Yo, Daniel Blake
La última película del director inglés Ken Loach ha causado un
revuelo en el campo estético de Europa, no sólo por su propuesta sino por el
acostumbramiento de algunos festivales como Cannes, de premiar a los mismos. Y
es que este hombre que ha militado en organizaciones de izquierda siempre ha
defendido, a través de sus filmes a la población corriente que ha sufrido la
opresión y las medidas desproporcionadas del estado inglés. “Yo, Daniel Blake”, es una obra de realismo
social como se ha denominado la propuesta del cineasta inglés. Su tema no es
especialmente innovador ni llamativo pero su apuesta en escena habla de un
estilo sintético, sin demasiadas notas al pie, con una sobriedad muy propia de
ese temperamento inglés. Pero toda esa austeridad funciona frente a la denuncia
que nos muestra a través de un hombre común, muy común por pertenecer a los
miles de ancianos que han estado viviendo de los subsidios que el Estado
proporciona a las personas desprotegidas y que prefieren vivir una vida
precaria antes de enrolarse en la huestes del Leviatán, expresado en ese mundo
laboral tan agobiante para mucha gente. La obra tiene varias escenas que, no obstante ser bien
elaboradas, redundan en intenciones de conmiseración que deslucen un poco el
conjunto general de la propuesta. Daniel Blake es un anciano que busca trabajo
en las bases de datos de las empresas que proporcionan este servicio. En una de
sus visitas a una Eps, donde busca una cita hace mucho tiempo para el
tratamiento de su afecciones cardiacas, conoce a una mujer que es trasladada de
la capital, Londres, a otra ciudad menos poblada, con el fin de que las
instituciones que ayudan a las personas de menos recursos económicos se ahorren
unas libras en ese traspaso. Esa amistad progresa, pero esa identificación de
ambos por los desmanes del estado va conduciendo a los personajes a ciertas
actitudes que reflejan las injusticias entre un poder desproporcionado y
omnisciente contra unos ciudadanos maltratados por la economía. Por ejemplo,
una de esas escenas muestra la sima del sufrimiento cuando la mujer, que ha
tenido el auxilio alimenticio del Gobierno nacional, destapa una lata de tomate
para comer su contenido debido a que no
se había alimentado por varios días.
Esta escena junto con el robo de unas toallas higiénicas y un
desodorante de un supermercado pequeño por parte de la misma mujer a quien
atrapan infraganti, constituyen puntos alineado por lo bajo de un cine que ha
sido consistente. Pero esta clase de escenas son constitutivas de ese cine y
por lo tanto hacen parte del ADN de un hombre comprometido con el arte al que
logra siempre edificar como una obra política. Esa conjunción no va en desmedro
de una obra estética bien elaborada, sin esos excesos que otras obras de ese
realismo social están acostumbradas a mostrarnos, pero que parecen más bien panfletos
políticos que se alejan del arte.
Kean Loach ha cosechado dos Palmas de oro en Cannes, la
primera de ellas obtenida por la película “El viento que agita la cebada” del
año 2006 una declaración de principios a favor de los revolucionarios que mantuvieron
a los independistas como movimiento legítimo y protector de los intereses
irlandesas frente al poder inglés, en los albores del siglo XX. Aquella obra,
con mayor belleza que ésta, es una película con indudables cualidades estéticas
que quizá esta no tiene.
El director inglés hace parte de una línea de cineastas sobrios, con un compromiso social que combate
los poderes del estado a través del arte. Los
hermanos Jean Pierre y Luc Dardenne son un poco menos obvios porque sus
personajes y sus historias buscan mucho más escudriñar los motivos internos de
los individuos, cuáles son sus razones, que sentimientos incentivan sus
actuaciones y, con ello, ofrecen más posibilidades de interpretación sobre las
situaciones generales a los espectadores. Esas películas, producen una
perplejidad que al final de la obra dejan una conclusión sobre el absurdo de
los comportamientos humanos y cómo las personas, ante el poder de las
circunstancias, se sienten incapaces de actuar racionalmente. Esa naturalidad
con que se asume la vida, aún en las situaciones que miradas objetivamente,
aparecen monstruosas, hace de los personajes como simples medios de una trama
más alta. En Loach, este destino insuperable y abrumador, no proviene de la
indeterminación, es francamente el poder del estado quien subsume los deseos y
las energías de la población desprotegida. Desde ese punto de vista, este tipo
de películas proponen una visión personal, es decir, son una apuesta por el
individuo que debe enfrentar a poderes que a veces lo sobrepasan, pero a los que también se pueden combatir. En los
hermanos Dardenne, los personajes tienen deseos de cambiar las situaciones
adversas a las que se ven abocados, pero a veces no pueden lograrlo. Ken Loach,
retrata personajes que lo dan todo para cambiar una situación negativa, si lo
logran o no, ese no es el problema, lo
esencial de su cine es que esos personajes entregan todo, arriesgan hasta su
propia vida luchando por lo que quieren cambiar.
Ese es el propósito de Daniel Blake. La escena en que se ve a
este “cualquiera”, bajo su grafiti que ha escrito en las paredes frontales de
su Eps y en donde protesta por su situación, es la píldora mejor dorada de la
lucha que un ciudadano asume como parte de su destino. Que las circunstancias
sean adversas no significa que las personas no las puedan cambiar, parece
decirnos el director inglés.

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