Una vida oculta
El décimo largometraje de
Terrence Malick muestra el drama existencial de un objetor de conciencia de
nombre Franz Jägerstätter, tras el inicio de La Segunda Guerra Mundial,
específicamente focalizado en Austria, país que decide realizar un referendo
sobre su anexión o no a la Alemania nazi.
El espacio geográfico ronda los
climas psicológicos de los personajes, entre los cuales destaca la esposa de
Franz, quien debe luchar sola para obtener la subsistencia de sus tres hijas menores
de edad. Las hermosas praderas en una colina empinada se cubren de lluvia o se
engalanan de sol con los días estivales que parecen recordar los pasos de sus
habitantes. Malick, se asegura de que la opresión de ciertos lugares refleje
los estados de ánimo de sus protagonistas, los cuales corren por los suelos
rurales, con vacas arando la tierra para preparar la siembra, cuyos frutos
permiten las reuniones de los campesinos que están convencidos de la bondad que
el nazismo puede brindar a esa Nación aislada del mundo, pero fiel a los
principios germanos. El tiempo, por su parte se entrevé en los acontecimientos
que el director va hilvanando de manera paulatina pero que rompe con algunas
escenas torturantes. Esa narración simultánea muestra cómo los esposos sufren
por igual pero las convicciones y las creencias de estos católicos son loables incluso
si se muere por ellas. El director se pone de parte de los personajes oprimidos
por los militares que llegan a la aldea para pedir dinero con el fin de financiar
una guerra abstracta, mientras las condiciones de los campesinos no son buenas.
La devoción, la resistencia del cuerpo, la fe de Franz, son motores de vida. Franziska,
la esposa denodada, está dispuesta a respaldar cualquier decisión que su marido
tome, no obstante, los vejámenes que los hombres del tercer Reich, infligen en
la prisión. Los dos escenarios, la aldea y la prisión son pequeños universos de
emociones que generan rabias, odios, pequeñas alegrías o semillas de esperanzas
que los acontecimientos van dejando. El director encadena cada hecho por medio
de esas imágenes poéticas de gran exuberancia. En la cárcel algunos presos han
decidido aislarse de la realidad, al parecer Franz no quiere escapar sino mirar
la realidad de frente, con el sufrimiento de cara porque está convencido de lo
que cree. Su testigo es Dios. El amigo de antaño que encuentra hace su estancia
allí menos grave. En aquel sitio todo es escueto, y la cámara sigue recorriendo
los pasillos de aquella jaula de varios pisos en donde se escuchan las voces de
los presos. En la pradera, la música melancólica de James Newton Howard entorna
el ambiente de libertad que ofrece el campo. Cada escena es el inicio o la continuación
de una caminata armónica. Sólo los rostros de los personajes en planos de leves
contrapicados, acercan el espectador a los personajes que hacen confesiones.
Para tal fin, Malick, compone esta obra, mediante declaraciones inscritas en
cartas que se van leyendo mediante una voz en off. Por eso las frases
filosóficas afloran como personajes omnipotentes que orientan las concepciones
de esta película del año 2019.
Preguntas como ¿hasta dónde puede
llegar la voluntad de un hombre? O ¿si vale la pena hacer un sacrificio tan
grande, como la muerte por una convicción que nadie recordará? Estas
complementan el epígrafe final de esta obra con las ideas de la escritora
George Eliot. La recreación existencial de estos personajes es funcional a las
ideas que exploran las ansiedades humanas. La fe es un motivo para seguir
viviendo. Pero las instituciones eclesiásticas también fueron cómplices de los
desafueros que la política aplicaron contra miles de personas inocentes y al
margen de cualquier responsabilidad en esta guerra miserable que exacerbó ese
germanismo de una nación minúscula, casi ignorada por el resto de Europa.
Al igual que “La delgada línea
roja”, Malick compone en “Una vida oculta” una serie de ideas en movimiento sobre
el papel que tiene la guerra en la degradación del hombre. Pero esas
reflexiones dinámicas se aproximan aún más a las motivaciones del hombre para posicionarse
dentro de un cuerpo social que invisibiliza a los individuos mediante las decisiones
políticas que hacen aflorar sentimientos loables, pero también actitudes
reprochables que oscurecen la esperanza. Por eso Malick, decide que la imagen
exprese la libertad del espíritu que se desliza como una bailarina por los
paisajes que la naturaleza le brinda. Al tiempo hay una comunión, un enlace con
los fenómenos naturales como el viento o las lluvias que fluyen por la tierra
como fluye la vida del hombre por una cultura malsana que a veces exalta la
bondad humana.
Asistimos nuevamente a una obra
fílmica con unos tintes identitarios. Ya sabemos que Terrence Malick es una marca
de identidad en donde se apuesta por una comprensión del alma de los hombres y
mujeres independientemente del contexto y del espacio temporal. Las ansiedades
que se observan en “Una vida oculta” se clavan en la fe. Es una exploración
poética sobre la voluntad que las personas van cultivando a pesar de las
adversidades. Las vidas de ciertos seres que no han sido registrados por la
historia oficial se van sumando a la coherencia ética mediante las pequeñas actuaciones
que impactan en los microespacios usualmente ignorados por muchos Estados.
Esta película no es la mejor obra
del genio estadounidense, pero es una obra con personalidad propia de la cual
surgen sentimientos y reflexiones sobre el ser humano a través de la imagen.

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