Confesiones de un director azteca
Daniel Jiménez Cacho es una marca de calidad garantizada dentro del campo interpretativo
del cine latinoamericano. Su impronta como actor ha alcanzado un renombre tal
que varios de los mejores directores de esta porción del planeta, lo han incluido
en sus creaciones cinematográficas. Ahora, junto al oscarizado, Alejandro
González Iñárritu, nos traen una película salida del universo personal del
cineasta mexicano y cuyo nombre, “Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades”,
parece una diatriba expuesta en forma de soliloquio por parte de un personaje
tan singular como el título que lleva.
La obra combina partes de una historia real de un documentalista que
proviene de las huestes del periodismo, con los miedos y las obsesiones que
éste sufre en su interior como consecuencia de la condición de exiliado, no
sabemos de qué, si de su nación azteca que impreca a diario o de su estatus de
inmigrante en el país de los Yankees. Silverio Gacho está a punto de recibir un
premio importante de periodismo otorgado por los estadounidenses, pero algunas
taras de autoconciencia le impelen a no recibirlo. En ese dilema aparecen
apartes de su vida personal, desde los encuentros con su madre abrumada por el Alzheimer
que percibe aún sus ansias de divertirse en una juventud ida por las
obligaciones del matrimonio junto a un hombre parco que le tocó en suerte como
su marido, hasta la relación distante con su hijo que se “americanizó” y
detesta lo que el país de sus ancestros suscita, al lado de la gran potencia en
la que ha pasado gran parte de su vida.
El periodista documentalista, es concebido como un hombre que le ha
aportado a su país desde el arte, con una crítica mordaz que lleva en sí unos
visos de crítica social, abogando por los más desprotegidos, especialmente por
aquellos inmigrantes que deciden aventurarse por los desiertos del norte
mexicano para recorrer el peligro infundido por las autoridades policiales de
su vecino país. En esa insistencia por exaltar las desventuras de sus compatriotas,
subsiste el remordimiento de haber hecho lo mismo. Sus compañeros de profesión,
se lo recalcan de modo sarcástico, pero en la conciencia de Silverio, esas
palabras trepidan todo el tiempo. Algunas escenas son típicas de esa propensión,
como la del aeropuerto cuando un guarda le recalca que no puede asegurar que los
Estados Unidos es su patria debido a la clase de pasaporte que tiene. Exigir
una disculpa por ese atropello parece contradecir su despotricar constante de
lo que la cultura norteamericana le ha legado a él y a su familia.
Sobre ese marcado tono realista, subyacen escenas de tipo onírico que le dan
a la película un tono nostálgico, como la contemplación retrospectiva de un hombre
maduro que ha construido una vida sobre cimientos que ahora, al caer de la
madurez, le parecen frágiles. La enorme pirámide que es construida con los
cadáveres de indígenas aztecas, se asemeja a una barbarie personal que, dentro
de sí, aún corre la sangre de aquellos, mientras Hernán Cortez se auto elogia,
por la presunta vinculación de dos mundos desiguales, con una cantidad de
presagios trágicos para el futuro del continente. En este punto, el director
mexicano pinta su telón con un blanco y negro que enluta la vida del periodista,
pero también la de todo el país. Ese delirio personal es un estar solo, un
tener a todo el mundo alrededor sin estar en ningún lado. Las calles de México
son parajes apocalípticos donde la gente cae muerta sobre el asfalto. Pero lo
que realmente muere es el optimismo de haber hecho lo correcto. El intelectual entusiasmado
con sus deseos de salvar a su país con las críticas mordaces lanzadas en sus documentales,
ahora, luego de los años, parece haberse dado cuenta de que sus esfuerzos han
sido en vano.
El dolor de Silverio y de toda su familia, por la muerte temprana de su
primer hijo, ha dejado una huella imperecedera en cada uno de ellos. Las imágenes
del bebé saliendo del vientre de su madre y luego regresando a éste parecen
simbolizar la existencia que pudo ser y no fue. Un extenso cordón umbilical
recorre los corredores del hospital donde los padres caminan hacia su vida
cotidiana. Dichas imágenes hilarantes solo se pueden leer a la luz de los
sueños o de los delirios de un mexicano nostálgico que recuerda a sus seres
queridos y a quienes cuida por pura inercia de padre pero que en el fondo
piensa como su querida hija, cuya insistencia en regresar a México, le parece
molesta.
Esta comedia tiene un sabor amargo para el protagonista. Pero también parece
tener el propósito de ajustar cuentas con el pasado por parte del director,
quien ha decidido elaborar esta película tan personal. Pero esa fusión entre
las obsesiones propias y las de un país, que parece tener un nombre gracias a
su vecino del norte, también es una voz que suena en los desiertos limítrofes
por donde pasan miles de inmigrantes en busca de una nueva vida. Pero las
migajas no alcanzan para todos, debido a la desigualdad económica que existe en
América.
La película, es una obra de mediano público que puede convertirse en un
referente cinematográfico para repensar eso que algunos llaman identidad
americana. Alejandro González Iñárritu, se confiesa como hombre de cine con
sentido social, que nace desde sus entrañas para ofrecer una reflexión
impregnada de sensaciones audiovisuales.

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