Nymphomaniac o Aquiles y la tortuga
Quienes han tenido la oportunidad
de ver las películas de Lars von Trier, buscan,
frente a un título como el que le da nombre a esta película, un conjunto de
imágenes fuertes, profusas en personajes obsesivos, carentes de los más mínimos
pudores y, en donde el sadomasoquismo, pueda ser la característica fundamental
de ciertas psicopatías. El prejuicio de algún modo es inevitable.
Nymphomaniac es el último film del director danés estrenado en el
año 2013. Sus protagonistas son la actriz de nacionalidad inglesa, Charlotte
Gainsbourg, la joven francesa de 23 años Stacy Martin, la estrella de Hollywood
nacida en california Shia LaBeouf, el excelente actor Stellan Skarsgard, Uma
Thurman y el trasnochado Christian Slater. Tanto Martin como LaBeouf sorprenden
por su trabajo, especialmente el actor estadounidense al que hemos visto en verdaderos
elefantes tecnológicos como Transformers y
la última entrega de Indiana Jones, lo cual es decir mucho, pero por
interpretar personajes tan vacuos. En esta oportunidad uno lo ve como un actor
serio, sin excesos dramatúrgicos tan
característicos de aquellos actores que alguna vez trabajan con buenos
directores, en suma como alguien que bien moldeado se encaminará a convertirse
en un buen actor, algo como lo que ha
acontecido con Leonardo DiCaprio.
Visualmente Nymphomaniac no tiene ningún problema. Las imágenes, siempre bien
cuidadas, muestran la maestría de alguien
que domina hábilmente el lenguaje fílmico. La iluminación, en tonalidad
oscura crea una ambientación lúgubre. Von Trier juega con el blanco y negro al
ponerlos en los momentos justos, cuando se ha construido una atmósfera propicia
que requiere algo de pausa y al desentrañar ese mundo interior de los
personajes que suelen desplegar sus
crisis hasta explotar en algún instante. El contraste con los exteriores,
en las escenas en los que el dolor ha
sido paliado por los bellos recuerdos de la relación construida con el padre
por parte de la joven ninfómana, liberan en parte al espectador de ese clima
sobre cargado, de ese enorme peso que la protagonista arrastra como un
verdadero peso.
La música como referencia
indirecta pero sobre todo como tema central de la historia construye la trama.
Las menciones de la fuga en Bach o de la
obra de Beethoven, son motivo de inspiración para una especie de “artista” de
la vida, alguien que interpreta una pieza de música clásica en la que domina
virtuosamente el arte de la composición emocional. En donde una mujer
desesperada por una adicción debe buscar nuevas maneras de satisfacción para
darle flujo a la enorme energía libidinal canalizada a través de las pulsiones sexuales. La joven
es portadora de una dolencia, no precisamente de una enfermedad, porque incluso
en la película misma hay toda una disertación sobre los principales factores
que envuelven ese inmenso sufrimiento. “Tu orgasmo es como Aquiles”, una exposición un tanto intelectual de la
insatisfacción sexual, atina a decir el “terapeuta”, un hombre abstemio
considerado por el mismo como un asexuado.
Y esa es precisamente, en mi
opinión, la falencia más notoria de la película: Las disquisiciones
excesivamente racionalizadas sobre las causas por las cuales la muchacha actúa
como actúa. En el fondo el esfuerzo se torna más bien como un discurso
demasiado intelectual, algo insulso y poco creíble y expuesto por alguien que
se ha refugiado en los libros para encontrar soluciones a problemas que nunca
ha experimentado. Frente a él la mujer se convierte en una sabia por el plus
que le da la experimentación de las
vivencias sexuales. Ese viejo recurso de hacer uso del narrador para explicar
parte de los acontecimientos que le ocurren a esta mujer sufriente, lacerada
por los golpes de un hombre que se ha salvado de morir por la mano de una
celosa, ya lo había utilizado Von Trier en su Anticristo, en el personaje del psicólogo que intenta realizar una
terapia a su esposa neurótica.
No obstante, la búsqueda de
experiencias nuevas, no son suficiente motivo para incluir ciertas secuencias
que podían fácilmente obviarse. Así sucede con el trío que la joven sostiene
con los dos hombres de raza negra y en la que se fuerza la relación entre ellos
que consideran la experiencia sexual con aquella mujer desesperada como un
asunto completamente banalizado. Lo mismo sucede con el incesto con su padre que protagoniza dicha muchacha
en la camilla de una clínica por no contener una justificación argumentativa
sólida.
La película se despliega en dos
volúmenes, en la versión aparentemente recortada. En el primero, la iniciación
sexual de la ninfómana ocurre como algo
casual, una simple travesura. Como si las sensaciones físicas solamente fuesen
las causas primordiales de la ninfomanía. Stacy Martin convence. Las escenas en las que actúa son
mucho más exigentes y despojadas de pudor que las que debe realizar su compañera Charlotte Gainsbourg en el segundo
volumen.
Los modelos de belleza corporal
no son propiamente los más solicitados por la publicidad. Se imponen los
cuerpos delgados, no muy agraciados físicamente pero con el poder de seducción
que puede construir una mujer en el uso de sus mejores estrategias de atracción
de hombres y mujeres. La ninfomanía no parece una simple fijación material, es una
idea que afecta toda la espiritualidad humana. El amor no parece un sentimiento
muy querido. Es más, la imposibilidad para sentirlo tal vez es una consecuencia
inevitable de los nuevos fenómenos sociales. La soledad y el vacío parecen dos
carcomas que van consumiendo la vida de los hombres y las mujeres actuales.
Quizás por eso, el sexo es simplemente una actividad más, un algo pasajero que
se asume de uso masificado, en el que la sacralidad que alguna vez tuvo ya se
ha ido para siempre.

Comentarios
Publicar un comentario