El capitán de sueños que se marchó con el sargento pimienta



 De Matt Ross


En tiempos de homogeneidad social despuntan diferencias culturales que chocan contra los parámetros colectivos que insisten en uniformar al hombre contemporáneo. Sin embargo, la fuerza centrípeta acumulada por la costumbre tiene, de tanta repetición, un enorme poder que, afortunadamente, ha sumado contradictores en tiempos de crisis, como los que vivimos actualmente. Los hombres y las mujeres hemos llegado a experimentar una anomia que nos viene horadando, que nos viene arrinconando  hacia los muros fríos de la incertidumbre. Algunos grupos han recurrido a sectas que han querido escapar del consumismo capitalista que ha dejado en un estado de extrema soledad  a millones de personas sobre el planeta.
¿Se puede vivir alejado del mundo y, rebatiendo las premisas de ese mundo, construir una vida mejor?
Un director, actor, productor; un artista estadounidense  nos ha puesto a pensar en esa posibilidad. Matt Ross, un hombre de larga trayectoria cinematográfica y televisiva pone en representación una serie de críticas a la parafernalia capitalista.  Con frases explicitas de anticapitalismo, con modos de vida que obedecen a un código de comportamiento propio, se sientan las bases de otra manera de existir, bajo las sombras de lo que la intención civilizadora ha hecho de nosotros como especie.  Su película, “Captain fantastic”, parece una melodía extraída de las profundidades de Sargeant Pepper, de los Beatles. Su dirección de arte rememora la indumentaria de los más auténticos años hippies de la moderna “Ciudad del sol” de Tomasso de Campanella que reactualizaron bajo predicados tolstoianos, las comunas de San Francisco en los sesentas del siglo anterior. En este filme, se destacan, al menos tres aspectos centrales de la propuesta que el guionista quiere expresar.
En primer lugar, no se pueden desconocer las contribuciones que la sociedad moderna ha reportado al hombre actual. La ciencia, la filosofía y todo el acervo de conocimientos que sustentan la vida contemporánea, han coadyuvado a desarrollar un mundo menos oscuro, quizás menos sabio, pero al menos, alejado de la credulidad que el teocentrismo medieval infundió en la médula de la civilización occidental durante muchos siglos. Los niños, criados en un bosque norteamericano, han memorizado clasificaciones, nombres, especies, descubrimientos, cartas de derechos… que no sólo repiten, sino que pueden interpretar con criterios propios. La civilización es una suma de conocimientos que no sólo debe adquirirse para  tener el contexto claro sino para descifrar los contenidos ocultos que deben descubrirse para pensar. La película, a veces flaquea por la explicitud de las críticas que las imágenes prefabrican para conducir descaradamente las percepciones del espectador. Pero la intencionalidad global de la obra, permite que se obvien esas intromisiones. La escuela está destinada a matar las inquietudes espontáneas de los niños; es una entidad fría, es una fábrica de muertos que corta las proyecciones de quienes se acogen a un sistema de creencias y de conocimientos uniformizada. Con todo y eso, toda orientación surge de las enseñanzas deliberadas de alguien que busca despertar la curiosidad de los individuos a los que van dirigidos sus mensajes.
En segundo lugar, el precio que se debe pagar por tamaña osadía puede aparecer muy alto. Cuando se decide escapar de los parámetros que delinean las vidas de las mayorías, la sanción social ejerce sus mecanismos de regulación  que pueden ser muy eficaces. La falta de juicio para lidiar con los criterios establecidos comunalmente forma a individuos poco aptos para interactuar. Con los otros, es necesario participar durante un periodo prolongado de tiempo para aprehender un conjunto de prácticas que se van interiorizando de manera inconsciente. Cuando la vida en común es una situación de hecho, “el contagio” hace lo suyo. El hijo mayor de la familia, no puede sostener relaciones normales en una cultura que le parece poco menos que absurda. Obviamente, la manera como se manifiestan los sentimientos también sufren la represión del otro, cuando,  no se ciñe a los postulados de “la manera correcta” de hacer las cosas. Algunas imágenes traspapeladas, insinúan la contradicción. La madre fallecida, ha hecho, en secreto, todo lo posible para que su hijo mayor ingrese a la universidad porque sabía bien, de los perjuicios anímicos que una vida alejada de todo, puede crear en una persona. Habar conocido el mundo, para luego, combatirlo, con las mismas armas que éste ha legado, puede devolverlo a uno al mismo lugar. Todo se conserva, todo se renueva.
Finalmente, una actuación como la de Viggo Mortensen, es fundamental para que una película de estas  características no  se caiga. Este artista estadounidense, luego de su popularidad que le dejó “El señor de los anillos”, se dedicó a papeles más personales, más exigentes, menos ampulosos. Parece como si hubiera tomado conciencia de que el tiempo se le acaba, de que su misión en la vida estuviera condicionada por lograr la actuación perfecta. Y se sigue aproximando: “Jauja”, “Lejos de los hombres” y ahora “El capitán fantástico”. Mortensen, suma a sus  búsquedas artísticas de fotógrafo y poeta una verdadera maestría como actor.  Ha decidido sacrificar las grandes sumas de dinero por la agrimensura de su trabajo como actor. Quizás, no tenga la fama de otros actores, pero tiene el talento que no tienen aquellos. Sus silencios, su facilidad de palabra, su sapiencia, hacen del personaje hippie, un papel  sobresaliente. En su gestualidad se adivina una convicción a prueba, incluso, del propio dolor. Presumir públicamente que se ha errado, por una presión de todos, en contra de la  convicción inconmovible de que lo asumido ha sido correcto, requiere un equilibrio como personaje que un actor poco ducho, en esta película, no podría representar adecuadamente.

“Captain fantastic”, es, una especie de remanso, en esta sumatoria amodorrada de propuestas cinematográficas insulsas que posan como cine independiente.

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