Yo soy el grito
Los personajes de las pinturas de Edvard Munch parecen fantasmas, quizás
como su propia vida, enajenada, que fue destrozada por un ave rapaz que le
carcomía el alma, así como la describe el propio artista a su psiquiatra, en un
intento banal de encontrarse. Y esa alma es un lugar tirado por dos pájaros
volando en direcciones opuestas que jamás se atrevieron a pisar tierra firme
por temor a matar la esperanza de ahuyentar la pena de estar vivo, de no hallar
en la pintura un poco de felicidad.
El director Henrik Martin Dahlsbakken nos presenta una obra cinematográfica
polimorfa, con cuatro matices que hablan, o que describen las experiencias vitales
de un pintor desgarrado que, desde su natal Noruega, parte hacia un viaje por
el sufrimiento, a través de cuatro personajes que se van armando paulatinamente
y configuran la personalidad de un mismo hombre extrañado de sí mismo, que sólo
pudo encontrar algo de calma en la pintura. Esta película no busca describir
linealmente los distintos momentos de la vida de Munch, sino componer un cuadro
de su alma, atormentada e igualmente incomprendida en medio de un círculo de
críticos apocados y faltos de visión para entender las dinámicas que ese
artista estaba proponiendo y que conformaron el arte iniciático del siglo XX. El
pintor intentó llenar sus obras de contenido experiencial, pero sus fuerzas
internas deformaron esa realidad objetiva con la cual no pudo enfrentarse
exitosamente, sino que lo aporrearon contra las paredes de situaciones inmanejables
para un espíritu tan sensible. Y con todo eso, su obra corre el velo de las
nuevas sensibilidades culturales que venían con el cambio de paradigma
estético.
Podría parecer desordenada la narración que nos presenta el director, su
pretensión tal vez consista en proponernos una obra fílmica semejante a la
elaboración de una obra pictórica; tal vez como la vida del artista que tuvo
las experiencias más tenebrosas en sus sueños, por encima de sus infortunios
amorosos. En sus cuatro recuadros se muestra al artista en una década diferente
de su vida, todos ellos interpretados por actores distintos: Alfred Ekker
Strande a los 21, Mattis Herman Nyquist a los 30, Ola Furuseth a los 45 y, la
actriz Anne Krisvol a sus 80. No obstante, los cuatro personajes tienen al
dolor como su principio rector, no buscado pero necesario para que el arte de
este hombre brotara como las plantas en el suelo fértil de una época abrupta en
la evolución de la humanidad. El color de las imágenes a sus veinte, carga con
un edulcorado sabor de boca que le brinda el primer amor, pero también le trae
la aparición encarnada de la pena, en el cuerpo de una mujer casada, es un
Munch candoroso que siente un impulso creador que se aparece en una serie de
visiones que lo desbordan: su padre sobreprotector, su madre sumisa y
comprensiva al mismo tiempo, su efímera amada, el fuego juvenil que arde en su
interior como una llama intempestiva que habrá de permanecer por siempre. El
rechazo de sus obras por parte de una galería y los críticos contemporáneos que
lo expulsan de las salas de exhibiciones, a los treinta; caprichos artísticos que
lo reafirman como creador, en medio de los adelantos tecnológicos del siglo XXI
y los devaneos de jóvenes intelectuales sin norte y con verborrea lo conducen al
trabajo y a un encierro cada vez más lacerante. La explosión de las emociones y
la autodestrucción de un pintor ya consagrado, a sus cuarenta, que replantea su
camino con la ayuda de un terapeuta comprensivo al que le agradece su
autoexamen, sus pequeñas reconciliaciones entre dilaciones de carácter que lo
hacen aceptar el dolor que utiliza para inspirarse y confeccionar un nuevo
cuadro. Y la seguridad de no aceptar nada que no conduzca a la autosatisfacción
de artista consagrado a los ochenta; la certeza de no concederle a los nazis un
interludio de aceptación, por el veto que en el pasado ejercieron sobre su obra;
los achaques de viejo que valora los pocos amigos y amigas que tiene, pero sin espacio
para compañías insulsas ni comentarios inocuos que pudieran ensuciar sus
últimos años de vida.
“Munch” funciona como perspectiva propia, como propuesta de un artista fílmico
inspirado en las experiencias de un pintor que revolucionó el arte actual e
inauguró las vanguardias estéticas. Quizás los cuatro relieves que crea luzcan
desiguales, sus construcciones visuales no alcanzan a cuajar en una película
sólida, pero su esfuerzo por mostrar a un hombre desbordado, presa de sus
miedos, de sus odios de los extractos de sus pequeñas alegrías, funciona. Su
pintura se encuentra en el lugar de privilegio de la obra, el dolor que
experimentó como su condición de vida fue utilizado por el pintor como su mejor
insumo; los tintes y los pinceles siempre estuvieron al servicio de su alma
encandilada pero atenta, segura de tomar lo necesario para componer esas obras
majestuosas que le regaló a la humanidad. La felicidad no existió para él, pero
sí le entregó a la realidad un medio sobre el que pudo expresarse.
La película debe valorarse en si misma, al margen de las biografías
escritas o de los testimonios que sobre el artista se tengan. El cuerpo de
ella, está en la mente del cineasta que ha vertido su punto de vista, inspirado
en las huellas que las imágenes, las imaginaciones y la creación libre dejaron
en él.

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