“Southpaw”
 
De  Antoine Fuqua

Algunas películas están hechas para tener todo el éxito de taquilla posible. Los ingredientes fundamentales están: gran presupuesto, estrellas, una buena historia, un buen director, el género fílmico…Sin embargo, pese a todo esto, los resultados no son los esperados en la recaudación y  a veces ni siquiera en los buenos comentarios de crítica. ¿Qué pasó entonces? Se preguntan los productores. Esa pregunta es inevitable de formular cuando uno se acerca a una producción como “Southpaw”. Tiene un diseño de producción importante; tres estrellas actorales como Jake Gyllenhaal, un proyecto de Óscar al que sus representantes van llevando lentamente a conseguir ese objetivo, Rachel McAdams, una hermosa actriz y a veces buena en su trabajo y, Forest Witaker, un hombre al que los papeles manidos  como el que interpreta en esta obra no le funcionan; tiene también un tema interesante, detrás del cual  se encuentra  el músico norteamericano Eminem; un director aceptado plenamente por la crítica y el público, como Antoine Fuqua, un afro descendiente que ha sabido labrar su nombre dentro del medio racista y clientelista que constituye Hollywood; finalmente, cuenta con el género, al que recurren muchos empresarios de cine cuando necesitan recursos económicos para continuar vigentes en el medio.

En lo anterior hay algo raro. Claro, el nombre del rapero gringo Eminem. La figura de este personaje, conocido más por sus posturas dadas al escándalo y a los líos extra musicales, le han granjeado fama de rebelde. Como músico no sobresale como una leyenda del genero aunque hay que decirlo, su popularidad y él éxito económico son incontrovertibles. A este rapero venido a menos recientemente, le cae bien una obra como “Southpaw” porque  a  través de otro espectáculo tan popular como el de la música se le brinda una segunda oportunidad en un medio como el estadounidense, para el cual el arrepentimiento y la salvación se convierten en dos valores esenciales para una cultura que lava sus culpas a diario y redime a  los que en algún momento decidieron saltarse las normas de la justicia. En la película se cuenta la historia de un boxeador profesional, habituado a los elogios, a la prodigalidad y  a las declaraciones polémicas destinadas a sustentar su imagen carismática y contestataria frente a la prensa deportiva. Luego del prominente éxito que lo consagra  a la altura de los mejores boxeadores de su generación, la desgracia se avecina sobre él por la muerte de su señora en momentos en que  cede a sus impulsos agresivos ante uno de sus más acendrados rivales deportivos. El reinicio de su carrera se erige así en un reto  que habrá de afrontar para ganarse nuevamente el afecto de su hija.

Los motivos que llevaron a la producción de una película como esta no son reprochables. Los errores recaen más bien en los medios estéticos empleados para limpiar la imagen de una estrella de la música como Eminem. Antoine Fuqua ya ha demostrado suficientemente que es un director al que le vienen bien las historias de esta naturaleza en las cuales los personajes se debaten entre el bien y el mal, en donde los escrúpulos no son óbice para traspasar los límites de la ley. De su “Día de entrenamiento” quedan bastantes cosas positivas que hacen de este director estadounidense uno de los artistas que seguirán ascendiendo en calidad como autor. No obstante, su papel como director criterioso queda en duda por el excesivo número de clisés que suceden en su más reciente trabajo. Al trabajar con estos actores se les puede explotar aún más el talento que tienen, especialmente  a Witaker, al que ese papel de tipo duro pero sensible, amoroso pero resentido, que se entrega al máximo a sus pupilos pero también se aleja de ellos para que aprendan de la vida por sus propios medios, termina convirtiéndolo en un actor más. Fuqua sobresale un poco en la elaboración de las escenas de boxeo, difíciles de hacer por la recurrencia de obras que conforman el género. Las ambientaciones nocturnas le salen bien pero no aportan intensidad dramática de altos y bajos emocionales  que el camino de caída y recuperación traen en el marco de la historia. El papel de Gyllenhaal quizá hubiera quedado mejor a otro actor. La figura de niño malo no le sienta bien al actor estadounidense. El personaje de McAdams no rezuma la suficiente fuerza que la popularidad de una esposa de boxeador supondría. Su atractivo físico no cuadra con la rudeza de la condición que su estratificación social, los modales y el capital cultural albergaría una mujer de esa condición social. La niña, por su parte, al alejarse de su padre y al ser reeducada por las instituciones de familia, autoritarias como  cualquier institución militar, termina siendo un personaje típico de historias de auto superación personal, que llevan los males y los berrinche de los niños norteamericanos.

“Southpaw” es una obra de descenso y ascenso que se constituye  en un retrato de la sociedad norteamericana, representada por uno de su íconos arquetípicos que en el país de las buenas oportunidades, cuenta con el respaldo del resto de los ciudadanos. La caída en desgracia es sólo un estadio más de un proceso que tiene altibajos a los cuales hay que adecuarse como parte del contrato originario. Los filmes de boxeo pueden enseñar algo más sobre la estratificación social de ese país. Pero también pueden devaluar las historias que se construyen en su interior.

 

 

 


 

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