El tiempo en el campanario
La maestría de Asghar Farhadi se hace palpable en esta obra tan española
como los mismos actores, pero tan universal como el delito del secuestro. El
título de su última película es “Todos lo saben”, sin más, y alude a una
historia de amor entre un hombre y una mujer que tienen ya vidas opuestas pero
que guarda todos los ingredientes de la nostalgia. Laura, interpretada por
Penélope Cruz y Paco, interpretado por Javier Bardem, no se han visto en muchos
años; sólo tienen noticias el uno del otro por los familiares comunes y por eso
cuando lo hacen, no descubren nada, sino que reafirman el inmenso cariño que se
profesan a pesar de las distancias y de
las posibles heridas que el uno le infligió a la otra y viceversa.
La película habla, entre otras cosas, de ese crimen infernal que mata en vida
a una persona, pero no es lo único, es más; la excusa perfecta para tratar algunos de los grandes problemas existenciales
se basa en las relaciones entabladas entre cada uno de los personajes. La primera de las relaciones es la de la
pareja reseñada arriba; su historia de amor se devela en una bella escena
dentro de un campanario, adornado por un reloj gigante con una pequeña
quebradura en la parte inferior de ese círculo opaco que deja entrar las
palomas mientras la luz apenas alumbra el espacio para mostrar unas iniciales:
L y P; de sus amores nos enteramos
además, por los celos disimulados de la esposa de Paco, quien se siente
agredida por la familia de Laura ante la posible venta del viñedo que les
provee los medios de vida para el sustento. La familia de esa antigua amante lo
acoge como parte de ella, aunque con el correr de los acontecimientos que han
sido tejidos por el director con una fuerza de contraste magistral, las
tensiones aumentan. Hay algo en el
ambiente que hace pensar que no todo está dicho; las palabras se han ahogado
por el paso del tiempo, los sinsabores de lo no terminado se sienten en el aire
hasta que explotan en pequeñas dosis en algunas escenas clave. El padre de Laura, un anciano en silla de ruedas,
ha venido acumulando la rabia y el dolor de haber perdido el trabajo de su
vida, consagrado en las uvas, que se constituyeron en el patrimonio de toda la
familia. La otra relación central en la
película es la de Laura con su esposo, un ex millonario que ahora no tiene
siquiera para pagar el rescate de su hija. Alejandro, interpretado por Ricardo
Darín, ha visto resquebrajado su orgullo por la pérdida de su dinero. Sabe un
secreto que al parecer nadie domina, pero es un secreto a voces la paternidad
de su hija. El trato con Paco es cordial, propio de un hombre mayor que ha
recuperado la calma luego de unos años caracterizados por la desgracia
emocional.
El conjunto restante de relaciones es un desvelamiento de la verdad, que
entre otras cosas, ocurre sin grandes dramatismos, sin oportunidades para las
grandes elucubraciones detectivescas.
Hasta cierto momento de la obra, todos parecen sospechosos de llevar a
cabo el secuestro. Todos tienen un rencor. Todos son culpables hasta que no se
demuestre lo contrario. Esta sinfonía coral de sospechas ilimitadas, construye
sentimientos o, mejor, exacerba sentimientos apasionados entre hombres y
mujeres mayores con niños espectadores de un pasado que los toca
tangencialmente por la maraña de acontecimientos alrededor.
Visualmente la película no tiene ningún reparo. La fiesta de casamiento que
se produce en la primera parte del filme llega al éxtasis por la alegría de los
participantes. Las luces, el licor, el baile, los gritos, son el triunfo del
ágape sobre las tensiones que levitan en el aire. No obstante, la confusión
viene después y allí brotan las venganzas, los remordimientos, las rencillas
acumuladas como barro sobre las almas de aquella familia extensa.
Las actuaciones de los intérpretes son un voto seguro. Las experiencias de
Bardem y de Cruz, acompañados por Darín, le facilitan el trabajo al director de
la estupenda “The salesman”, una obra que tensiona el odio hasta sus últimas
consecuencias. Farhadi, ese director heredero de Kiarsotami y de Majidi, sabe
ir acumulando sentimientos de poco en poco hasta que un torrencial de pasiones
se desata sin ningún control.
Aquí la nostalgia abruma no por el carácter contemplativo de los personajes
sino precisamente, por lo contrario; de su imagen social de hombres y mujeres
bien temperados, se desprenden las peores demostraciones de maldad humana. Sin embargo,
el autor de la película no intenta ofrecer una receta de juicios morales, si no
ampliar el conocimiento del alma del hombre. En condiciones extremas el freno
que ha puesto la imagen y el recato importan lo que importa un suspiro.
Farhadi tiene el talento de contar dolores para que las historias
fluyan. Sus personajes son seres
considerados normales. No están sujetos a condiciones demasiado irregulares
para que sus actitudes sean incomprensibles. Sus vidas ya están inmersas en un
médium de voracidades latentes que se hacen manifiestas por las circunstancias.
Lo potencialmente malo es una amenaza permanente para los otros. Pero el hombre
debe cuidarse de sí mismo porque no sabe cuáles podrían ser sus más exacerbadas
pasiones.
“Todos lo saben” expande la comprensión del espíritu humano a través de
imágenes. El director iraní, por eso, es un director imprescindible para
entender ese engranaje.

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