La maldición de los 27

De Brian Oakes

Eran las 12 de la noche. Uno enfrente del otro. Sobre dos tumbas de mármol un par de hombres interpretan sus guitarras mientras arriba en la punta de los arboles suenan los graznidos de los cuervos, y abajo, sobre las pieles humedecidas por un sudor demasiado áspero, ruedan dos gotas de líquido salino, enternecidas por la brevedad de la piel negra y entre sonidos melancólicos, los fantasmas contemplan semejante espectáculo con un miedo irrefrenable de interrumpir un concierto de blues en ese sur del Misisipi profundo, en los alrededores de un delta peligroso, donde según dicen habitan los hombres blancos linchando negros.
Uno de esos  hombres se había perdido súbitamente de los lugares donde tocaban los músicos afroamericanos porque, según ellos, ese don nadie tocaba como un principiante. Y en ese extravío que fue corto, menos de un año, conoció a un hombre mayor, un verdadero virtuoso de la música prohibida por blancos y negros, pero acendrada como una puntilla clavada en la corteza de un cedro, en la vida de aquellos parajes húmedos y calientes, por donde supuestamente hacía sus correrías el diablo. Pero ese diablo sureño era más un prejuicio de aquellos que por  miedo no se habían atrevido a escuchar ese ritmo desenfrenado de ir y venir de melodías novedosas y que unos años después desencadenarían el rock and roll. Ese hombre no tuvo renombre pero tuvo una influencia directa por ser el maestro de uno de los músicos más brillantes que el blues hubiera podido dar. Su nombre: Robert Johnson. Este genio inmerecidamente olvidado por unos cuantos años, se vio envuelto en una leyenda urbana que repitieron los abuelos a sus nietos durante varias generaciones como el hombre que había vendido el alma al diablo en una encrucijada, al costado del Delta del río Misisipi. El segundo de esos hombres fue reconocido como el músico más importante de un pequeño pueblo, cuyo cementerio era tan pequeño que las tumbas podían plantarse dos veces, y que tocaba la armónica y la guitarra como el mejor de los maestros. Se llamaba Ike Zimmerman y su nombre hubiera pasado desapercibido para la historia musical si el destino no le hubiera deparado el encuentro con ese joven un poco reducido por las críticas de los negros prepotentes que ya empezaban a tocar esa música del diablo que pragmáticamente llamaron blues.
Robert Johnson nació en 1910 sin conocer a su padre biológico hasta mucho después de haber conocido el fracaso y sin entender por qué su madre decidió revelárselo una tarde de un día caluroso, momento desde el cual decidió adoptar el apellido de ese padre ausente, desechando de plano cualquier parentesco de su padrastro,  un hombre acre, que apareció en la vida de ese niño como un espíritu danzante.  Robert Johnson murió a los 27 años, como uno de los tantos casos en los cuales engloban a los malditos que se atrevieron a llegar a esa edad mortal y de la cual salieron inmortalizados por la leyenda. Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Jim Morrison, Amy Winehouse y Curt Cobain, músicos queridos por el público pero adheridos a un halo trágico como los poetas que hicieron de su vida la obra más renombrada de su repertorio. Cuentan algunos contemporáneos de Johnson que un marido celoso le dio a beber una botella de Whisky envenenada luego de haber tramado su venganza por semejante ultraje, cuyos efectos encendieron sus entrañas por tres días seguidos, en medio del descuido de hombres y mujeres indiferentes ante la muerta lenta de ese músico recién descubierto, que lamentablemente había grabado tan poco. No obstante, esas 42 grabaciones se convirtieron en inspiración sacralizada por los grandes músicos del siglo XX: Keith Richards, Led Zeppelin, Eric Clapton (quien dedica un álbum completo llamado “Me and mr. Johnson”), Moody Waters, Queen. Las letras de Robert Johnson poetizaron la simpatía por lo demoniaco, una mezcla mítica entre el ostracismo de los afroamericanos en una tierra magna que los recibió como esclavos luego de ser extraídos de su África natal.
 La vida de Robert Johnson  tiene tantos matices en tan pocos años de vida que parece inverosímil que su influencia musical hubiera sido tan amplia y tan profunda y que se hubiera olvidado tan rápidamente pero reeditada tan ágilmente por los redescubrimientos musicales de los años 60, por los empresarios blancos que lanzaron canciones virtuosas a una población ávida de consumos estéticos novedosos.
La conexión del campo sureño de los Estados Unidos con esa música hipnótica, acrecentó la leyenda del diablo como principal mentor de los músicos de blues, que incluso los mismos afroamericanos marginaron.
Ese marasmo de acontecimientos es narrado por el documentalista estadounidense Brian Oakes con esta obra llamada “La encrucijada del diablo”, utilizando variados medios, como los dibujos animados en algunos momentos de la historia, pero concatenándolos adecuadamente con testimonios de expertos musicales, varios conocedores del blues y la exaltación de puntos de giro que enmarca la vida de uno de los músicos más importante del folclor estadounidense. Otros testimonios complementan la narración como la de su nieto, y menos enfáticamente la de su hijo, un hombre mayor que no puede describir a su padre porque vio el rostro de su padre dos veces. La muerte de la primera esposa de Johnson le había dejado sólo dolor, una huella constante de su tragedia como un sino impostergable.
Ahora el cine se convierte en una nueva posibilidad de recordar la figura de uno de los hombres más significativos para la música contemporánea.

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