La esencia de lo esperpéntico
De Arturo Ripstein
"La
calle de las amarguras" es el refinamiento hecho imagen, sin advertir que
en el mundo se está haciendo otro tipo de cine, que los protocolos
publicitarios demandan otra cosa. Por eso Arturo Ripstein, el genial director
mexicano, cada vez sube un escalón más en su y dilatada carrera fílmica. Es el
maestro de lo esperpéntico, es el adorador de la crueldad en lo cotidiano.
¿Qué, si no, es esta película? Dos putas cincuentonas engañan a dos enanos
enmascarados que se ganan la vida en la lucha libre para arrancarle algunos pesos
que éstos se ganan en los combates. Unas cuantas gotas para los ojos, en dosis
normales no hubieran causado ningún daño a un hombre de estatura promedio, pero
en estos hombrecitos causan la muerte. Aquellas mujeres, una de las cuales vive
con su marido sesentón y trasvestido amante de los muchachitos, la otra saca a
pasear a su madre ochentona en un carrito de balineras para pedir limosna por
las calles del distrito, conforman una pareja tan original pero tan lastimera
que al espectador necesariamente le genera una mezcla de conmisceración y
admiración. Por calles raídas, paredes agrietadas y personas aferradas a un
pedacito de esquina, estas mujeres luchan contra la presión social, en medio de
un mundo tan real que parece un escenario surrealista. Pero eso es América
Latina, una colección de curiosidades pequeñitas que se convierten en una
inmensa colcha de retazos en una tierra apisonada por la miseria.
Por eso la apuesta cinematográfica de Ripstein
es una apuesta estética y una apuesta sociológico- antropológica que es
estética precisamente porque las imágenes son un cuadro fiel de la esperpéntica
realidad de América Latina. Lo esperpéntico es un desprendimiento natural de un
territorio acostumbrado a reparchar esa cotidianidad maltrecha por los estragos
de una economía mal planificada, en manos de gobiernos cortoplacistas, que se
prolongan objetivamente en la infraestructura desecha por lo inacabado de
proyectos formales pero que no han solucionado los problemas de la sociedad.
Los hábitos de las personas, los comportamientos extravagantes, la cultura
particular de esta porción del planeta cargan con actitudes reprochables, ejércitos de inadaptados,
desprecio por las mínimas condiciones de dignidad que deben existir entre las
personas. Lejos de los juicios relativistas que ven en la cultura un crisol de
riquezas dignas de elogio, Ripstein nos parece decir que esas actitudes
características de ciertas sociedades vienen aderezadas con unas condiciones
objetivas derruidas por la miseria. Esta va generando todo un bagaje de
comportamientos que encauzan las relaciones entre las personas por senderos que
requieren de una pronta reconstrucción para tener un mejor futuro.
En “La calle de las amarguras” los personajes andan por la
calle o se refugian en sus casas sin un ápice de autoconciencia; todo lo que
hacen, todo lo que viven, sus experiencias son un hilo de continuidades trágicas por esa cotidianidad desesperanzadora. En medio
del dolor de su propia condición se van generando sentimientos de culpa que, de
vez en cuando, se confunden con gestos de amor entre amigos o familiares. Todo
lo que uno podría considerar como una exageración o un énfasis es simplemente
un implemento necesario de esa realidad cruda en la que se ven inmersos estos
hombres y mujeres que han hecho de la pobreza un extenso proveedor de negocios
ilícitos con los cuales se busca la
caída del otro. El delito no tiene un límite claro, entre las fronteras no hay
márgenes bien delimitados sino prolongaciones que también ensanchan una moral maleable
y forjada por la tradición. El odio convive inextricablemente con el amor y los
actos se realizan con la misma pasión. Esa es la perspectiva filosófica del
director: una comprensión de la condición humana que no admite maniqueísmos
sino que mira las causas y les da
procesos que desencadena explicaciones
del porqué los seres humanos hacemos lo que hacemos. Esa sabiduría de un hombre que ha
confeccionado varias de las mejores películas latinoamericanas de todos los
tiempos y algunas de las mejor elaboradas en el mundo, es un retratista que ha
sabido mostrarnos en la crudeza más esencial. En esta obra reitera su universo
cinematográfico de una realidad mexicana que puede extenderse a la mayoría de
nuestro territorio latinoamericano. En ese sentido, ese lazo tan estrecho entre
un horizonte histórico de los mexicanos con países como Colombia, por ejemplo,
hablan de una comprensión sólida de que los vínculos no son solo territoriales
sino culturales, obviamente con las respectivas diferencias. Como documento
audiovisual, Ripstein pone en “La calle de las amarguras” un inmenso fresco de
nuestra desventura.
Como en sus mejores interpretaciones, el director cuenta
nuevamente con su actriz fetiche Patricia Reyes Spíndola, una gran artista que
a sus 64 años, igual que en sus mejores interpretaciones como en “La reina de la noche”, ahora, crea uno de
sus mejores papeles. Siempre tan puesta,
con esas facciones tan marcadas y ese rostro tan decidido, deja un halo de
credibilidad. “En la calle de las amarguras”, el papel de prostituta otoñal,
cuadra perfectamente con su rol de hija desalmada que no tiene ningún escrúpulo para conseguir el
dinero de cualquier modo. Como una actriz
imprescindible en el cine de Ripstein también es una actriz icónica del registro
audiovisual latinoamericano. En su cara se hayan múltiples expresiones que han
sabido darle forma a las adversidades de nuestra compleja realidad.
Arturo Ripstein va llegando poco a poco a su mejor forma como
director. Pasará un tiempo largo antes de que otro autor pueda capturar en
imágenes esa esencia tan marcada del ser latinoamericano.

Comentarios
Publicar un comentario