Pasolini de Abel
Ferrara.
Lastimosamente la vida de un
director como Pier Paolo Pasolini ha sido una excusa recurrente para
deformaciones, para exposiciones arbitrarias y para disertaciones estéticas
poco profundas. El mundo ha conocido tan poco a un hombre y al mismo tiempo lo
ha mencionado tanto que todo lo que pueda decirse de aquel, todavía transita en
la plena oscuridad. Ni siquiera la sensibilidad italiana, quizás la más lograda
del campo artístico, ha tenido el tono suficiente para definir acertadamente
los contornos visibles e invisibles de la personalidad del director más
polémico y más diverso que ha tenido ese país europeo.
La obra de Pasolini es a la vez
el compendio y la profundidad. De sus trabajos literarios no queda duda alguna
de ese estilo oscuro pero cargado de ideas expuestas con sobrada pasión. Sus
ensayos sobre arte, constituyen un conjunto de posturas llenas de tinte
político. En ellos se mezcla la agudeza de la razón mezclada con la exposición
de sensaciones vertidas en sus comentarios que en muchos casos se pueden tildar
de abstrusos. También, sus escritos cinematográficos avanzan un paso más en el
ejercicio de la crítica porque, sus apuntes tienen la intención de trascender
el simple análisis de una u otra obra fílmica y busca construir un edificio
enchapado de pequeños adornos en distintos lados para atravesarlo íntegramente.
La obra cinematográfica es algo
más. Es un universo de proporciones inconcebibles para una sociedad que nunca
estuvo preparada para comprender una propuesta audaz y duradera como la del
director nacido en Bolonia en 1922. Sus películas son legados imperecederos de
un neorrealismo que siempre tuvo la intención de descubrir las paredes más
íntimas del alma humana a través de cuadros en movimiento de hombres y mujeres
que a uno, aun en este tiempo, puede
encontrar en cualquier esquina. Pero ese neorrealismo está impregnado de un tinte
maligno, como el ahondamiento de la realidad que va horadando el demonio
mientras se adentra en las percepciones de un mundo humano que sigue propenso
al mal. De ese manto siniestro que se encuentra en la filmografía de Pasolini,
se destacan situaciones que desnudan esa
enorme fragilidad del hombre, capaz de sobreponerse a la adversidad que el bien
le propone y descubre progresivamente nuevos contorno de esa realidad humana
que sólo los poetas han ´podido descubrir suficientemente. Su cine puede
definirse como un largo poema de marcos irregulares que se hunden
irremediablemente en las oscuridades de la vida humana.
Es eso precisamente, lo que otro
director de sangre italiana intenta descubrir en este nuevo biopic sobre ese genio incomprendido. “Pasolini”
se llama esa obra que recrea los últimos momentos de la vida del poeta. Esta
pretensión le resta morbo a una vida cargada de pasiones encontradas que a la
sociedad de la época no le vino bien. No haber centrado la obra en su
tormentosa vida sexual, libra al director newyorkino de la presión que cargaba el hecho de oscurecer
aún más la vida de aquel. Por ello, que Ferrara, que conoce bien las márgenes
italianas, haya enfocado su película en descubrir unas obsesiones sosegadas por
el día a día de un hombre que leía todo el tiempo, que planificaba detalladamente
su trabajo y que concedía parte de su tiempo a los medios, es un gran acierto,
debido a que de ese modo se avanza en la humanización de alguien condenado por
sus acciones poco ortodoxas para el momento histórico que tuvo que soportar. El filme guarda un halo de nostalgia que el
poeta se encarga de rutinizar por el trabajo metódico fuera de esos
sensacionalismos que suscita una biografía escandalizada por la publicidad. Ese
lado menos fatal, pero parte integrante de esa tragedia de sentirse dueño de
ciertas obsesiones que solo la obra complace debido a que el público
mayoritario se encargó de denostar sistemáticamente, es un homenaje a un ser
que vivió su vida de manera original. Porque en muchos casos, las partes
seleccionadas de aquellos personajes que llaman la atención brillan hacia
adentro como un agujero negro que sigue tragándose la moral de una sociedad a
pesar del transcurso del tiempo. Pasolini sigue intacto a través de su trabajo
que la película de Ferrara se encarga de resaltar como una vida dedicada
obsesivamente a la creación, en donde
arroja todos esos demonios que le aprisionaron la vida.
Pero una película tan arriesgada
como la que nos deja Ferrara, solo tiene éxito por el trabajo de William Dafoe.
Este actor, uno de los que mejor asume la interpretación de esos personajes
desequilibrados, le imprime la serenidad que el papel le exige. Su
caracterización es una suma de sobriedades que
le dan, junto a esa fotografía
lóbrega un luto merecido hacia un poeta que legó creaciones inmejorables en la
cinematografía mundial. Con las respuestas de Pasolini a las preguntas de Furio
Colombo, asistimos a la exposición de motivos de un hombre reflexivo que ha
revestido sus palabras de inmensa racionalidad.
Esos tiempos muertos que muestran el rostro de Pasolini por una cámara
estática contribuyen a aumentar esa tranquilidad de espíritu que se expresa con
vigor en la construcción estética. Dafoe logra revertir esa imagen escandalosa
que el público ha concebido a un universo normalizado por las planicies de la cotidianidad. Su presencia
como uno de los mejores actores del campo cinematográfico actual rinde tributo
al gran Pasolini.
Con este filme, Ferrara devuelve
ese mucho de humanidad que la mirada del público llano ha convertido en un
despliegue de ominosidad.

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