“La Mula”: El
testamento cinematográfico de Clint Eastwood
Clint Eastwood es el último de
los grandes directores clásicos vivos. Su trayectoria de más de 60 años de
trabajo continuo, excepto por uno o dos años, lo ha puesto en un lugar
privilegiado en la historia del cine, desde diferentes ámbitos cinematográficos
en los cuales ha brillado como pocos. Su
última gran película antes de ésta, había sido “El gran Torino”, seis filmes
después, llega con una obra magnífica
que tiene por nombre un nombre escueto: “La mula”. Como todo lo clásico, la
narración y el nombre de esta película son simple pero al mismo tiempo muy
densos. Cada escena es el resultado de una puesta en escena bien pensada,
curtida de detalles que enriquecen el mundo psicológico de los personajes y
demuestran la madurez de un genio cinematográfico que en su añejamiento sigue
regalándonos obras vivificantes que sin
duda quedarán para la posteridad.
Nick Schenk, guionista de “El gran
Torino”, escribe la historia de Leo Sharp, un floricultor de 87 años y veterano
de la Guerra de Corea (emblema que luce orgulloso en la placa de su camioneta),
decide trabajar para el cartel de Sinaloa al mando de un narcotraficante
ostentoso, interpretado por un veterano Andy García. Esa decisión es el resultado de un cambio de
conciencia por su tradicional mal comportamiento ante su familia, a la cual ha mantenido
olvidada, especialmente en los momentos de celebraciones filiales a las que nunca asistió. La única buena
relación que sostiene es con su nieta,
porque su propia hija, interpretada por Alison Eastwood, lo rehúye
constantemente, igual que su mujer, interpretada por la inextinguible Dianne
Wiest.
“La mula” es quizás un testamento
de un artista que aún interpreta protagónicos de sus propias películas y cuyo
cuerpo desvencijado ya asoma el retiro definitivo, luego de semejante
trayectoria cinematográfica. Esta película necesita desencriptarse como un
documento privado que Eastwood generosamente hace público a sus espectadores.
Pero no la pone nada fácil porque hay detalles como las relaciones que este
personaje conmovedor llamado Leo y que se apellida Sharp arroja a un público ávido de encontrar algo nuevo en
su obra. Pero lo nuevo es la precisión
de lo clásico de esa narración, de modo pausado pero a la vez novedoso por sus
insinuaciones. En primer lugar, la relación
con su nieta es especial porque se convierte en la única persona que se alegra
de ver al abuelo llegar a sus momentos especiales. Si bien Leo intenta
recuperar el tiempo perdido, las animadversiones de sus familiares no se lo
permiten. El resentimiento queda atenuado un poco por los abrazos, las
sonrisas, las miradas, las complicidades entre una niña que va creciendo a la
sombra de un hombre ausente y un anciano amante de los lirios. Tanto rechazo
familiar queda confirmado por la aparición de un desconocido en la vida del
abuelo quien tiene la idea de inmiscuirlo en el mundo de la mafia mexicana.
Eastwood parece decirnos que lo único realmente valioso en la vida es la
familia, que los extraños a ella traen desgracias y mal enrutan a las personas
por caminos no recomendables. Las relaciones con las demás personas deben
llevarse cordialmente, cada persona es una historia que vale la pena conocer y
a quien vale la pena contarle la propia. El encuentro de Leo con el policía,
interpretado por Bradley Cooper (segunda colaboración entre Eastwood y este
actor) trascurre como un padre con un hijo, como un posible referente en la
vida con alguien que necesita de ejemplos a seguir.
Leo Sharp, vive su vida de una manera tranquila,
con un resentimiento meditado que se
debe curar con un cambio de actitud, de un modo reposado porque para este
anciano venerable, el tiempo no tiene vuelta; el hombre es finito y frente a
este determinismo sólo queda nuestra voluntad para vivir de un mejor modo.
En tercer lugar, la narración reposada marca un ritmo redondo
en la película de Clint Eastwood. Ese bello lugar, tan renombrado por ser la
tierra de Lincoln, es un escenario ideal para mostrar esas enormes rectas de
las carreteras estadounidenses. Cada escena es un espacio para plantear un
tratado de la vida pero sin ostentosidades ni grandilocuencias. Lo sencillo
contiene la sabiduría más grande. Cuando Leo lleva los 12 cargamentos de
cocaína, construye todo un mundo propio, lleno de música y de pausa, repleto de
observaciones cuya actitud conservadora ante el mundo, denota el respeto por
los otros. Un día ayuda a una pareja de afroamericanos en carretera con el
cambio de llanta; otro día se detiene en un motel a disfrutar de dos prostitutas, en otra ocasión se desvía de la ruta para
visitar a unos amigos y al fin, en sus últimos momentos de libertad, cae en
manos de la policía antinarcóticos por un acto de amor: decide regresar al
funeral de su ex esposa quien fallece recordándolo. El republicanismo de Clint
Eastwood es un conservadurismo reposado. Amante de los Ford, listo para prestar
ayuda a los otros, cultivador de la
música reconciliadora, armónico en su actitud corporal, y profundo meditador de
pensamientos para compartirle a los demás como un legado.
En esta película, el director
californiano funge como un profesor, para quien vale la pena dejar una
enseñanza. “La mula” es una historia de quebrantos que un viejo comete por
amor. Pero la actitud de este hombre llamado Leo, es la actitud de un ser
humano frágil que expía sus culpas con los propósitos loables que persigue. El
error humano es demasiado humano y no vale la pena asumir la existencia con posiciones extremas. Este baño de relativismo recuerda que los
principios de un hombre no dejan de serlo por flexibilizar un poco la mirada
ante la vida.

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