Subir el candelabro
Jorge Abel Carmona Morales
“Beau tiene miedo” es una de esas películas que conmueven sin más. Su
delicada textura está tejida para quienes amamos el cine, para cientos de miles
de espectadores en el mundo entero que nos vemos retratados en aquellas
imágenes que nos reflejan y no dejan espacio para pensar demasiado o dejándolo,
ese manojo de pensamientos acumulados a fuerza de vivir, se convierten en
sensaciones que pueden llegar a trastornar nuestra cotidianeidad. Su director,
es un joven artista de 37 años que ha llegado a la escena cinematográfica para
quedarse. Ari Aster nos ha dejado una obra fílmica sobresaliente, hecha sólo
para Joaquín Phoenix, uno de los actores más expresivos de esta generación de
buenos actores, y con ella, ha plasmado su talento histriónico para la
posteridad.
Beau es un hombre de 42 años, una personita de 10, un anciano de 75. Es la
evolución de un ser humano que se construye todos los días, dejando en cada
momento una estela de sufrimientos cuyos orígenes se pueden encontrar sólo en
la historia de vida que ha padecido, sin derecho a la legítima defensa. Y es
que su vida es una telaraña de acontecimientos relacionales, entramadas por las
distintas personas que pasaron por su vida y su potencia, no ha terminado de
extinguirse a pesar del anhelo ferviente de aquel hombre por zafarse del dolor.
Y aunque pareciera que estamos frente a una parodia, el director nos deja clara
la impronta trágica de Beau, por sus afecciones, y de los otros, su madre, su
esposa, sus hijos, su padre, que se atrevieron a infligirle semejantes heridas.
Todos ellos, llevan en el lomo, el remordimiento de tener un vínculo con él, de
tener que romperle el alma, como si el destino les hubiera puesto tamaña
fatalidad.
La madre es una fábrica de reproches, cobra sus afectos hacia él con
palabras insultantes que remueven los odios, las alegrías contenidas, los
oprobios hacia su hijo, llevando dentro de sí una carga de obligaciones a un
hombre que no tiene más sentimientos que su propio desgarramiento, sin treguas,
sin ocasiones para reconciliaciones o manifestaciones de afecto entre ambos. Su
rostro se muestra con más énfasis en la última parte de esta película de casi 3 horas de duración. Su fantasma o su
proyección onírica, aparece como un monstruo que se infiltra en el mundo
anímico de Beau, quien toma pastillas prescritas por un psiquiatra que también
se muestra parte de esta confabulación. Su esquizofrenia, el director se
esfuerza por dejarla clara, es causante de este mar de sensaciones por las que
atraviesa el personaje. Pero esto no es tan importante como las circunstancias
que determinan o que condicionan el estado mental de Beau. El autor de esta
obra, usa las pastillas como una excusa, para darle un halo de bipolaridad a la
historia, pero su principal propósito es ofrecer salidas razonables a las
alucinaciones de modo que es irremediable para los espectadores ponerse de
parte del personaje. Su madre, es una máquina de fustigaciones, su maltrato
psicológico hacia su hijo es un modelo del papel que todas las mujeres
representan para los hombres y mujeres que llevamos la carga de no saber si
hemos logrado pasar esas etapas iniciales con éxito, de nuestros lazos
obligatorios con los padres.
El padre es un hombre ausente, su figura permanece en la memoria de Beau,
sin conectarse demasiado con ese recuerdo. Y él como padre, es una víctima de
las circunstancias. Las hermosas imágenes animadas que nos cuentan la historia
de un hombre viejo que ha sido presa de la ley, embellecen esta obra. Es una
pequeña película dentro de esta maravillosa construcción de una obra de teatro
que se va bifurcando cada vez. Las confusiones repetitivitas de realidad y
ficción, hacen parte de nuestra capacidad humana de recrear, de crear guiones
dentro de nuestra cabeza. Fabulamos lo que sentimos y nos armamos una carpa de
sueños que nos permite lidiar con la realidad.
Su esposa dentro de esta pequeña historia, es un personaje secundario pero
trascendental. Cuida con denuedo a los hijos de Beau, pero conserva el recuerdo
de un hombre que se ha marchado. El director, es condescendiente con los deseos
del personaje de liberarse. Él es un sobreviviente de los demonios que lo
devoran. Su mente es el infierno que desata los males más atroces que va generando
su mundo inconsciente.
“Beau tiene miedo” presenta partes bien definidas que se van hilvanando
progresivamente con el más mínimo detalle de elaboración. La primera,
corresponde a la presentación de personajes y de circunstancias generales que
definen de una vez el marco general de la obra: Beau tranquilo, Beau tomando
pastillas, Beau alucinando, Beau evitando a medias a su madre, Beau haciéndose
daño. La segunda, muestra el proceso de tratamiento de Beau, el afecto y el
odio de una familia que lo acogen para obtener una recuperación en él. La
tercera, el drama personal de un padre que ha sido juzgado por la ley de modo
injusto, su posterior redención después de tanto padecimiento, similar a
cualquier mito de pecado y perdón que esgrimen las religiones. La cuarta,
confronta madre e hijo, hijo y madre, con reproches de parte de ella mientras
que Beau intenta defenderse de sus negaciones o de sus faltas. Esa hermosa casa
de lúgubre aspecto, se esfuerza por inculpar a este hombre que hace el amor en
la cama tibia de su madre recién muerta, decapitada por un candelabro que le
cae encima. La última, es el juicio y la condena en el coliseo inframundano que
recorre Beau desde un río infernal hasta el tribunal de fiscales y jueces que
terminan ajustando cuentas con él.
Con “Beau tiene miedo” Ari Aster, nos brinda un aporte visual de enormes
proporciones para comprender un poco más la recreación de monstruos que genera
nuestra mente. Mediante situaciones cómicas, la tragedia de Beau nos toca y nos
hace reflexionar sobre nosotros mismos.

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