El hijo de Saúl

                                                     
             De Lászlo Nemes                                                                  
                                                                   
Hacer una película por estos días sobre el Holocausto parece algo arriesgado. Muchas han sido las obras que han abordado este tema, sin importar las recurrencias, los excesos, la falta de rigor…en general, el aburrimiento que producen en los espectadores, cansados de ese propagandismo contra los alemanes, sin aclarar que ese acontecimiento tenebroso para la humanidad fue perpetrado por algunos dementes llamados nazis que se propusieron “depurar” la raza con su esquizofrénica idea  de que los arios tenían supremacía sobre el mundo entero.

László Nemes decide realizar un filme serio sobre este manido tema. Busca reedificar la obra estética más allá del panfleto ramplón al que nos tenían acostumbrado las obsesivas “La lista de Schindler”, “El niño de la piyama a rayas” y “La vida es bella”, producciones insustanciales desde el punto de vista narrativo que han enjuiciado la estética con sus énfasis, con sus diálogos sobre exaltados y con esa rocambolesca participación de los cineastas en la obra. Cuando ésta se desliga de su autor, emprende un sendero limpio; cuando el autor y la obra se conjugan en una suma plena de partes no altisonantes, entramos en el campo del arte. Esta vez, “Saul Fia”, se alzó con el premio del jurado en el festival de cine de Cannes, demostrando su poderío visual que intenta proponer una estética vanguardista, superior  al melodrama del cine anterior sobre este tema.

Su perspectiva siempre se pone del lado del personaje, con una cámara vertiginosa, no por su excesivo movimiento sino por los movimientos traslacionales y rotacionales que un exiliado húngaro hace en esa odisea que emprende. Esa cámara se ubica detrás de un miembro de una unidad llamada los Sonerkommando, quien hace todos los esfuerzos posibles por concederle un mínimo dignidad a un niño muerto durante su estadía en Auschwitz. A los mismos judíos les tocaba recoger las cenizas dejadas por el exterminio de sus hermanos judíos, luego de las gaseadas sistemáticas que solucionaron el problemita de las ejecuciones individuales. Increiblemente, los miembros de este sacrificado comando, cumplieron a cabalidad con semejante tarea, incluso con la marca pegada a la ropa que los identificaba frente al resto de sus compañeros, quienes los miraban con asco. Esa ida y vuelta del personaje tiene para la cámara unas idas y venidas que son envueltas por unos momentos de enorme claustrofobia que  coadyuvan a crear ese ambiente de opresión en el que el director, despiadadamente introduce al espectador. Es cierto que el paisaje descorre por fin, pero al aire libre ese vértigo desplegado en el interior de los edificios, se va volviendo un cúmulo de sensaciones que el protagonista suma y contagia  a la pantalla, sin ningún margen de concesiones que el público podría tener. Pero esa es precisamente la fortaleza de la película. El director manipula exageradamente para que todas las vías de nuestra atención queden hacinadas en el inconsciente. Somos actores pasivos de un drama que se somete en la piel, que se enreda en nuestras vísceras como un cuchillo que transita por el sistema digestivo sin posibilidad de detenerlo.

También contribuye  a esta sádica intención fílmica, la tintura de las ambientaciones. Las paredes opacas que se tornan de un gris plomizo, oscurecen la mirada que se matiza con algunas conjeturas de luz solar que se infiltran por las pocas aberturas exteriores que el director concede. Esa suma de colores agónicos delinea el rostro del personaje que busca una pequeña ayuda para esa desmedida empresa. Es como si un pequeño roedor transitara por un laberinto de proporciones descomunales y en cada vuelta de esquina se encontrara un enorme gato al acecho. El encerramiento se hace más ofensivo con ese acento de los militares alemanes que dan órdenes todo el tiempo, que juegan con la vida de alguien que sólo quiere hallar a un rabino para sepultar dignamente a ese muchacho que ha adoptado en la muerte. El escandaloso color de la sangre a veces aparece como una fugaz variedad del paisaje interior, pero lo hace en los momentos justos visualmente, cuando el contraste se devela salvadoramente para ese hastío de tenue oscuridad.

Y para llevar a cabo esa película, las exigencias actorales rozaban lo imposible. Un hombre que ha sabido mantener un rictus solemne a pesar de las humillaciones, de las vejaciones y de los improperios que no solamente los nazis le asestaron como golpes, sino una especie de trama celeste que adjudica penas donde  a veces no hay merecimientos. Géza Röhring, es ese actor. Su porte de autoridad estirada por el sufrimiento, mantiene la tensión entre lo interpretativo y las hostilidades de la ambientación. Este personaje salido de las entrañas del infierno, se sobrepone a las adversidades con un rigor de carácter que se adivina en esos rictus altivos que conservan coherencia con el ritmo narrativo. Su semblante denota siempre la calma  a pesar de su travesía. Y así como sale del infierno regresa a él con más poder, porque ha sabido ganarle una partida de ajedrez a la muerte: no sólo la suya sino la de su empresa. Saúl Ausländer, es un héroe anónimo qua ha librado su regreso a esa sonámbula Itaca que ya no aparece en los mapas. Su triunfo es su lucha; los resultados de sus esfuerzos terminan derramados en el agua de un río, por el cual, seguramente habrán de llegar al encuentro con la liberación definitiva.

El final de la película carga con esa visión santificadora que tienen los judíos sobre un Dios omnipotente que lava del pecado con las aguas purificadoras. En la meta aguardaría la gloria eterna que tanta devastación del alma ha infligido en este pequeño holocausto que llamamos vida.

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