5 cámaras rotas y una
Palestina
Cuando Emad Burnat y Guy Davidy,
los directores del documental nominado al premio Oscar 5 Cámaras rotas llegaron a
los Ángeles para asistir al evento, la policía de la ciudad los detuvo. El
cargo era sospecha; la condena, las miradas inquisidoras de dos agentes gordos
que los acusaban de terrorismo contra esa nación paranoica.
Afortunadamente, Michael Moore,
su amigo, intercedió por ambos ante las autoridades del aeropuerto para que los
dejaran tranquilos. “A pesar de que fue una experiencia
desagradable, esto le ocurre a diario a los palestinos en Cisjordania. Hay más
de 500 puestos de control israelíes, carreteras bloqueadas y otras barreras al
libre movimiento en nuestros territorios y todos hemos sufrido la experiencia
que mi familia y yo experimentamos ayer. El nuestro fue tan sólo un pequeño
ejemplo de lo que los palestinos tienen que soportar a diario”, dijo Burnat
desconsolado por el estigma que
constituye el pueblo palestino para los países como los Estados Unidos, que ven en cualquier
rostro de mirada semita- árabe un
enemigo en potencia.
Burnat,
es un camarógrafo que habitualmente ha hecho trabajos para el canal árabe Aljazeera, quien ha intentado mostrar
otros aspectos de la realidad de los países del Medio Oriente, usualmente no
promocionados en otras partes del mundo.
En el
documental que realiza en esta oportunidad con Davidy, nos deja ver ese
autoritarismo del ejército de Israel,
echando de sus casas, a familias que
vivían en la ciudad de Bil’in, repoblada por los asentamientos judíos y encerrada por muros y redes metálicas, impidiendo
el paso de los habitantes palestinos del lugar, que solo se quedan con sus
olivos y a los que prenden fuego como
una esperanza de que algún día la tierra les será devuelta.
Cada cámara
que obtiene el director, alcanza
a filmar un año más o menos hasta que es destrozada por los soldados
israelíes, que utilizan la fuerza física contra la población civil. Ni siquiera
la presencia de los niños frena la
violencia de las armas, que en la película se
convierte en el fondo de lo narrado. El
nacimiento del hijo del director,
es el comienzo, simultáneamente con el inicio del proyecto de una denuncia,
emprendida por un profesional de la filmación, atento a la captación de las
enormes diferencias no solo de fuerza, sino de lucha que llevan a cabo ambos bandos, en una
conflagración que sólo ha tomado visos estrambóticos en los últimos sesenta y siete
años para una tierra en donde sus distintos grupos que la habitaron, no
padecieron el uno de los otros la desproporción militar en la que se encuentra
sumido ese territorio en la actualidad.
Emad Burnat y Guy Davidy, directores
Las imágenes se despliegan con la ira del que
ve a su pueblo maltratado por la supremacía de la fuerza enemiga, sin que medie la plena objetividad pero con la
apertura emocional para que quienes nos
infiltramos por la ventanita del encuadre, alcancemos a observar la desventaja
de los palestinos en relación con los
militares. Los muros contienen la fuerza, la represión de los israelíes a los familiares y amigos de Burnat, hombres acostumbrados
a luchar con los medios pacíficos del caso, enfrentando los fusiles y la
tecnología de los otros, enormemente más poderosos por la dotación
armamentística que poseen. Sólo podemos ver consignas, voces exaltadas,
símbolos y estrategias de lucha, con las
manos, con los pies, con el cuerpo, de palestinos mal vestidos pero con la
dignidad que les hace defender su tierra, la que compartieron el tronco de Abraham y luego se dividieron en grupos distintos pero con raíces semíticas
comunes.
En el
fondo de los planos, adivinamos los edificios, llenos de la ostentación de la
que carecen las casas destartaladas de los palestinos que sin embargo
reconstruyen cuando el ejército contrario las destruye. El olivo es el viento
de un futuro menos doloroso. Los niños, desde muy chicos, ya conocen los
desafueros de la confrontación, tomando partido por sus mayores y con el ejemplo
de sus ellos aprenden que su vida no puede ser otra que la de la lucha permanente ante
las desigualdades prenatales. En
la lotería de la vida, para utilizar una frase liberal, a los palestinos les
toco lo peorcito.
Las
imágenes advierten que la voluntad de unos y otros, el no querer ceder es tan
sólo quebrantado por el que más dinero
tiene… y ese no es precisamente el pueblo palestino.
La
película, nominada por la Academia de los
Estados Unidos, parece decirnos que la sociedad mediática entiende tamaña
desigualdad en la guerra que enfrenta ambos pueblos, pero esto es solo un pequeño
paliativo en la conciencia pesada que tiene el resto del mundo al respecto.
Asi, como en la guerra del Líbano, la
comunidad internacional pidió la cabeza de Ariel Sharón, por la masacre de Sabra y Chatila en la que murieron varios millares de personas, los
líderes israelíes siguen ordenando a sus militares que arrecien la guerra contra un país “menor”. Al fin y al cabo el sionismo se
ha expandido por el mundo y los poderosos del planeta se encuentran del lado
judío.
El
cine, acostumbrado a registrar la historia de la humanidad, por lo menos en los
más de cien años anteriores, continúa mostrándonos, por medio de los artistas
que los cultivan, hechos políticos como éste. Su papel denunciante lo sigue
erigiendo como un arte comprometido, pero sin descuidar el grado de elaboración
estética que es lo único, al parecer, que sigue manteniendo su legitimidad.


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