La mirada de Antinoo
Del otro lado del jardín de Daniel Posada
La apertura mental de los productores cinematográficos que muestran otras
versiones de la realidad colombiana abre la puerta a quienes buscamos otras
expresiones, otras formas de ver el devenir nacional. En donde la complejidad
de los hombres y mujeres que poblamos este país tiene otra relevancia. Apuestas
por la reflexión, el estremecimiento del ser en un contexto tan agobiado como
el nuestro pueden generar otros gustos estéticos para las nuevas y viejas
generaciones.
Con la película “El otro lado del jardín”, dirigida por Daniel Posada y
escrita por el guionista español Ignacio del Moral, tenemos otro motivo para
reflexionar sobre la muerte asistida. Está basada en el libro del mismo nombre
del poeta colombiano Carlos Framb. Lo que en términos más coloquiales conocemos
como eutanasia. Los hechos ocurrieron en la vida del poeta, quien suministró
una dosis alta de morfina a su madre con el fin de terminar con sus
padecimientos de salud en la que una osteoartrosis había consumido gran parte
de su salud a ella y una ceguera le había privado de ver los colores del mundo.
Por estos hechos a Carlos lo acusaron de haber cometido un homicidio. El juicio
que se celebró en su contra estuvo caracterizado por unas implicaciones
filosófico legales trascendentales para la sociedad colombiana, tan reacia a
tocar el tema, cuya injerencia religiosa siempre fue uno de los mayores
obstáculos para dar claridad al respecto.
Los principales argumentos de la fiscal del caso, interpretada por una
atinada Juanita Acosta, versaron sobre la innecesaria muerte de una mujer de 82
años(Interpretada por Vicky Hernández) que según dictámenes médicos, todavía le
quedaban muchos años de vida. Lejos de los personajes estáticos y sin vida,
ella tiene sus propios complejos, libra una batalla contra sus contradicciones
internas originadas por sus relaciones personales que de uno u otro modo
influyen en sus decisiones jurídicas. No es que la originalidad del universo
personal mostrado por el director sea un punto a favor de la obra, pero las
escenas en las que interviene, la mujer de hierro se quebranta, entiende la gravedad
de los hechos, los móviles; entiende la fragilidad existencial de un hombre
intachable cuyo único requiebre social ha sido la de la autenticidad de vivir
como ha sentido su existencia.
En contraste, los argumentos del abogado defensor (interpretado por un
siempre convincente Luis Fernando Hoyos) a quien lo muestran en la película
como un depredador del derecho, son los mismos que nunca esgrimió para defender
el derecho a morir dignamente por parte de su padre. La compasión y el acuerdo
mutuo entre madre e hijo, constituyen el núcleo de la defensa. La obra fílmica, que se encuentra en el streaming
Max, es vehemente, inclinada del lado del poeta, quien en sus relaciones
socioafectivas ha vivido como su conciencia se lo dictamina. Las honduras
literarias no son más que una búsqueda de respuestas que nunca tuvo ante la
encrucijada que el dolor y la vida le pusieron en el camino de sus 44 años que
supo atender a su madre. De la película de Michael Haneke, “Amor”, se distancia
en la suficiente intensidad de las escenas para retratar las causas del acto.
Pero esconde la misma motivación que en el fondo y en la superficie buscan
reivindicar la compasión como una posibilidad salvadora del sufrimiento que
padecen los enfermos terminales. Su asistencia fue un acto de amor y en eso
enfatiza el director conduciendo la obra por senderos éticos que la justicia
colombiana ha debatido en sentencias memorables sobre este asunto de interés
nacional.
Los casos de que trata aquella, no pueden reducirse a una diatriba entre
culpabilidad e inocencia, sino que deben proceder a desentrañar los verdaderos
motivos, a esclarecer los hechos a entender que los sentimientos, las
reflexiones y las decisiones que tomamos tienen más profundidad de la que
pensamos.
De los actores, Julián Román, confirma su calidad como intérprete. Nos regala
a un Carlos Framb atrapado en su laberinto, en la oscuridad de sus sentimientos
ante la realidad que le ha tocado vivir. En su relación con una madre
tradicionalista pero comprensiva de unas nuevas manifestaciones sexuales. En su
vínculo existencial con su amante filósofo hedonista (interpretado por un maravilloso
Cristian Tappan). Con su hermano cualquiera que ha dejado de lado cualquier
matiz, pero al que acepta como parte de su vida. Con esa sobriedad de un
filósofo entregado a los dictámenes de su conciencia, vive su tragedia de la manera
más digna posible. En cada una de las escenas nos muestra a un poeta entregado
a la más noble de las actitudes, padecer la vida que le tocó en suerte y
afrontarla con la máxima de las resistencias posibles entregando toda su energía
a las personas y cosas que lo atan en algo o en todo a este plano. Son varias.
La secuencia fílmica en la cual suministra la morfina a su madre, luego ella se
dispone a escuchar una lectura de “Cien años de soledad” y Carlos apaga su voz
mientras a ella se le apaga la vida y las lágrimas descorren por su rostro,
hablan de la mística en la elaboración de esta obra audiovisual que nos dice
que el cine colombiano también es otra cosa. No una glorificación de la mafia.
“Del otro lado del jardín” no es una película superlativa, pero es una
buena película pare pensar en las posibilidades que ofrece la realidad
colombiana para representar. Las
tragedias o las alegrías que existen en cada uno de nosotros no pueden
invisibilizarse con obras fílmicas que venden estereotipos de personalidad
mostrando imaginarios sociales desvirtuados de lo fáctico. Basta alzar la
mirada pare entender que en Colombia hay tantas narrativas que no han sido
contadas en la imagen.

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