Sonidos de libertad

Sonidos de libertad de Alejandro Gómez Monteverde


El director mexicano, Alejandro Gómez Monteverde dirige esta obra fílmica que trata sobre el tráfico de personas, en donde los niños son las principales víctimas de delincuentes que se lucran económicamente de un negocio billonario que ha dejado un número de hogares destruidos a lo largo del mundo. El agente estadounidense de nombre Tim Ballard, arriesgó su integridad física y emocional por desmantelar una red de pedofilia latinoamericana, cuyos focos se centran en Honduras y Colombia para robar y vender niños y niñas que complacerían las filias de los pedófilos norteamericanos puesto que Estados Unidos es el principal demandante de este tipo de actos criminales que atentan contra la vida, la dignidad y la integridad, no sólo de los infantes sino de todo el planeta. El director expone el drama de este hombre, lleno de odio, pero también de amor por la vida, que se internó en las paradisiacas playas de Cartagena, así como en una selva remota en las profundidades del departamento de Nariño.

Si todo lo que muestra la película, es cierto, Tim Ballard sería el superhéroe moderno más infravalorado de la historia. Sus travesías junglares evidencian la estupidez de las guerrillas colombianas que se dejan engañar con trucos poco creíbles de un par de galenos que llegan con vacunas a lugares remotos como una misión médica y extraen a una niña del campamento y sin disparar un solo tiro, la sacan de ese lugar, luego de lo cual se la entregan a su padre.

“Los sonidos de libertad” es una denuncia sobre uno de los crímenes más notorios y repudiados por cualquier sociedad. Si bien, sus pretensiones no son el análisis ni la exploración de los detalles que nos explican cómo es el proceso de tráfico de personas en este contexto, ni los procedimientos de orden económico que financian este negocio ilegal, nos acerca al clima emocional que subyace en los contextos personales de quienes son deudores del dolor y les importa lo que sucede con los niños y niñas que son vulnerados en su dignidad como objetos intercambiables, mientras el mundo no mueve un dedo con el fin de parar este drama. Como las principales víctimas son provenientes de países pobre y olvidados del orbe mundial, los dueños de la tierra, que son las grandes potencias económicas sólo fabricarán una pequeña mueca de dolor, pero todo seguirá de la misma manera. Este cine de denuncia sigue practicando los mismos tips que venden a las películas cuyos contextos sociales, como los nuestros, llaman la atención de los espectadores mundiales.  Los mismos lugares turísticos como Cartagena de Indias, con sus playas exóticas, sus luces y sus habitantes alegres que caracterizan esa ciudad turística colombiana, las mismas selvas impenetrables habitadas por grupos delincuenciales que se han atrincherado allí contra el Estado, los mismos actores mal encarados que parecen más habitantes de calle que personas que decidieron alzarse contra las autoridades oficiales de un país que continúa en guerra, no solamente entre ejércitos regulares y ejércitos subversivos, sino entre la misma población que debe ganarse el sustento como mejor pueda, los mismos gringos que hablan un español forzado  con sus pintas occidentalizadas, vienen a salvar a la humanidad de la barbarie, que es la que reproducimos en cantidades alarmantes por aquí, mientras los pedófilos gringos andan sueltos, sentados en un sillón reclinable, mientras observan con morbo a los niños que les traen de estas latitudes para complacer sus perversiones modernas.

En suma, esta obra cinematográfica es un producto comercial que vende un conjunto de imágenes que tiene como su mercancía VIP un material exótico como cuando uno va a Cuba y lo primero que compra son los puros y el ron de la Habana, porque la publicidad, lo ha recalcado hasta la saciedad.

No obstante, tiene razón en todo. Esta obra cinematográfica, sin saberlo, o sabiéndolo demasiado, retrata una realidad social tan devastada por las inequidades sociales que existen en todas las provincias nacionales. Se muestra el conflicto político del país de modo lateral, así como los personajes que funcionan a modo de eslabones del crimen en esta gorda cadena del tráfico de personas, que, las autoridades policiales, fiscales y de control no han atacado lo suficiente para lograr desmantelar este negocio ilegal. Sabe también que la autoconciencia de los seres humanos es el arma más sofisticada para contrarrestar la explotación infantil. El agente Ballard tiene una familia numerosa y está compuesta, por niños y niñas en su mayoría. Por lo tanto, el mensaje de la película es que esos niños explotados pudieran tranquilamente ser nuestros propios hijos.

Por lo demás, la película tiene ritmo. Construye una trama bien elaborada desde el punto de vista del contenido y desde la forma lleva las imágenes bien encadenadas, sin apresuramientos. Las actuaciones son deficientes en los niños. Ellos están al servicio de la conmiseración y no de las buenas actuaciones, pero eso es lo que busca el director: que nos congraciemos con semejante tragedia mundial. Los actores colombianos que participan en esta película son caricaturas de malandros que persiguen el dinero y la infamia. Ninguno de sus gestos ni de sus miradas, ni de sus movimientos parecen auténticos. Se hubieran podido intercambiar por cualquier mafiosito y obtendrían la burla de éstos.

Esta obra, se ha convertido en un prodigio de taquilla mundial, cuyo presupuesto de realización puede calificarse de irrisorio. Con esto, podemos sospechar que el cine sigue siendo el principal medio de conocimiento masivo de los problemas sociales, sin que el análisis medie. Eso en si mismo ya es un logro importante.

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