaron Comala y que
ahora lo recorren como espectros es una invectiva del egoísmo humano que parece
un dictamen divino.
La película se narra no linealmente si no que muestra distintas
disrupciones temporales acaballadas en la figura de Pedro Páramo quien yace
sentado en una silla al final de la obra, recordando sus experiencias, los
amores no correspondidos como el de Susana, los asesinatos infligidos a pobres
inocentes, las violaciones sistemáticas de todas las jóvenes del pueblo, el
apoderamiento masivo de las riquezas materiales de la comunidad. Como un
gamonal impune que no ha podido encontrar un amor verdadero. Y perece por la
mano de un campesino borracho que busca un poco de ayuda para enterrar a su
mujer.
Cada escena de esta película toma su tiempo justo. Está bien filmada. Los
personajes están bien representados. Los actores realizan interpretaciones
majestuosas como la de Manuel García Rulfo que es Pedro Páramo, el de Susana,
interpretada por Ilse Salas, Eduviges caracterizado por Dolores Heredia, Juan
Preciado, a cargo de Ténoch Huerta.
Todos y cada uno de ellos logran construir un universo que arroja emociones
parecidas a las que nos despierta el libro de Juan Rulfo. Esta obra fílmica es
elaborada a través de un ritmo parejo, que sabe manejar las pendulaciones
temporales con maestría. Le hace honor a
una historia genial que ha logrado tal vez como ninguna otra los intríngulis de
una atmósfera sensorial latinoamericana, en donde los individuos logran tener
una voz propia pero que no ofrece ninguna esperanza de alegría. Es una tragedia
colectiva generada por la violencia que habita el espíritu de un pueblo, pero
que subsiste en todos y cada uno de los seres humanos de este planeta.
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