Eres un hombre bueno


                                               Los asesinos de la luna de Martin Scorsese


El eterno joven de 81 años, nos trae una de las mejores películas de los últimos años. Su trabajo se ha ido purificando, sin aspavientos y con la misma convicción de cineasta que le ha dado una condición de genio fílmico. Martin Scorsese regresa con una obra cinematográfica sólida, a través de una historia conmovedora, impregnada del mismo problema humano al que recurre siempre en cada una de sus creaciones: la naturaleza humana corroborada mediante la traición, la ambición y la bondad.

“Los asesinos de la luna” en español, adaptación del libro del periodista norteamericano David Grann, tiene por título: “Los crímenes en la nación Osage y el nacimiento del FBI”. En ingles se le ha denominado “The Killers of the flower moon”.  Y contó con un equipo de trabajo sobresaliente, conformado entre otros por el guionista Eric Roth que tiene obras en su haber como “Forrest Gump”, “The postman” y “Alí”; el director de fotografía Rodrigo Prieto, responsable de “Amores perros”, “Babel” y “21 gramos”; y el galardonado músico Robbie Robertson, fallecido el pasado mes de agosto, quien compuso las bandas sonoras de “El color del dinero”, “El irlandés” y “La isla siniestra”, del mismo director newyorkino.

Los 207 minutos de metraje, se viven como una experiencia sobrecogedora porque asistimos a una obra de ritmo tranquilo que va progresando sin irrupciones abruptas, con esos giros ocurridos en los momentos justos, llevando al espectador de la mano hasta los instantes de tensión que se van elaborando como una obra de orfebrería en la cual el artesano despliega maestría en su arte. Todo tiene su lugar. Las notas graves del tambor que nos pone en el oído de un modo sutil el señor Robertson, es como un metrónomo para apoderarse de la mente del espectador. Cada personaje cumple una misión bien otorgada por la trama, que se va escenificando de modo maravilloso.  

La historia nos cuenta los sucesos que devinieron en el asesinato sistemático de varios miembros de la comunidad indígena Osage, asentada en un territorio hostil de Oklahoma, pero recompensado por los yacimientos petrolíferos que llenaron de dinero los bolsillos de aquella nación vernácula de los Estados Unidos. Producto de aquel enriquecimiento, la comunidad llevó una vida ostentosa, con autos lujosos para la época, hablamos de los años 20’s y 30’s del siglo anterior, trajes costosos y hasta sirvientes blancos que trabajaron gustosos por salarios inflados. Como consecuencia de esa abundancia económica los hombres racialmente blancos vinieron al territorio y se casaron con las mujeres de los Osage, tal vez haciendo que la cosmovisión de aquellos hombres y mujeres se alterara para siempre.

Quizás el prototipo del vividor haya sido William Hale, un ganadero y propietario de tierras en ese territorio Osage, que se ganó la confianza de los indígenas, a través de la construcción de escuelas, hospitales e infraestructura que mejoró las condiciones de vida de la comunidad. Pero detrás de ese rostro tranquilo y de la compostura siempre recta, se escondió un lobo feroz que, aliado con varios hombres del lugar, se embarcó en una empresa criminal de eliminación sistemática de los indígenas para quedarse ilegalmente con posesiones de aquellos. En ese empeño de ambición y delito, sus sobrinos lo secundaron para lograr semejante propósito. Allí entra el exsoldado Ernest Burkhart que había participado en la primera guerra mundial. Este hombre se casa con una nativa de la nación Osage, Mollie Burkhart, quien se enamoró profundamente de aquel y le entregó todo. Los sentimientos de Ernest por su familia eran sinceros, pero la influencia de su tío William, fue muy fuerte. Desde esta perspectiva, Scorsese nos diseña un personaje ambivalente, que ha arriesgado su vida por el país, y que ha desarrollado un amor sincero por sus hijos y esposa, pero que al mismo tiempo ha sucumbido a la ambición, por medio de la presión manipuladora de su tío. Y estos delitos no podían pasar desapercibidos para el encandilado Edgar Hoover, que, con su talante purificacionista, envío varios agentes a investigar aquellos eventos. El agente Tom White, con una frialdad increíble y con un encomio tranquilo, se encargó de ir descifrando cada uno de los asesinatos. Y es él también quien impidió la muerte por envenenamiento de Mollie que su marido, lentamente le iba aplicando durante varios días.

Scorsese enrostra la maldad en su expresión más racional y asimismo ofrece el antídoto racionalizado por el sistema. Por lo que, ese pesimismo en la condición humana queda conjurada con el actuar de la justicia. Desde ese punto de vista el director norteamericano es un gran diagnosticador de la cultura contemporánea y que sabe mostrar en sus filmes.

El reparto funciona a las mil maravillas. Tantos años de trabajo juntos, han hecho de este trío de artistas el mejor en el cine. Scorsese sólo se ha encargado de delegar funciones, porque DiCaprio como Ernest y De Niro como William, nos regalan dos actuaciones magníficas que apenas se sienten por la perfecta construcción de una trama sólida, puesta en escena de modo genial. De la sobriedad del primero y la inestabilidad emocional del segundo, se van desprendiendo miradas, gestos, movimientos, palabras que concuerdan con la supraactriz que domina la película, que es la maldad humana. Y el trabajo actoral de Lily Gladstone se apodera de gran parte de la película con esa tranquilidad propia de quien ha decidido casarse con un hombre blanco, quien ha visto las estrellas y ha conversado con los animales. Esa intensidad de las miradas tranquilas envuelve la mirada del espectador. Y el desempeño actoral de Jesse Plemons, como siempre, convence como un actor serio, convencido de su calidad como intérprete, que nos hace recuperar un poco la confianza en la justicia.

“Los asesinos de la luna” nos adentra en las debilidades del hombre como hombre. Por eso es una apuesta bien construida sobre los sentimientos, sobre el carácter. La cultura, parece decirnos Scorsese, sólo direcciona ciertos hábitos humanos. La cultura se forja, a nuestra imagen y semejanza. Podemos entenderla en cada una de las palabras de los personajes, cada diálogo es un reflejo de los sentimientos. Como en las conversaciones que sostienen William y Ernest, o en los de Ernest y Mollie. Hay ciertos episodios en los que el poder de las palabras borra de un plumazo cualquier esbozo de tino. Las justificaciones racionalmente bien elaboradas, hacen desaparecer los buenos sentimientos, gracias a la ambición. Esta película ofrece retratos psicológicos en situación, que son la némesis más acertada de la vida como si el cine se hubiera fusionado definitivamente con la realidad.

 

Comentarios

Entradas más populares de este blog