Silencio
de Martin Scorsese
Lejos de los
publicitados thrillers de la mafia, esta película cumple un viejo sueño de uno
de los directores más originales, creativos y sinceros que ha dado el cine de
los últimos 50 años. Su tema roza varios
aspectos que sin duda han estado presentes en la vida de Martin Scorsese y que
han sido combinados de uno u otro modo en sus distintos trabajos
cinematográficos, bien sea como apuestas religiosas, versiones históricas sobre
mitos fundacionales, leyendas del delito que han vendido su alma al diablo por
el dinero, héroes caídos en desgracia por sus malas decisiones ante los
tormentos de la existencia, etc., Pero
este drama religioso combina varias de las más acendradas obsesiones del autor
que ha visto en la religión una manera de exponer sus pensamientos e ideas a través de las hermosas imágenes logradas por un magnífico Rodrigo Prieto,
siempre tan recursivo con su trabajo: El miedo ante las incertidumbres que
ofrece la vida, el temor de Dios y la posibilidad de traspasar los límites
morales autoimpuestos por una conciencia apenada ante las seducciones de la
humanidad, el dolor que implica el conocimiento de la inexistencia de un ser
superior que brinde refugio, la incomprensión de los hombres y las mujeres por las
reacciones de un individuo atribulado por el mundo. La profunda fe en algo o en
alguien que se ha manifestado todo el tiempo para brindar las certezas más
terribles al destino de un único hombre que ha sentido el desgarramiento por
dentro y expresa en sus actividades consuetudinarias sin inmutarse o
inmutándose demasiado.
“Silencio” del
año 2016, es una obra majestuosa, con una que otra imperfección, pero la suma
de todas sus cualidades temático visuales, es una gran sinfonía de recursos fílmico
filosóficos que conmueven al espectador atento, aquel que no lleva afanes ante
la vida para poderla analizar detenidamente.
Dos sacerdotes
católicos piden permiso a su superior en Europa para ir en busca de un padre
icónico de apellido Ferreira que, habiendo partido de su natal Portugal, se
intrinca por las montañas de Japón durante varias décadas con el fin de evangelizar
a la población durante el siglo XVII. Rodrigues y Garupe deben vivir las
circunstancias más atroces que un ser humano puede vivir en esos parajes
inhóspitos y sobre todo, soportar los vejámenes de las autoridades políticas y
religiosas de los japoneses que ven en el catolicismo un peligro para la
sociedad.
La labor de
Ferreira, interpretado por un siempre correcto Liam Neeson, ha dado frutos
duraderos para una población campesina olvidada por sus mismos gobernantes que conciben
el budismo como la única entidad espiritual capaz de florecer en un territorio
donde sus habitantes son personas de atavismos arraigados que están adheridos a
la tierra como una extensión de su cuerpo donde la excesiva espiritualidad de
aquella no ofrece nada bueno a quienes han servido por tantos años a ese país
oriental. Después de muchos años en Japón hay una comunidad de 300. 000
creyentes que deben ser cuidados. Rodrígues y Garupe, hombres de hierro en la
fe, son fieles discípulos de Cristo en su misión de no retroceder ante el
terreno abonado por su antecesor que vive perdido para el occidente cristiano. Pese
a los rumores de apostasía, el primero de los jóvenes padres sigue creyendo en
su mentor y por eso resiste ante las presiones del medio; es él quien desafía a
los gobernantes japoneses y con ellos tiene sus más agrias discusiones sobre la
verdad de cada una de las religiones. Entre el budismo y el cristianismo hay elementos
en común pero la imposición de la verdad es claramente derecho de Cristo sobre los
feligreses. El budismo insiste en la paz
interior y no quiere imponerse al alma de ningún hombre. Rodrigues,
interpretado por Andrew Garfield, es un hombre que ante la tentación resiste
porque sufrir el dolor del cuerpo en aras de la inmortalidad espiritual es un
premio para el que lleva la fe como estandarte en su corazón. Pero ver el desfallecimiento
del prójimo enrostrado en los campesinos magullados por las espadas de los
japonese no es una opción necesaria sino la ratificación de que se puede seguir
el camino de cristo sacrificándolo todo, hasta la misma apariencia de la
creencia mientras a Jesús se lleve en el interior como un amuleto vital que
remueve constantemente la sensibilidad del hombre. Garupe, interpretado por Adam Driver, es más
impulsivo, es un padre que muere por salvar al otro en las aguas purificadoras
del mar, pero su vitalidad termina arrinconada como un animal herido por las autoridades
religiosas de un país agrícola y aferrado a la vida física como Cristo a la
cruz.
Scorsese se
pone en esta película. Sus creencias católicas infundidas en las barriadas
newyorkinas en una comunidad italoamericana necesitada de Dios ante las
presiones de la vida en otro país, se evidencian en los personajes de la novela
de Endo Shusaku, del mismo nombre de la obra fílmica. Y se pone con un miedo
existencial que sacude los cimientos de su fe para hacerla un tema de trabajo
vital que recrea en estas imágenes vigorosas. La lucha de los hombres por
conquistar el corazón de otros, es un largo y agreste camino que debe remontarse
todos los días. La incertidumbre que impone la existencia sólo puede paliarse
con más incertidumbre alimentada por una fe a prueba de todo. El encerramiento
físico es tan solo un espejismo mientras las convicciones se mantengan
intactas. La imagen del padre Rodrigues, al final de la película, inmerso en
ese recipiente de madera aferrando el pequeño crucifijo, lo prueba. Ferreira lo
supo y lo sabrá por siempre; eso mismo es lo que aprendió Rodrigues en el Japón
del siglo XVII. Nadie es más grande que el dolor. Esa es la síntesis del primer
gran diálogo que sostienen estos hombres de fe que decidieron renegar en
público de su creencia. Ante las palabras de Cristo, las imágenes hablaron como
una señal anhelada por los creyentes. A Scorsese las imágenes le hablan como
una inspiración estética que resuena en la fe como tema de sus obras.

Comentarios
Publicar un comentario