Dormir en la iglesia


                                                     Cry Macho de Clint Eastwood


 

Como todos los “road movies”, los diálogos marcan los contrapuntos de toda obra fílmica porque el tiempo y el espacio de los personajes marcan el ritmo de las historias narradas por los directores. Los personajes se sobreponen al envolvimiento de las ambientaciones en la mayoría de los casos, exponiendo sus problemas de un modo más directo con lo cual, se espera de toda película que las conversaciones establecidas entre aquellos soporten la obra en su totalidad.

“Cry Macho” continúa con esta tendencia. Si bien se nota el esfuerzo del director por enlazar fluidamente a los personajes, Mike Milo, se lleva toda la atención de la obra cinematográfica debido a que, entre este personaje y el mismo director, hay una relación necesaria. No sólo la edad, sino su actitud de despedida que conmueve en cada una de las escenas al ver a este venerable hombre caminar por esos senderos polvorientos de la frontera entre México y Estados Unidos. Como una metáfora contundente, su obra se ha vertido de un modo sutil en las manos de un niño latino que ha sido maltratado por sus parientes más cercanos y al cual se debe rescatar como un filántropo que ha venido cumpliendo con sus deberes toda la vida.

Clint Eastwood es consciente de que esta puede ser su última película y su legado audiovisual habrá de quedar para que las nuevas generaciones de realizadores fílmicos se inspiren creando obras que tengan algo de su sello. De su viejo carro, roto por las bruscas travesías andadas y desandadas, toma la posibilidad de continuar; las averías se pueden reparar hasta que ya no hay vida. Es un deber seguir a pesar de las adversidades de la existencia. Todo se va acomodando por la suma de esperanzas que las circunstancias va enrostrando en cada uno de los minutos que conforman lo que quede de tiempo para continuar en curso.

La historia comienza con una escena de rodeo en blanco y negro donde se muestra a una antigua leyenda de esta práctica. Es el año 1979. Un año después, su antiguo jefe le pide el favor de traer a su hijo adolescente “Rafo” desde la ciudad de México, donde vive con su madre. Mike Milo va a la casaquinta, ingresa, se encuentra con la insinuante mujer que le facilita su misión. La rebeldía del joven, sus hábitos escurridizos, enseñan una pésima relación. Luego, lo busca en la gallera, le dice lo que tiene en mente y lo convence de ir a Texas para encontrarse con su padre vaquero. De ahí en adelante, la película cae en huecos de los cuales ya no puede salir durante todos los sucesos que ocurren en esta película desigual, cuyo mérito más importante está en ser la obra y la despedida de un gran director de cine. Uno de aquellos que afanan el tiempo para ir a verlo.  De sus 50 películas, podemos extractar principios, valores, exposiciones filosófico-políticas, apuestas estéticas focalizadas, personajes icónicos, géneros, objetos, paisajes, etc que han dejado una estela fructífera para la historia de este hermoso arte del cual él es uno de sus más avezados expositores.

El viejo vaquero camina con la serenidad de no tener afán ni espera. Cuando se agacha a mirar el escape de gasolina de aquel clásico carro que lo ha venido aproximando a la frontera con su país, o cuando camina por estas carreteras secas con ese niño, al que le da libertad para tomar decisiones, se vé  a un hombre aplomado, con una de su acostumbradas buenas actuaciones. Clint Eastwood no fuerza a nadie, le da libertad a las cosas para que las acomoden los acontecimientos sin que medie ningún acto de desesperación. Con el deber como su objetivo más próximo, no se siente obligado a nada y sin embargo, el deber es su principal propósito.  Por su creencia en las personas, el anciano hace lo que debe hacer, aún en las circunstancias más inusuales posibles. Su inglés es una barrera para seguir defendiendo sus principios en contra inclusive de las desavenencias y la corrupción de los policías que violan la misma ley. Las circunstancias hilarantes asoman un dejo de comedia en esta obra única tan irregular como los personajes que no terminan de redondear un trabajo que hubiera constituido una gran despedida. El jovencito, su madre, la mujer del cafetín y el mandadero de la madre “Rafo” lucen como caricaturas sobreactuadas o flemáticas figuras que obnubilan las buenas intenciones del director. Pero Clint Eastwood encarnando a Milo, brilla. Es solemne por su trayectoria que carga sobre la espalda encorvada, con esa mirada fija y creíble a pesar del ablandamiento de las carnes que siguen haciendo lo que más ama.

Si bien, como se dijo atrás, la desprolijidad de esta obra, la historia se narra en sus tiempos justos, con algo de torpeza en ciertos detalles y sobre todo con un bache importante, aquella que refleja actuaciones deslucidas, el oficio de hacedor de imágenes tiene sus propios méritos, los de contar una historia basada en un libro escrito por Nathan Nash en el año de 1975 y de encontrar un pequeño nicho donde pasar sus últimos días de cineasta que conoce perfectamente su deber de artista.

“Cry Macho” es una obra de profundas imperfecciones que brilla por la figura despampanante del último cowboy cinematográfico que anuncia sutilmente su despedida. Clint Eastwood entrega su vida en ella, sabiendo que las críticas en contra no podrán siquiera tocarlo, porque su trabajo ya está hecho.

 

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