Tristeza y olvido en Cafarnaúm

 De Nadine Labaki

Puede ser que el sentimentalismo reduzca las posibilidades del cine como obra de arte, pero también es cierto que ese sentimentalismo es un instrumento indispensable de directores que han querido despertar en el espectador, un grado más de conciencia. Frente al mundo que tenemos hoy,  se hace necesario mostrar modos de vida que flexibilizan la equidad social, especialmente en ciertos contextos políticos en donde los más vulnerables son los niños.  En esa línea encontramos a la única cineasta árabe que ha sido nominada a un Premio Óscar, en este caso con su obra desgarradora denominada “Cafarnaúm”. Después de su película “Caramel”, Nadine Labaki, ha encontrado en su Líbano natal, esas profundas diferencias sociales entre las personas que habitan su ciudad, una Beirut acostumbrada a sufrir los embates de la guerra.
Los niños constituyen un punto vulnerable de lo que ella intenta mostrar en este filme. “Los terroristas los estamos criando nosotros”, dice ella cuando habla de las personas más olvidadas de su país. La guerra no es la causa de nada, la guerra es el producto natural de las desigualdades entre los hombres. “Cafarnaúm”,  cuenta la odisea de un niño de, al parecer, 12 años, que es parte de una familia numerosa, cuyos niños y sus padres viven en condiciones miserables; su  hermano mayor se encuentra en la cárcel condenado por asesinato; su hermana, ha sido vendida a un hombre mayor con el fin de transar la renta de un vetusto apartamento; sus padres siguen procreando niños para engrosar el ejército de pobres de ese país milenario.  Y Zaim, por esas mismas sendas que la vida le ha trazado, enlaza su destino con la de otro niño de brazos que debe ser abandonado por una madre etíope, que se encuentra de modo ilegal en el Líbano. Sus peripecias son dignas de cualquier película anterior sobre el mismo tema.  Recuerda uno “Los 400 golpes” de Truffaut, o “Los olvidados” de Buñuel, cuyos héroes son el resultado de los desafueros de los adultos. Conmueve la creatividad de aquel niño por encontrar un poco de comida en las calles desvencijadas de Beirut, ante las miradas incólumes de los habitantes de esa urbe árabe. La cámara casi nunca los enfoca, por el contrario, corre a la par de sus pasos, muy pegadita  al cuello, o al hombro, o en esos primeros planos de su rostro, que desnuda la gran actuación de Zain Al Raffeea. Hacer una bebida de hielo y azúcar para calmar la sed del bebé o pedir en las calles para cocinar unos pescados sobrantes de una mercadería apestosa, cambiar unos pañales una y mil veces con las manos pequeñas de un niño que aprendió de la vida lo necesario para no morirse de hambre; construir una carreta de una patineta robada con una olla gigante en el centro como carriola y un par de ollitas  a los costados para transportar al niño por las calles, mientras Zair espera el regreso de la emigrante ilegal.
La bondad del niño está incorporada ante las necesidades de los más pequeños, pero la necesidad de sobrevivencia justifica para Zaim, incluso la muerte. La conciencia de lo que ocurre en el mundo es clara, su inteligencia práctica no admite de reflexiones muy elaboradas, sino que ya sabe todo lo que acontece en el corazón de los mayores. Cuando un juez le pregunta  por el motivo de la denuncia a sus padres, Zaim contesta: “por haberme traído al mundo”. Esas palabras interpeladoras lucen un tanto artificiales para un pequeño que  vive la vida movido por el amor al prójimo. Su actitud díscola es un mecanismo de defensa frente al mundo que ha sabido moldearlo así. Este es quizás uno de los puntos débiles de la película: su directora pone demasiados epígrafes  a una obra que puede redondearse por sí misma. Los énfasis deslucen la naturalidad de los actores, esa propensión de Labaki a trabajar con niños extraídos de una realidad tan dura es su punto fuerte; entre la realidad y el lente de la cámara no quiere intermediarios. Los escenarios van acordes con el talente adusto de los rostros, los actores hablan como hombres  extraídos del seno miserable de una garganta urbana que engendra voces apagadas por la pobreza económica y espiritual.
La llamada pornomiseria se inventó por parte de algunos puristas para ensalzar la calidad de la obra de arte, pero al promulgarla como un freno para el trabajo cinematográfico han contribuido a obnubilar las condiciones sociales de existencia de los más desprotegidos por el Estado. “Cafarnaúm” es un lamento desesperado por hacer visible lo que aparentemente ha visibilizado la historia. A veces las reliquias oscurecen las verdaderas vidas de las personas que crecen a la sombra de un nombre. El turismo es una excusa que tiene un gobierno para vender una buena imagen al mundo, cuando en sus entrañas se mueren, al mismo tiempo, miles de hombres y mujeres todos los días, sin la más mínima ayuda de las instituciones estatales.  Sólo la mano dura   de los militares se convierte en la única extensión de quienes las administran. Labaki  resalta las cárceles, la mano dura del ejército, la protección de la justicia a muchos estafadores de personas. Mostrar es denunciar si tiene efectos reales sobre los espectadores. Contribuir a despertar el dolor de los individuos o encender la llama de la solidaridad con los más necesitados, es el gran objetivo de esta película nominada como mejor película hecha en idioma no inglés para el presente año. 

Comentarios

Entradas más populares de este blog