NO



                                              No, de Pablo   Larraín.


Luego de quince años de dictadura, la derecha institucional de Chile decide abrir las puertas democráticas con el fin de convocar un plebiscito  para el 5 de octubre de 1988. En él se quería consultar a los ciudadanos de ese país sobre si deseaban o no que el presidente-dictador permaneciera en el ejecutivo.
Ambos bandos, oposición y régimen, emprendieron todos sus esfuerzos con el fin de armar campañas publicitarias que pudiesen desempeñar un papel importante en la formación de conciencia de las personas. Los que apoyaban el No trajeron de regreso a René Saavedra de su lugar de estadía en Mexico, un publicista  joven que creía firmemente en la posibilidad de que el No pudiese ganar en un país inclinado al poder de Pinochet, como si fuese un Dios del que era imposible  desprenderse.
René, pone en cuestión a los miembros de la campaña, que no tenían la más mínima creencia en que su propuesta pudiera imponerse, ante la sospecha de que el Gobierno hubiese  amañado todos los mecanismos democráticos y las instancias legales para garantizar una lucha realmente equilibrada y transparente. Desde ese momento, cuando sus compañeros de trabajo observan el convencimiento de su colega, la  campaña opositora  desarrolla un trabajo serio, capaz de escapar de eso que un miembro de los opositores llamaría “una campaña de la complicidad”, como cualquier comercial de Coca Cola para un público fácil, que no  buscaba ningún nivel de reflexión crítica.
Pocas veces una opción proveniente de un regimen autoritario es vencida democráticamente. Desde el golpe militar perpetrado por el general Augusto Pinochet en al año de 1973, y que trajo como consecuencia el asesinato o el suicido de Salvador Allende, ese país meridiano sufrió la más férrea de los totalitarismos políticos. El apoyo de los Estados Unidos fue incondicional. Al parecer  los indicadores económicos se elevaron  a unos  niveles bastante altos. Pero las libertades  de los ciudadanos fueron nulas también. La desaparición forzosa de miles de personas de la oposición fue escondida mágicamente  ante el silencio descarado de la comunidad internacional.
En la película, la campaña afirmativa se  ancla en el progreso económico, utilizando las armas más potentes en dinero y recursos humanos, cuando muchos ciudadanos de ese país ya daban como un hecho la continuación del dictador.
El director del film, Pablo Larraín, hijo de padres adscritos a la derecha tradicional chilena, ya cuenta  además de esta película con cuatro largometrajes: Fuga, Tony Manero, Post Mortem. En el film combina el montaje de imágenes reales de la publicidad de los ochentas con los hechos que se ficcionan para contar la historia que nos ofrece y que concreta en una obra aclamada internacionalmente, incluso nominada al Oscar como mejor película en habla no inglesa, hecho iniciático para la cinematografía de ese país.
Ya otras películas de esa nación austral nos habían mostrado las condiciones críticas para algunos sectores de la población, difuminados por la miseria y el hambre. Mostrando las desigualdades socioculturales que se han generado desde mucho tiempo atrás. No obstante, la lucha emprendida por ciertos grupos y movimientos sociales también se ha convertido en un ejemplo  de otros contextos que los han tomado como referente ante la defensa de derechos no canjeables y que comportan la dignidad inveterada de ese pueblo. Recordemos Machuca o  quizás Violeta se fue a los cielos para nombrar las más conmovedoras por el tratamiento de  temas tan dolorosos para ese país.



El trabajo que realiza Gael García es una representación seria. En algunos momentos parece mostrar algunos gestos y desarrollar actitudes histriónicas que parecen provenir de Hollywood, del que ya es un residente permanente. No obstante, hace una interpretación ajustada con el personaje, sin tremendismos y sin las sobradas manías de los actores cotizados internacionalmente. Su carrera ha estado  pendiendo entre puntos altos y puntos bajos, pero  cuando su talento eclosiona de verdad puede brindarnos  papeles interesantes  y acordes con el  personaje publicista de la oposición que siempre creyó en el derrocamiento de la dictadura.
Los  actores que complementan la obra se portan a la altura. Su larga trayectoria actoral, en cine y en televisión, es una marca de garantía que hacen de No un producto para mostrar en el desigual cine latinoamericano.
Y  es que países como Argentina con su El secreto de sus ojos de Juan José Campanella, la película peruana La teta asustada de Claudia Llosa, por ejemplo, han comprendido que el cine de alta calidad es posible en esto contextos, que se puede aspira  a obtener réditos en la taquilla y edificar un cine de autores. Al público se le da lo que pide, pero no se puede pensar que no puede pedir un buen producto, si no se le ofrecen otras alternativas.
Por ello, los  miopes miembros de nuestra Academias de artes y ciencias cinematográficas requieren  un cambio de actitud. El cartel de los sapos no es un producto que nos represente. La realidad colombiana no puede reducirse a historias de traquetos y prostitutas. El país es demasiado complejo como para no generar historias que salgan de sus propias raíces; lo que faltan son conciencias realmente despiertas que puedan advertirlas y potenciarlas en obras cinematográficas de  buena calidad, ¿quizás los problemas de los infantes colombianos o los que atañen a las mujeres, o tal vez, los de ciertos sectores  particulares de nuestra sociedad no son una fuente inagotable de historias que merecen eclosionar y que pueden expresarse fílmicamente?
Entonces, NO, podría tomarse como un buen ejemplo de calidad y de  crítica política serias. Especialmente en tiempos de diálogos para la paz en un país que carece de  nuevas propuestas bien elaboradas en materia audiovisual.






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