No dejes de mirarme
Tres películas tan sólo han
logrado conmover el impulso creador de este director de cine alemán llamado
Florian Henckel von Donnersmarck, que luego de “La vida de los otros”, se
refugió en un profundo silencio, con el cual muchos no estuvieron conformes
porque sabían de su enorme talento. Pero cada obra que hace, cada personaje
creado o regodeado con las herramientas propias de un constructor de tramas
sólidas, conmueve por su excelsa calidad.
Ahora, decide representar, muy a
su manera, algunos aspectos biográficos del pintor alemán Gerhard Richter,
nacido en el año 1932 en Dresde, aquella ciudad bombardeada por los aliados de
modo inútil, dejando detrás una estela de recuerdos dolorosos para quienes
nacieron allí. La hermosa tía Elizabeth, ha tomado conciencia clara de ello
cuando le hace notar a su pequeño sobrino, sobre la belleza de ese lugar. El
artista plástico, que debió huír de la RDA para ponerse a salvo de algunos
desmanes propalados por las autoridades comunistas, se convierte en un gran
vocero de quienes optaron por un oficio poco popular, pero muy perseguido,
quizás, por su poderosa capacidad de interiorización de valores, que, por ser
interpretado políticamente, también cegó la vida y acabó con la tranquilidad de
decenas de artistas. Richter vivió la supremacía del discurso nazi acompasado
por imágenes grandilocuentes que constituyeron la maquinaria publicitaria del
partido, cuando en Alemania se respiraban esos vientos nacionalistas que
finalmente devinieron en segregación. Su estadía en Dresde, según la película,
está almibarada por el candor de aquella rubia de ojos azules que le enseña a
su sobrino la apreciación de la belleza que sale del alma y no puede ser negada
por ningún Régimen político. La elegancia del director en esas primeras escenas
conduce al espectador a admirar la inocencia descubridora del niño y la pasión
enquistada en la mente irremediablemente enfermiza de una mujer entregada a la
admiración de lo bello que hay en el mundo, especialmente del arte como
sustancia necesariamente humana. En este primer periodo de la vida del pintor
nacen las inquietudes espirituales que el arte le muestra. En el segundo, la
sumisión y el anclaje del alma a parámetros estéticos que su genio le impide
realizar a gusto, son una crítica al arte socialista, hecho para las masas que lamentablemente
son tratadas como borregos. Los murales que pintó para el Régimen, luego fueron
borrados de un plumazo como si nunca hubieran existido. La aparente traición al
arte verdadero según los camaradas soviéticos de Alemania del Este, en realidad
fue un momento de liberación para el pintor, que veía en los moldes etarios, un
límite ridículo para el vuelo de su alma de artista. Y en el tercero, el pintor
vuelve a la vida, no sólo por la búsqueda de un estilo que siempre tuvo claro
pero que sus taras sociales le impidieron ver con claridad. La caza de una idea
es una labor dispendiosa que no tiene buenos resultados sino se descubre
producto de una chispa misteriosa: El momento sublime, tal como lo había visto
justo antes de que su tía Elizabeth se entregara a la locura. El director,
señala ese momento mágico como un detonante, un encuentro con algo interior. El
artista es un eterno hacedor de cosas que la mayoría de los simples mortales no
entienden y que juzgan muy duramente.
En este tercer periodo de la vida de Richter
aparecen nuevos personajes trascendentales para redefinir el arte del pintor y,
otros, parecen como fantasmas. A la tía Elizabeth siempre la tuvo como una
sombra en el inconsciente del hombre adulto que vio asesinada una imagen que lo
persiguió hasta su exorcismo a través de un encuentro consigo mismo, con su
propio estilo. Su suegro Carl Seeband, un hombre brillante, con un fuerte
sentido del deber, despertado o potenciado por el nacionalismo nazi, siempre
estuvo presente, desde antes de conocerlo formalmente, en las oscuridades de su
mundo. El profesor, el médico, el padre de su esposa, fue uno de los
responsables del programa de eugenesia propiciado por los médicos del Führer y
también el responsable de que el manto de una nostalgia inexplicable siguiera
determinando sus ansiedades de artista. Entre Kurt, el artista, y Carl, el
hombre de ciencia el abismo sigue ahondando las distancias construidas por el ser
humano. Sin embargo, también irremediablemente, tienen asiento el uno al lado
del otro, como si los extremos para serlo, debieran tocarse. En ese universo de apariciones vitales, la
figura del profesor de la academia de Duseldorf también constituye una nueva
experiencia, un punto significativo de remoción sentimental para construir otra
cosa. El maestro de la academia decide romper con sus cánones de conducta para
arriesgarse por este muchacho. Sus experiencias traumáticas de piloto en la
Segunda Guerra Mundial, emocionalmente, se asemejan a esta alma deprimida,
vacía de algo, desarraigada y carente de un piso firme para asentar las ganas
de pintar.
Las tres horas de duración son
una sumatoria de pequeñas historias que contienen universos a explorar. La
sugerencia es más grande que la explicitud. Pero lo mostrado en esta película
habla de una propuesta que encumbra el arte por encima del artista hasta el
punto de que lo hecho, así fue, por la habilidad excepcional con que cuenta el
artista.
El arte no puede desligarse de
las experiencias porque son precisamente ellas las que edifican la vida. No hay
arte sin vida, pero la vida es como una gran obra de arte que vamos construyendo
cotidianamente en la medida que ella construye a la humanidad creadora.

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