La zona de interés, de Jonathan Glazer


Lejos de las películas que mostraban una realidad compungida, presa de los horrores perpetrados por los nazis en los años de guerra, esta obra fílmica del director inglés Jonathan Glazer, nos acerca a la vida íntima de un hombre, entre muchos hombres, que protagonizaron el exterminio de los judíos en los campos de concentración. Sin sentimentalismos lacrimosos el autor de “La zona de interés” le apuesta a una nueva mirada hiperrealista del genocidio contra el pueblo judío, pero desde la mirada alemana, de un simple alemán con rango, que dejó los apasionamientos atrás para concentrarse en su misión, llevada a cabo con absoluta precisión, como el matemático que calcula una derivada o una integral. Este hombre llamado Rudolf Höss, ostentaba todos los atributos de un héroe de guerra, quien se ganó una cruz de hierro por asumir su deber con el máximo de los encomios. Y así, como supo servir a su patria germana, también asumió la dirección del campo de Auschwitz, el más renombrado de todos los lugares de muerte concebidos por un fanático de marca mayor como Himmler.

Esta película es una adaptación de la novela de Martin Amis, que nos cuenta la historia de un soldado perteneciente al ejército del Fuhrer, en Polonia, donde vive con su esposa e hijos, en medio de la pasividad del campo, en tanto, los horrores del Campo, se ciernen de modo invisible atrás de las paredes que se asoman impertérritas. La maestría del director nos insinúa la tragedia con los fuera de campo, compuestos por balazos sordos, gritos ahogados, lamentos débiles que contrastan con la tranquilidad de las escenas de la casa de Höss. Este, un hombre incoloro, sin luz, siempre conservando las buenas maneras ante los otros, mantiene su asepsia para todas sus actuaciones. Su voz chillona, no parece amenazante. Dentro de la normalidad de su vida, las palabras y las acciones, esgrimen toda la maldad de una máquina de exterminio del Campo de Concentración de Auschwitz. Por ejemplo, una de las escenas muestra cómo el comandante del campo recibe una propuesta de mejorar la efectividad del lugar, albergando más prisioneros y aumentando la capacidad de las cámaras de gas para asesinar masivamente a los judíos.  En otra, cómo transcurre una conversación telefónica en la cual, uno de sus oficiales alaba su gestión al frente del Campo de Concentración. Y efectivamente, luego de la reestructuración de funciones en el ejército, Höss debe abandonar su búnker personal para trasladarse a otro lugar, decisión que luego sería revaluada para que aquel regresara allí en 1944.

Aunque su normalidad es más evidente en las escenas familiares, en donde el militar tiene pequeños rituales al lado de los suyos, en el campo, en los picnics, en el cuidado de los arbustos de lilas que cuida mejor que   a personas que mata sin tener la menor idea de las expresiones en los rostros ante la inminencia del final.

Lo que se ha llamado la solución final para los judíos, era tan sólo un trámite para un oficial leal al ejercito de Alemania. Según los mismos psicólogos que entrevistaron al comandante de ese campo, en Polonia, su personalidad no reflejaba ningún remordimiento por sus actuaciones, debido a que éstas eran producto de su compromiso ineludible con el deber. Y el seguimiento de órdenes en el ejército no era cuestionable. El prestigio social que el oficial logró ante sus compañeros de armas y ante la sociedad alemana, contribuyó a seguir al pie de la letra las determinaciones de sus superiores. Como leyendo una receta de cocina, Rudolf Höss, en el juicio que le hicieron en Nuremberg, confesó que, en Auschwitz, fueron asesinadas 2 500. 000 personas.

Höss es interpretado por el actor alemán Christian Friedel, quien le imprime una voz aguda al comandante, con su morfología rechoncha y juvenil, es capaz de recrear a un hombre normal, quien ascendió en la línea de mando del ejercito alemán, por méritos propios. Sus subalternos y sus jefes lo consideraron una hombre afable y ejemplar, que supo seguir las órdenes de los comandantes de las fuerzas militares de una máquina de guerra infernal. La poca expresividad del rostro y sus ademanes regulares, construyen a un hombre coherente con su puesto, entregado a una causa racista que estaba acendrada en el imaginario del pueblo alemán, tal vez en el curso de la cultura contemporánea que tuvo su escape en el orgullo nacionalista de una Nación derrotada por las potencias europeas en la Primera Guerra Mundial.

Pero la otra cota cimera de la interpretación está a cargo de Sandra Hüller, una de las principales estrellas de la actuación mundial, que ya había saltado a la fama con: “Toni Erdmann” y “Anatomía de una caída”. Su estampa de mujer acomodada, que disfruta de la protección de un oficial de alto rango, la vuelven una cómplice del horror. La sobriedad de su vida se rompe con la amenaza de abandonar su zona de confort. Pero su crueldad raya en lo absurdo cuando con una de sus amigas hablan del hallazgo de un diamante en la pasta dentífrica. Por eso seguiría pidiendo más crema dental, “nunca se sabe”. Ante la comodidad, quizás a nadie le importa cómo se obtienen los medios para lograrla o qué pasa alrededor mientras la vida parezca tener confort.

Con esta película, el director inglés nos lanza un inquietante mensaje que desnuda algunos rasgos soterrados de la naturaleza humana. Los hombres y las mujeres podemos llegar a hacer cosas que se justifican mediante el rigor y el apego al deber. Y los remordimientos no existen o se esfuman cuando los discursos lavan la mente de los individuos al punto de llevarlos a participar en la barbarie.

Comentarios

Entradas más populares de este blog