Cuando las palabras duelen



director inglés Terence Davies presenta su último trabajo cinematográfico, dirigiendo una obra  muy personal, como siempre lo ha hecho y esta vez, su excusa recae en un personaje maravilloso, por su modo de vida auténtico, lejos de los convencionalismos de una sociedad rodeada de prejuicios hacia las mujeres y especialmente hacia las mujeres artistas. “Una serena pasión”, es un retrato de la obra más que del personaje privado, sin demeritar lo que la riqueza biográfica puede ofrecer a un filme cargado de simbología poética. Esa gran poeta estadounidense muerta en el año 1886, tuvo que vivir los desafueros de la sociedad fanatizada por los imperativos de la religión que oprimió desaforadamente cualquier manifestación en contrario de los convencionalismos. Emily Dickinson, no sólo los padeció si no que se enfrentó valientemente a la fuerza de los acontecimientos esbozando lo que hacía mejor, componer versos, unos versos cargados de pasión que lejos de ofrecer oportunidades medidas para los conflictos, eran cargados de una profunda vena poética y con ello consiguió desafiar los paradigmas de la poesía y más aun de ese entorno duro y castigador para quienes se atrevieron a pensar distinto. La película muestra magistralmente el primero de los obstáculos que tuvo que enfrentar esta mujer misteriosa, cuyo mayor contradictor residió en la figura paterna, ese hombre desafiante, continuamente intentó encauzar esa fuerza desbordada de aquella poeta norteamericana, con una paciencia que siempre terminaba cediendo ante la obstinación personal de su hija, sin obnubilar la prioritaria actividad de los versos sobre la vida y es que al poetizar la vida cotidiana, los enfrentamientos con el medio hostil, terminaban interponiéndose entre la plena libertad de creación y los prejuicios sociales de la época. De ese ambiente repleto de oscuridad, se desprende ese carácter pendenciero pero certero en sus juicios, empalagoso pero suave en los resultados, ingenioso y a veces ingenuo ante la manera de enfrentar los problema pragmáticos que tan ajenos parecían a  esa poesía que volaba en losEl  cielos de Massachussets, sin advertir que, tanta distracción social, era simplemente una pequeña avería en el camino de la inmortalidad que había decidido emprender la mayor poeta de los Estados Unidos. La particular reclusión, en un ambiente rural, mientras el mundo se moría a pedazos, hizo de Emily una mujer sobreprotectora con su obra; entre su vida cotidiana y su obra no podían encontrarse mayores diferencias porque supo captar el espíritu de la época con la creación espontánea de versos que le hicieron olvidarse del mundo  a tal punto que su mundo era su poesía y al poetizar la vida la vida misma se le hizo una insufrible suma de vivencias. Esa descolonización de su vida mediante la poesía, fue un intento por limpiar de partículas esa existencia magra que le dejaron los otros sin advertir que en ese esfuerzo constante de no saber el funcionamiento del mundo práctico, estaba quedándose sola. Y es que la poesía le pasó factura por hacerla más sensible ante cualquier circunstancia; esa solemne soledad en la que supo embarcarse le trajeron pocos afectos, pero al mismo tiempo, elevaron su poesía  a niveles superiores de conciencia. De ahí su carácter difícil que no fue sino una consecuencia necesaria de su enorme pasión por la poesía. En ese marasmo de revelaciones, el director inglés logra captar esa contradicción vertiginosa expresada en los versos de Emily, al componer audiovisualmente un largo poema adornado por las bellas palabras que significan los versos de aquella gran poeta que definió su suerte haciendo lo que sabía realizar mejor, figurar el mundo mediante las metáforas. Las imágenes van corriendo pausadamente  a un ritmo embellecido por los versos que se asemejan aun rio de aguas claras en la superficie pero que transporta un fuerte torrente en las profundidades. Por eso el título de la obra  capta bien la vida dual de una mujer espontánea, pero sabedora de su desajuste social por los otros teniendo claro lo que el mundo le había deparado como gran artista. De esa polémica existencia queda el arte de la poeta y queda un homenaje sensibilizado por un artista cinematográfico que apenas con sus ocho largometrajes ha logrado objetivar su universo fílmico. Esta composición es un desprendimiento necesario de un buen director, cuidadoso de los detalles y amante de las palabras por esos largos e intensos diálogos que uno logra percibir a medias por la dificultad de entender o de palpar los significados que fluyen entre líneas. De esos encuadres bien concebidos se obtienen las semillas de esas sensaciones de enclaustramiento que la poeta padece como un  autocastigo. Ese masoquismo de lo sutil constituyó para Emily un sufrimiento permanente cuya consecuencia más fuerte recayó en su alejamiento de los otros y las secuelas que se infiltraron como un remordimiento inconsciente por la poca experticia para congraciarse con los otros, De esas frases directas podían salir pequeños misiles cargados de un enorme poder nuclear. Davies logra una película virtuosa, en la que se respira poesía como si fuera el aire vital de que están hechos los sueños de una gran poeta, la única que pudo convertirse con el tiempo en la mayor polemista de su época por esa labor monumental de convertirse en guardiana de su obra. Emily Dickinson obtiene así, a más de 130 años de su muerte, un reconocimiento cinematográfico valioso  que vale la pena ver como una película que rinde tributo a la poesía de una gran mujer.


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