El hombre que mató a don Quijote
“La falta de presupuesto me salvó de la
mediocridad”
Terry Gilliam
La Trayectoria cinematográfica de Terry Gilliam es una oda al trabajo, a la
perseverancia y a la locura. De todas sus películas no existe una que no haya
atravesado por un sinnúmero de cambios y de trabas, lanzados por productores
pragmáticos que no han podido descifrar los símbolos y las variaciones de una
obra genial, abarrotada de detalles visuales que tienen en su fondo, una
notoria filosofía de vida que escapa de la mediocridad. Su cine explora todas las posibilidades de
los sentidos; cada ángulo es un modo de ver el mundo que llena de premuras
psicológicas la vida de algún individuo apresado en circunstancias cargadas de
burocracia y autoritarismo que se desenvuelven en atmósferas asfixiantes y por
ello mismo alucinantes, porque de allí, los personajes toman los recursos para
sobreponerse a la adversidad.
Pasaron 25 años de pirotecnia cinematográfica para que el director de
“Brazil” por fin culminara este maravilloso proyecto, encorsetado en las gavetas
de su oficina, por los desafueros de producción y por circunstancias
imprevistas que lo retrasaron. Primero fue el alto costo de la película que difícilmente
entusiasmó a alguna productora, luego la muerte del actor francés Jean
Rochefort y seguidamente la muerte del actor inglés John Hurt, quienes
protagonizaban esta obra y de la cual se lograron dos documentales: “Perdidos
en la Mancha” (2002) y “Él sueña con gigantes”
(2019) de los realizadores Keith Fulton y Louis Pepe. Ahora, logra un buen
trabajo con Jonathan Price luego de 36 años de su primera colaboración con el
director inglés nacido en Estados Unidos en 1940, complementado con Adam Driver
quien funge como un director que llega a un pueblo español con el fin de
rememorar la película que hizo 10 años atrás como proyecto de grado en ese
pueblo perdido de cuyo nombre se acuerda: “Los sueños”. Con un presupuesto
mayor y con el reconocimiento de su equipo y del público, este director sólo
piensa en la obra que lo ha tenido obsesionado durante dos lustros. Es
inevitable, por ello, pensar en las similitudes del personaje con el director
de “El hombre que mató a don Quijote”, el imprescindible Terry Gilliam, un
creador cinematográfico que sigue haciendo diversión desde los años sesenta con
sus Monty Python, cuando escribía sus sketches para la serie que
realizaba con sus compañeros de grupo o para sus geniales películas, en donde
la crítica cultural y política repercutían como sus principales armas estéticas.
La película muestra sus temas habituales que han desfilado en las
anteriores películas. La opresión del individuo frente a la grandilocuencia de
un mundo burocrático apretujante, la lucha individual frente a un poder
omnímodo que lo aprieta permanentemente, la difuminante realidad que se
confunde con la fantasía. Por eso la
forma está indisolublemente atada a estas obsesiones temáticas; el uso de los
inusuales ángulos de cámara como los tiros de ángulo bajo o el gran ángulo de
disparo que junto con esos ángulos holandeses parecen distorsionar la realidad
con el fin de mostrar perspectivas diferentes. En sus escenas es común que los
lentes gran angulares no enfoquen detalles específicos, sino que abran un
espectro suficientemente amplio como para verlos todos con igual intensidad. La
expansión de la realidad es simplemente la realidad como la ve este maestro de
la imagen.
Eso es precisamente, “El hombre que mató a don Quijote”. Una peculiar
versión de la realidad refundada por el lente de un hombre que quiere mostrar
distintos ángulos del mundo. No es una mirada lineal sino una continuidad de la
vida de don Quijote en otras circunstancias, alguien que se cree un personaje,
que transporta una serie de situaciones escritas por una realidad presente con
las características y la esencia de unos personajes que viven por siempre. Sus
comportamientos serán iguales porque no pueden traicionar lo que son. La gran
enseñanza de esta película, si se puede creer en algo como eso, es que a pesar
del encarrilamiento de la realidad que las etiquetas sociales moldean, cada
individuo ha sabido forjar mundos paralelos que lo sostienen siempre. La
imaginación no es un escape si no la fuerza que sostiene a los hombres y les
permite replantear sus propias actuaciones. Los personajes de esta película se
mueven entre lo que consideran acertado y los sueños de alguien que ha decidido
rebelarse ante la violencia óntica del mundo. Don Quijote sabe quién es y sin
embargo decide continuar con sus endemoniadas empresas. Quienes le acompañan,
constituyen el cuerpo de gente que ha bebido hasta saciarse de los ingredientes
de la conformidad. Los productores se convierten en un blanco fácil de Gilliam,
la religión es el punto sobre el cual disparará sus dardos como cuando el viejo
de la triste figura dice frente a unas ovejas encerradas que parecen musulmanes
orando.
Si bien este filme no termina de calar, podemos encontrar en él un sello,
el de uno de los artistas iconoclastas que se ha tomado la vida muy en serio y
por eso se burla de todo. De su enorme creatividad se pueden extraer escenas
memorables que la falta de presupuesto o de disponibilidad de locaciones
hubieran estropeado.
“El hombre que mató a don Quijote es un homenaje a Cervantes, es decir a
quienes se atreven a llevar a cabo sus sueños. En síntesis, es una
autobiografía de Terry Gilliam.

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