Las bestias del sur salvaje y el otro país




     

El sureste de los Estados Unidos es otro mundo, es un mundo de poblaciones diversas: afro descendientes, latinos, personas de tez blanca; pobres, ricos, ciudadanos de clase media; es un mundo de paisajes farragosos y asfixiantes, de pantanos y playas paradisiacas como recuerdos de gestas conquistadoras de españoles, franceses e ingleses; es el mundo del trópico que parece albergar algunas vergüenzas para la nación estadounidense siempre acostumbrada a vanagloriar sus estados como una defensa acérrima de su territorio.
En ese contexto discurren los acontecimientos de la película Las bestias del sur salvaje, estrenada el año anterior.
En ella debutan dos  personajes para el mundo cinematográfico. El primero es el director Benh Zeitlin y el segundo su protagonista Quvenzhané Wallis. Ambos aparecen como talentos que vale la pena seguir apreciando porque seguramente, con la película, se inicia una importante carrera para el medio artístico mundial, especialmente si tenemos en cuenta el impulso de garantía que constituye la nominación para  un premio Oscar en Hollywood.
La promoción de nuevos valores no es nada nuevo para la industria de ese espectáculo fílmico que se arroga los criterios estándares con los cuales se juzga el cine contemporáneo. Ese es el caso de la niña, que para el momento del rodaje contaba con seis años de edad.
Los niños se han convertido en un pretexto para cautivar al público, recreando historias  a través de su mirada, como si el tiempo se hubiese detenido bajo la inocencia de sensaciones y pensamientos que ennoblecen  el cine y despertando sensiblerías que atrapan a todo tipo de público. Películas como  Padre padronePelle el conquistador y el Silencio de Bergman, imbrican adecuadamente  al niño o  a los niños como parte de una historia. Su aparición como personaje es precisamente un factor más de la calidad estética que una obra nos trae. Lastimosamente, la actitud comercial de los productores gringos llena las pantallas de una cantidad desproporcionada de infantes, herederos de toda la esquematización histriónica de las películas que elaboran en Estados Unidos, con el fin  de adormecer a los espectadores con los melodramas trasnochados que proliferan a lo largo y ancho del planeta cinematográfico.


 Un ejemplo de eso lo podemos encontrar en Hombre en llamas o En busca de la felicidad, para solo citar algunas de las más precarias producciones. No obstante, es admirable que los niños con esas edades ya estén  desarrollando la proxemia, la tranquilidad y las facultades que requiere el hermoso arte de la representación actoral, pues, en el fondo, ellos son el producto fabricado de padres, profesores, directores y productores que componen el medio cinematográfico y que promueven los nuevos valores, armando de paso el imaginario social, en el que la manera como una comunidad se ve, es un aspecto fundamental de su crecimiento como país.
Las bestias del sur salvaje cuenta la historia de una familia, el padre de raza negra y su pequeña hija, quienes viven en la ciudad de New Orleans, en medio de casuchas construidas en las costas orientales de los Estados Unidos. La pobreza material y los niveles de alcoholismo están perfectamente articulados a un paisaje que se muestra avasallante, que amenaza desbordarse por los misterios de la naturaleza. Y es uno de los eventos meteorológicos más devastadores, más hirientes y sobretodo más formativos a los que nos hemos vistos sometidos por  el universo: el huracán Katrina, el que sirve de background  a la historia, que transcurre en la imaginación de la niña que se inventa jabalíes gigantes para paliar un poco la desgarradora vida cotidiana que lleva con su padre. El miedo que la  envuelve es el que tendría cualquier pequeño, el que supone el posible abandono de su padre para siempre, y por ello, se hace necesario  agarrarse de cualquier  cosa para mantener la esperanza, la ilusión vuelta narración en la desventurada situación en la que se encuentra.
Por momentos, la historia parece perderse en un mundo imaginario que se muestra forzadamente junto con las escenas que acontecen en el mundo real. La vieja combinación de historia y ficción es desbordada por el exceso de la última. No obstante, es necesario resaltar que algunos planos y algunas secuencias tienen una belleza que conmueve, sobretodo cuando apreciamos algunos interiores, iluminados con luces de colores amarillas que contrastan con la oscuridad y el movimiento de hombres y mujeres afro descendientes sobrepasados por el dolor  de no ser nadie, o de ser ciudadanos estadounidenses en el país más rico del mundo pero condenados a la miseria de un sur profundo, aquel que se los traga paulatinamente sin esperanza de ayuda alguna.
Quizás la Academia de artes y ciencias cinematográficas de los Estados Unidos, haya lavado sus culpas con la nominación de esta película. Sin embargo, esta  no es un producto que haya que descartarse por ello, sino que como obra debe valorarse en su justa medida, sobre todo teniendo en cuenta  que corresponde  a un debut fílmico.


Habrá que seguir la carrera del director con un sentido crítico para que su talento no se desperdicie siendo cooptado para dirigir producciones que malogren su trabajo. Y habrá que mirar la evolución de la pequeña actriz, una estrellita que nos muestra el caudal de talento que tienen los Estados Unidos en cuanto a actores se refiere. Las bestias del sur salvaje se encuentra en el umbral que une o separa, dependiendo de la perspectiva, ese cine de contenidos estereotipados y  ese cine independiente. Tal vez la película sea más bien un híbrido que habrá que juzgar con el tiempo cuando ambos personajes hayan evolucionado en el mundo del cine.

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