Amor, muerte y maldad
en Macbeth
De Justin Kurzel
Una adaptación cinematográfica de
William Shakespeare siempre genera expectativa. Tal vez porque el nombre del
escritor inglés ha permanecido como una de las grandes cimas de la literatura
clásica a lo largo de los últimos cuatro siglos. Además, la dificultad de
convertir un lenguaje estético a otro supone una familiaridad con ambos. Para
llevar a cabo semejante trabajo, los guionistas
Jacob Koskoff y Todd Louiso escriben una versión fílmica de Macbeth. En ella, los textos rinden
fidelidad a la obra escrita en el año 1606 con algunos desvíos que no difuminan
la esencia de la obra. No sólo la descripción de las atmósferas, sino la
caracterización de personajes elevan
esta película a la categoría de obra de
arte.
El director australiano Justin Kurzel, de relativa
juventud en el medio cinematográfico, es
el encargado de poner en escena esta maravillosa tragedia que describe la
corrupción humana en todo su despliegue. A través de su película Snowtown del año 2011, causó un primer
impacto positivo en el campo cinematográfico, en donde se le reconoce como un
nuevo artista que procura entregar pinceladas de preciosismo que componen
imágenes magistrales. Ahora, con este proyecto
asume un reto que para cualquier cineasta supone un riesgo. La
dificultad de un texto como Macbeth,
supone nuevos sentidos interpretativos sobre una obra que está cargada de
simbolismos sobre la condición humana y que pueden tergiversarse en manos de
almas poco sensibles para encontrar las claves de aquellos. Kurzel ha logrado
captar a través de una dirección de arte
impecable que puede reflejarse en una hermosa composición de los planos,
esa marca identificadora de Shakespeare:
una sabiduría imperecedera sobre lo humano que atraviesa las márgenes de las
eras. Ha obtenido una sutileza visual que se puede captar en una fotografía
íntima, que logra traspasar el paisaje frío de esas tierras boreales de Escocia
y asociarse indefectiblemente con la desgracia humana. La hermosa coloración de
aquellos espacios desérticos y húmedos tiene como resultado el desvelamiento de
las intenciones, de los sentimientos y de las maquinaciones más atroces que son
originados por la lucha de poderes que hombres y mujeres persiguen como su más
anhelado tesoro. En cada plano se destilan esas ansias de perversidad que en
Shakespeare no recaen solamente en el crecimiento de la posesión material, sino
en una serie de contradicciones internas que las personas padecen como enfermedades incurables. Los planos en donde
se muestran las conversaciones entre Macbeth y lady Macbeth exudan el mal como
una propensión natural. Asimismo, en las escenas de guerra, los planos enteros
y los planos panorámicos, escenifican la maldad como una propalación de fuerzas
oscuras de las que no se puede escapar. El director australiano ha
entendido que una obra del dramaturgo inglés no puede representarse sin una
clara comprensión de los contenidos que la poesía ofrece a la humanidad.
¿Pero qué ofrece de nuevo el
Macbeth cinematográfico al Macbeth literario? Además de explicitud de la imagen
que impone rostros, paisajes, claustros, etc, exhibe en planos audiovisuales,
la recreación de una belleza personal que puede encapsularse en colores, en
formas y que contienen, por la dualidad simbólica, una precisión de
descripciones que el texto abre a las posibilidades imaginativas que los
lectores asumen como un universo de vastos contenidos. Mientras la imagen
cinematográfica es capaz de acotar esas sugerencias que el escritor describe,
tiene otras derivas estéticas que no pueden descuidar ni por un momento lo
esencial de un discurso filosófico existencial, como el descrito en Macbeth. Esa confirmación de un rumor,
por tanto tiempo sospechado, se hace palpable en la imagen fílmica: entre la
imagen cinematográfica y el texto escrito existe una simbiosis incorruptible. En
síntesis, se trata de indagar por los confines del alma humana como una labor
impostergable de los artistas que se erigen como grandes exploradores de la
cultura.
Por otro lado, uno de los
aspectos fuertes de la película reside en las interpretaciones. Michael
Fassbinder, es quizá el actor más solicitado por estos días. Su presencia es
demandada por directores buenos y malos. Su papel de Macbeth logra mostrar a un personaje presa de las circunstancias
que el mal le inflige como un peso existencial, una especie de sino trágico del
cual no puede escapar. Este papel se encuentra a la altura del que interpretó
como Steve Jobs en la película de Danny Boyle. También, Marion Cotillard,
expresa su reconocido talento en el papel de Lady Macbeth. En ella recae la
influencia negativa de alguien que enloquece por una suerte perversa de
maquinaciones del destino. Ella es la encarnación del universo jugando con un
loco. Aquella mujer no parece reconocer la maldad
que se aloja en ese bello cuerpo. Además, completa el reparto ese gran actor
segundón de nacionalidad inglesa denominado David Thewlis. Lo hemos visto en
Películas impotables como Harry Potter y en otras de mejor calado como Siete años en el Tibet de Jean
Jacques Annaud y Naked, del gran Mike Leigh. Su papel de Duncan registra toda la
grandeza de un rey, víctima de dos ambiciosos, que muere en su lecho de enfermo
pensando en la bondad humana, pero
compungido por el amargo sabor que supondría una traición.
Con la nueva versión
cinematográfica de esta tragedia, se rinde homenaje a otras adaptaciones como
la del maestro estadounidense Orson Welles. Como obra particular de un artista
joven, “Macbeth”, logra captar, por medio de una virtuosa composición formal,
una visión esencial de la creación shakespereana.

Comentarios
Publicar un comentario